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  • Miguel Esteva Wurts

vidas



Solo una vez he entablado una conversación con los muertos. Mi comunicación fue con Manola, una schnauzer gigante, negra, aunque a ella, eso de estar muerta nadie se lo había advertido. Cuando entablamos comunicación, ella dormía a mis pies, ni enterada estaba de que ya corría feliz y libre en el “rancho de unos amigos”.

—Fue en una vida pasada— me aseguró la psíquica a quien yo solo escuchaba a través del FaceTime y quien fungía como intermediaria en la conversación que sostuve con la versión de mi perra que ya estaba en el más allá. Sucedió antes del Zoom, así que la llamada estaba dos tres cortada. ‘Será por eso que esta mujer no detecta los latidos de corazón de la perra’, pensé. La psíquica no dejaba el que yo la viera, solo asumí que todavía estaba aquí, entre nosotros. —Nomás no quiero que me veas— me dijo sin darme mayores explicaciones, dejándome en la incógnita de no saber si mi llamada había sido a Florida, o al círculo del purgatorio donde sea que estén estacionadas las psíquicas pero donde aun son necesarias las tarjetas de crédito para hablar con ellas.

Yo estaba en la planta superior de la casa, donde mejor llegaba el wifi, y Manola (la viva) estaba echada en los escalones. La psíquica quería que la cámara del teléfono la enfocara fija en Manola, no en mi. —Para que pueda hablar con ella— me dijo, —luego te transmito lo que nos vaya diciendo.

Manola (la viva) tenía un mal humor poco predecible y, o se alineaba, o nomás no podíamos traerla a vivir con nosotros para acá con eso que de si se le ocurría morder al ente equivocado, no habría bola de cristal que nos defendiera. La idea era que la psíquica platicara con ella y me comunicara lo que provocaba la agresividad en Manola.

Así que se comunicó con una vida pasada (de Manola).

Que mala pata, pensé, que las neurosis se transmitan de vida en vida.

—Le tiene miedo al agua— me dijo después de un muy largo silencio, donde visualicé a las operadoras celestiales ojeando con desesperación la Sección Amarilla de almas caninas. Era la media tarde, hacía calor. Ok, le contesté sin saber que hacer con esta información.

Yo todavía andaba vestido de despacho, camisa de vestir, corbata colgada y suelta, pantalones de traje, calcetines. Vestimenta digna para entablar conversaciones con quienes ya se nos adelantaron, razoné. A la mujer del otro lado del teléfono la imaginé con un teléfono naranja conectado a una extensión enorme, paseándose por una cocina cochambrosa, tubos enchinando el pelo, cabeza protegida mediante un trapo de cocina, bata deshilachada, mitad de un Camel Light colgando de sus labios, chanclas de plástico, mocosos bailando alrededor de ella, marido en el porche empujándose una Bud Light tras otra.

—No, no…— me aseguraron quienes nos la habían recomendado, —es una psíquica seria, reconocida, nos ha sacado de muchas broncas, buenos contactos en el otro mundo… buenos.

—Dejen que ella se comunique con Manola—nos tranquilizaron —seguro les ayuda a resolver sus “issues. De veras, trabaja bien con animales.

¿Tratará con todo tipo de animales?, me cuestioné. ¿Cuales idiomas de animales serían sus limitantes? ¿Hablará camello pero no dromedario? ¿Hamsters pero no ratas? ¿Qué consejos acerca de ser un buen compañero de pecera le daría a un pez beta, de esos que defienden su soledad a muerte?

—En otra vida, dio su vida por ti— me dijo la mujer después de otra larga pausa.

Y yo que la alimento con croquetas baratas, pensé.

A la psíquica clarito la visualizaba: un ojo a que sus chamacos no le entraran antes de la cena a la cubeta del Kentucky, el otro checando su bola de cristal “Made in China”.

—¿Cómo?— le pregunté, intrigado de que la perrita que meneaba su cola a mis pies hubiera dado su vida pasada por mi vida pasada sin que yo ni cuenta me hubiera dado. A Manola, su mal genio se le transmitía de vida en vida, pero yo ni un recuerdito de cómo me había salvado la vida en una existencia previa. Me sentí el peor de los ingratos.

—Saltó por ti y te rescató—me dijo sin entrar en mayores detalles. —Estaban en alta mar— continuó, —o en un lago, o en un brazo de agua. Algo con agua, pues, mucha agua, un barco, veo un barco… sí— pero ahí se quedó sin explicarme el cómo el hecho de que Manola hubiera dado una de sus vidas pasadas por una de mis vidas pasadas afectaba los arranques de mal humor en la actual vida de mi perra. Quizá porque mis hijos estaban en su fase de “todo Jack Sparrow”, me visualice cual pirata siendo rescatado por su fiel can. Pero la psíquica ya no profundizó con cómo había sido el rescate ni cómo esto detonaba la mala leche que Manola (la viva) expresaba hacía ciertas personas a través de tarascadas.

¿Me habrán empujado en un tablón a mi muerte en aquella vida? ¿Me lo habré merecido?

Unos meses antes de mudarnos, conocimos a un entrenador de perros de nombre Adolfo, y aparte de ponerme a pensar en que de seguro ya no es un nombre popular, Adolfo -el entrenador de perros- logró que Manola (la viva) se tranquilizara. Aun así, ya no nos la trajimos.

Manola murió hace como un año, sufriendo la ignominia de atragantarse con un hueso a media tarde. En esta vida no murió rescatando a nadie y a saber de como afectará esto su mal genio en vidas futuras. Ignoro si su alma ande vagando en búsqueda de una camada, o si ya este gruñéndole en quién no confíe. Tampoco sé si cuando vuelva a aparecer en alguna de nuestras vidas futuras, su nueva vida tenga el recuerdo de que la abandoné en esta. Si se topan con ella toca, trátenla bien, después de todo su vida pasada salvo mi vida pasada, y hasta chance alguna vida suya (pasada) también.

Si es que iban en el barco pirata conmigo, pues.

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