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  • Miguel Esteva Wurts

robalito


Recién empecé a trabajar, salía mucho a comer con mi papá. “De negocios” decía, y lo acompañaba con clientes, abogados, dueños de empresas a quienes invitaba a comer.



El go-to de mi Jefe era La Cabaña. Quedaba justo atrás del despacho. Nos reservaban una de las mesas amplias con vista a Insurgentes para poder ver pasar los coches y a los transeúntes para entretenernos. Las mesas estaban dispuestas para poder admirar como el mesero de pelo blanco quebraba la sal del róbalo que te preparaban en la mesa.


Las idas a comer declinaron considerablemente cuando quitaron La Cabaña. En ese sitio abrieron una “Mansión”, de la cadena de restaurantes de carnes. Fuimos poco, con eso de que mi Jefe cuidaba sus niveles de colesterol y no comía carne roja.


La estrategia era dejar que el cliente hablara, que nos diera su opinión con respecto a tal o cual crisis, de tal o cual político. Mi papá escuchaba, asentía, y de vez en cuando tendía un lazo para que el invitado se explayara. Mi Jefe no se dejaba engatusar por alguna controversia, nunca lo vi engancharse, pues. Todo un arte, lo que hacía, sobretodo conociendo como los abogados y los dueños de las empresas tienen, por decir lo menos, opiniones, y saben (porque lo saben) que su punto de vista es (porque lo es) el correcto.


Era la época donde nadie más tenía opiniones.


Ahora claro, opinar ya se democratizó. Ya no se necesita ser abogado o dueño de empresa para dar tu opinión y saber (porque lo sabes) que tu punto de vista es el correcto (porque lo es) y que puedes decir lo que tengas que decir sin tener la ventaja de estar disfrutando con tu papá (el mío) un robalito a la sal como el que preparaban en La Cabaña.

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