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  • Miguel Esteva Wurts

Rwanda

“El camino entre el infierno y el cielo son solo unos pasos” leía el grafiti entre la pared que separaba al Centro Activo Freyre (CAF) del Instituto Felix de Jesús Rougier en la Colonia Florida.



Esta es la escena en la casa en este viernes por la noche: Yo me vine a trabajar a los banquitos altos en la barra de la cocina, y tengo un poco de remordimiento porque me había reservado las noches para avanzar con editar mi libro. Pero pues acá me llamó esto, que de repente tengo entre ceja y ceja. AnaP, hasta hace dos minutos, estaba sentada detrás mío, trabajando en la mesa del comedor, armando el imposible rompecabezas de guitarras de mil piezas que le dio Nico de Navidad y repitiendo lo que llevaba diciendo toda la tarde “ya nada más pongo las últimas dos piezas y me subo”. Horas diciendo lo mismo, pero ya lo cumplió con un “basta” y ahora se subió a tratar de terminar de ver la serie danesa en Netflix que mi suegro le recomendó y que empezó a ver sin mí hace cuatro días y ahora, como dice, ya llegó a ese punto en que la tiene que terminar como de tarea. Yo también la quiero ver, pero con eso de que AnaP se arrancó con el primer capítulo sin mi porque salí a dejar o a recoger a alguien, no he tenido la ociosidad de empezar a verla y ahora que ya estoy tan atrasado, las discusiones que escucho en danés mientras leo, me han arrullado un par de noches, solo volteo a ver que onda cuando escucho un jadeo sospechoso de la pantalla, aunque la última vez que voltee resultó que uno de los personajes andaba teniendo un ataque cardiaco debajo de un árbol, así que me seguí leyendo. Miki estaba jugando al Fortnite con Gusano hasta hace diez minutos, pero le hablaron unos amigos para ir a ver la película nueva de Adam Sandler y sin pensarlo dos veces, aventó el control, se subió a bañar en lo que para él es un regaderazo relámpago porque fue de menos de cuatro minutos, salió con el pelo mojado, con shorts, chamarra y con los calcetines rojos que le trajimos de Santa Fe que tienen un estampado de perros pug, despidiéndose con un rápido ‘me voy al cine’ y yéndose. Nico está tocando su guitarra eléctrica, la ‘Daisy Rock’, que es la primera guitarra que se compró él con su lana y que era para lo que le alcanzaba su presupuesto. Es un instrumento ‘rosa mexicano’ que tiene chispitas brillantes y que está tocando a todo volumen detrás de la puerta cerrada en el cuarto que funge como oficina de AnaP/cuarto de visitas/y ahora, salón de eventos. La vecina Amy nos debe de amar, más ahora, porque justo antes de que nos sentamos a comer, Nico y Miki se fueron a conseguir quien sabe que chunche a la tienda de guitarras, un aparato que amplifica el sonido de la guitarra y que nos hace extrañar los momentos donde Nico se prensa de su guitarra acústica. A pesar del ruido, Rosita se vino a dormir acá, en otro de los bancos altos de la cocina, a un lado de donde escribo, muy digna para ronronear. Gusano está en el cuarto de la tele/salón del piano, y ahora que ya lo dejaron solo, está jugando una versión de Assasin’s Creed donde el personaje va descuartizando cuanto enemigo encuentra. Pero, me dice mi hijo de casi quince, están en la antigua Grecia o sea que es casi como una clase de historia, Pa. Y es casi cierto, los personajes tienen nombres como Lexonidas, o Alexio, hablan con un inglés cortado como en gyros, y la pantalla está plagada de Partenones, borregos y hombres ataviados en túnicas, casi Grecia antigua pues. Aunque al ritmo en que se va descabechando enemigos y jabalíes, no entiendo como es que se pobló lo suficiente para convertirse en la cuna de la civilización. Chorizo no sé donde es que esté, pero es cosa de utilizar el olfato porque los intestinos del pobre andan violentos desde hace varios días, así que mejor ni investigo donde anda y lo dejo dormir. Ya solo estamos los cinco, a mi suegro lo fuimos a dejar al aeropuerto hace rato porque su vuelo a la Ciudad de México salía a las siete y media pero le gusta llegar con anticipación, así que en esta escena de viernes por la noche, de repente extrañamos el tenerlo sentado en el sillón de la sala, concentrado con su lectura en su iPad, o platicándonos sobre alguno de sus viajes. Mañana manejamos a Horseshoe a pasar el día con mis papás.


Ayer en la noche, vimos “Hotel Rwanda” sobre el genocidio que ocurrió en 1994 en el país africano, y en donde, a machetazos, balazos o como fuera, se calcula que asesinaron a aproximadamente un millón de personas por el simple hecho de que pertenecían a una tribu distinta. Entres doscientos cincuenta mil y medio millón de mujeres violadas. Los Hutu contra los Tutsi.


— ¿Crees que pueda volver a pasar?— me preguntó Gusano cuando apagamos la tele, a lo que yo le contesté que por supuesto, aunque ya no supe si su pregunta era sobre la magnitud del genocidio, o a el que apenas nos acordamos de haber visto las noticias de Rwanda, pero que como igual estaba lo de Sarajevo, el Mundial, lo de Kurt Cubain, lo de Forrest Gump y que bueno, el hecho de que era solo una noticia más en un lugar que antes ni enterados de su existencia. Más o menos igual que ahora, pensé, con las más de cuarenta ejecuciones diarias que se registraron en México en el año, más de quince mil para quien lleve las cuentas.