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  • Miguel Esteva Wurts

saliva


Por años, cualquier excusa que hubiera del lado materno de mi familia era achacada, casi de manera automática, a la sangre alemana que corría por nuestras venas. Si alguien decía un chiste denso, de esos que caen como cucharón de engrudo en las conversaciones, siempre era, «tu disculparas… nuestra sangre teutona». El legendario mal genio de mi tío Billy, lo tajante de nuestras decisiones, lo absoluto de nuestras opiniones, todo se podía -según la leyenda de la familia- trazar de manera directa a nuestros ancestros que cuidaban vacas a las orillas del Rin. «Es como es» nos decían, y todos teníamos que acatar con rigor la conclusión.



El apellido materno, Wurts, cargaba con él su propio mito. Los antepasados, en algún sabio afán por tropicalizarlo, habían quitado las diéresis que colgaban de manera tan natural sobre la “u”, y cambiado la “z” prusiana por una “s” que suavizaba el apellido. De repente, el Wurts trazaba sus orígenes al nuevo continente, abandonando así la rigidez asociada con su nacimiento alemán. No así nuestra terquedad, esa sí que permaneció enraizada en nuestro carácter.


Todos vivíamos en nuestro paradisiaco estado repleto de Valquirias hasta que se me ocurrió escupir dentro uno de esos tubitos de ancestry.com.


Resulta que mi saliva no arrojó ni un apfelstrudel de Alemania.


Francés, español, inglés, vamos, hasta un porcentaje africano. Pero alemán, nein. Ni mi saliva, ni la de mi hermana, ni peor tantito, la de mi mamá. Mein Gott, pensamos.


Todas esas historias, esas excusas, esas razones que dábamos en la familia, esos ojos que nos lanzábamos el uno al otro disculpándonos porque bueno, “nuestra sangre alemana” se disolvieron de un solo escupitajo.


De repente resulta que somos necios, tajantes, absolutistas y demás, porque somos así, no porque en nuestra sangre fluya sangre nacida en plenos Alpes Orientales.

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