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  • Miguel Esteva Wurts

sweaters


Aborrezco la navidad, y con excepción de la comida, detesto sus tradiciones. Nos invitaron desde hace como dos semanas a una fiesta de “ugly sweaters” con la promesa de que la prenda más horrible ganará algún tipo de premio. Cuál sea ese premio, no sé, no me importa. Ojalá uno que diga “no importa”. Total, llevo dos semanas de andar rezongando con tener que ir, desde que AnaP me dijo que teníamos (con t y demás letras en mayúscula) que ir que porque es de una conocida, vecina aquí de la colonia, mamá de un chavo que va en la generación de Nico, mujer que nació en una noche repleta de agujeros negros esos de Stephen Hawking, y en la cual los ángeles de la guarda decidieron mejor ni existir, porque vamos que la mujer nomás no halla tregua en la vida. AnaP me dijo (con d mayúscula) que “ir a la fiesta es lo mínimo qué podemos hacer para por lo menos darle un poco de alegría en lo que va de su vida”. A buen árbol se arriman, refunfuñé. No tengo sweaters de esos horribles y, aparte de los miles de sitios en internet y en la vida real que ahora se dedican a vender estas prendas “chistosas”, que sí con colores discordantes, renos en Harleys o Santa Closes fumando, no querría ni saber donde conseguir uno. Creo que voy a ir con el sweater de rombos Benetton que compré en 1985 en Chicago, y con el cual me sentía soñado en la universidad, pero que con el paso del tiempo se fue desvencijando, decolorando y deformando, tanto que ahora podría ser una falda, un trapo de cocina, o, si tengo suerte, el sweater ganador en la fiesta de sweateres horribles.