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kumbaya

  • Writer: Miguel Esteva Wurts
    Miguel Esteva Wurts
  • Aug 13
  • 4 min read

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En lo único que me puedo concentrar es en una concha.


Una de vainilla. No… miento, también me baila una oreja y una corbata, de esas que venden en Cocoa, bañadas en azúcar, en mantequilla, y que cada mordida es Nirvana.


“Ahora estiren los brazos hacía el techo en posición de Kumbaya y se doblan poniendo las palmas de las manos en el piso” me interrumpe la voz del profesor desde ultra tumba. Es irrelevante el nombre de la posición de Yoga que diga, mis oídos la traducen a Kumbaya, la canción que cantábamos en la Parroquia de San Patricio con la Miss Helen (quien después, para sorpresa de nadie, cambio a convertirse en la Sister Helen) guitarra en mano, guiándonos por el himno de paz y amor jipi.


A pesar de la voz del profe (yogui), sólo visualizo la mentada concha de vainilla, tentándome, como el diablo a Jesús en el desierto. Claro, pienso mientras quesque’ hago la posición del Guerrero, que de haberlo tentado con convertir la piedra en un taco al pastor —con todo— y una chela al lado, y no a una mero pedazo de pan, distinto gallo nos hubiera cantado. Por supuesto, con mi pensamiento ahora rondando un taco al pastor, me pierdo en la siguiente posición. Abro los ojos y veo al profe (al yogui) y a las compañeras dobladas cual tortillas recién levantadas del comal.


Será por mi consumo de tortillas, pero yo, por supuesto, soy el único de la clase que presume tener flexibilidad de ladrillo.


“Ahora agárrense las manos detrás de las rodillas, y abrásense en está posición.” Tanto el Yogui, quien pesa como treinta y ocho kilos pero de puro músculo, como mis compañeras (sip, todas son compañeras) se abrazan, cabeza entre las rodillas. Yo, quien soy el orgullo motriz de cualquier tabique, mi cabeza se acerca quizá a veinte centímetros (no, menos… veinticinco) de mis rodillas.


Pero el profesor no se detiene, nos guía a otra posición imposible. Un charco de sudor en mi recién adquirido tapete de yoga marca Wilson hace que el pararme sin resbalarme sea toda una proeza. La marca de mi tapete, escrita en letras enormes, y con el olor del hule aun impregnado, me confirman como el máximo novato del salón. Todos los demás tapetes, de marca inexistente porque están elaborados con pelos de yak del Himalaya por monjes tibetanos del siglo catorce, ya traen el omm integrado.


“Ahora levanten las manos, extiendan la derecha al techo, obsérvenla, levanten la pierna izquierda.” Para este punto, mi cuerpo con destreza equiparable al de cualquier botella de cloro, tiene dos piernas izquierdas, dos derechas, mismas que ni se levantan, ni les interesa. Participar no es lo suyo. Sí no fuera por la torta de pierna que baila en mi imaginaria como premio de consolación, yo ya estaría en el piso.


Frente a mi, AnaP se dobla en concentración absoluta.


“Si queremos envejecer bien, lo tendremos que trabajar” fue lo que decidimos hace tiempo. Aun así, veo complicado el día en que pueda levantar mi pierna derecha desde alguna posición de Kumbaya sin que todo mi cuerpo tiemble tanto que el Yogui, sin quitarme la vista de encima, nos diga con voz que ya sobrepaso cualquier tipo de paciencia milenaria al verme, “es normal que tiemble el cuerpo.”


Parezco gelatina a la que le faltan días por cuajar. Días.


Así, en posición de whatever, intento el escaparme de las noticias del día: de que otro imbécil que se puso a disparar dentro de una tienda Target en Austin y pienso en todos quienes nos han ido a visitar a Texas y en como el Target es de los destinos primarios; la de que si el Calígula de Queens ya ordenó el que la guardia nacional gringa custodie la capital norteamericana para que a nadie ni se le ocurra protestar frente a La Casa Blanca, llevando en pasos firmes y definitivos al ya muy enfermo país directo al fascismo; y obvio, obscurezco de mi mente cualquier pensamiento que me remonte a Gaza, donde los pocos habitantes que aun quedan por ser exterminados, corren de lado a lado cual ratones apanicados, para no ser asesinados por el pecado mortal de no haber nacido del lado correcto del muro y de querer una migaja de pan.


El estirar mis supuestos músculos y limpiar un poco mi mente de pensamientos, si bien no salvan al mundo, me dejan escaparme un rato de él, y prepararme, según esto, a lo que se me avecina en próximos años.


En la última parte de la clase nos concentramos en respirar y relajarnos. Solo se escucha la voz del Yogui y la música que nos pone en su pequeña bocina: cítaras, tambores y unos

instrumentos de viento que no reconozco pero que asumo conducen a un estado zen, pero que a mi me llevan directo a debatir entre desayunar unos huevos rancheros o una machaca. La música es todo lo que se escucha, bueno, excepto que estamos en la CdMx y pasa el de la basura con su campana, el del gas con su grito de ‘eeel gaaas’, una moto, un par de perros que se pelean de banqueta a banqueta, y por supuesto un güey quien le está mentando la madre a otro con el claxón pegado.


Aun así, logro concentrarme en la orejita, en la corbata, en la concha de vainilla.


No bueno, me recrimina mi voz interna, así jamás llegaré a que mis piernas se doblen a la posición del siguiente Kumbaya.

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