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  • Miguel Esteva Wurts

Tom Seaver



No sé cuando me empezó a llamar la atención el beisbol. Mis papás insisten en que cuando tenía como cinco o seis años, era bueno para andar golpeando lo que fuera con palos. No muy ubico a que era a lo que le andaba yo pegando que no fueran piñatas, pero esa es la leyenda familiar. Tampoco entiendo de dónde mis papás dieron el salto de tener un hijo soltando macanazos, a “le gusta el beisbol”. Hubiera sido más obvio el que me hubieran enviado a clases de defensa personal “edad paleolítica.” Pero no fue así, me metieron a jugar a la Liga Azteca de Beisbol, la que estaba en la subida a Santa Fe (“enfrente de los basureros” decían para dar referencias a quienes no conocían la zona) y donde muy pronto me convertí en el peor bateador de toda la historia del beisbol. No le pegaba yo a nada. Cuando un par de años más tarde la doctora Ocaranza descubrió que tenía yo una miopía de rinoceronte, mi papá ha de haber saltado de júbilo, imaginando que con mis enormes lentes de armazón de plástico, los resultados cambiarían, achacándole mi falta de visión a la preocupante obsesión de jamás pegarle a una pelota de beisbol. Pero no fue así, a pesar de aquellos lentes que solo fueron ensanchándose conforme pasaron los años, me aferré en permanecer como el peor bateador de la historia. Mis abnegados padres me suplicaban el no entrar con terror a la caja de bateo, y me eran prometidos unos churros, fritos y con harta azúcar, si hacía el milagro de no poncharme cuanta vez me paraba yo tembloroso y con el bat al hombro delante del catcher. El término, ‘ponche seguro’ nació gracias a mí, y a mi increíble habilidad de jamás pegarle a la pelota con el bate.


Lo único bueno es que los dioses del diamante me dotaron con cierta habilidad para lanzar la pelota.


Era en la época donde podías ver cada hueso de mi sistema óseo, porque mis músculos aun no se desarrollaban a su mísero estado actual, y mi barriga aun no se inflaba a su enorme potencial como bodega chelera. Aun así, lanzaba la pelota con la suficiente fuerza y destreza como para poder sobrevivir como pitcher. Después de todos los esfuerzos de mis papás, mi carrera beisbolística de once años sobrevivió gracias a mi brazo.


En 1973 vi a Tom Seaver pitchear por primera vez, en blanco y negro, a través del Canal 4 de la televisión. Lanzaba para los Mets de Nueva York, y desde que lo vi soplándose en las manos por el frio que hacía en el Shea Stadium en Nueva York en octubre, supe que mi vida estaría ligada por toda la “eternidad deportiva” a ese nombre, y a ese deporte. No que Tom Seaver se hubiera enterado de mi existencia, por supuesto, y no que mi eternidad deportiva como jugador de beisbol hubiera durado más allá de los dieciséis años. La cosa es que Tom Seaver era lo que yo, ya años más tarde, anhelaba ser como lanzador: tranquilo, cerebral y controlado, pero en aquel entonces lo que más le llamó la atención de Tom Seaver, era como resoplaba vaho. Jugaba para los Mets que me caían bien, pero más importante, el rival eran los Atléticos de Oakland, que por alguna razón, yo odiaba. A comparación del milagro cuando ganaron la Serie Mundial en 1969, los Mets perdieron la serie, incrementando mi arraigado odio en contra de los Atléticos. Pero durante mucho tiempo, en mi imaginación, yo y Tom Seaver éramos uno mismo, hasta que unos años más tarde los Mets lo canjearon a los Rojos de Cincinnati, otro de esos equipos que merecían todo mi odio.


Ya para entonces, Tom Seaver había pasado a segundo plano en mi existencia, substituido ahora sí por siempre, por los Dodgers.


Pero mi mejor recuerdo de Tom Seaver no tiene nada que ver con lo que vi en aquella Serie Mundial. Mi papá, en su afán de convertirme en bateador, se pasaba horas lanzándome la pelota en el jardín para que yo perfeccionara el arte de batear, o en mi caso, le pegara a la pelota cuando menos de vez en cuando. La rutina de mi papá era inmutable: se ponía el guante, recogía la pelota, y decía con una voz que reservaba para esas ocasiones, “y aquí viene el viejo Tom Seaver, caminando lento para subir a la lomita” y me lanzaba hasta que yo, de milagro, conectaba con mi bate alguna pitcheada. “El viejo Tom Seaver, lanzando un partidazo el día de hoy” decía, aunque en realidad, lo que mi papá tenía enfrente distaba mucho de ser un rival digno, era solo yo, bate al hombro, tratando de verme menos inútil. La pitcheada especial de mi papá era la “engaña bobos”, un lanzamiento que flotaba lento y arqueado en mi dirección, y que anunciaba desde antes como “el viejo Tom Seaver prepara su famosa engaña bobos” que por supuesto, me era imposible el batear.


A Tom Seaver le perdí la pista. Se retiró de su vida como pelotero, entró al Salón de la Fama (yo no he sido considerado al Salón, ni siquiera por haber sido el peor bateador de la historia), creo que trabajó unos años como comentarista, y hace ratito me acabo de enterar de que falleció de una enfermedad mental, aunada a complicaciones derivadas del Covid19.


Tom Seaver, el capitán fantástico -“El Hombre Franquicia” como le llamaba el Mago Septién durante las borrosas transmisiones en blanco y negro de la Serie Mundial que se transmitían por el Canal 4- ya se fue a lanzar en el Field of Dreams, donde yo, ni en mis sueños voy a pararme a batear en contra de él. Por suerte tuve a mi Jefe. Buen viaje, Tom.

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