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  • Miguel Esteva Wurts

quo vadis


El plan este próximo verano era ir a Nueva York. Cuando cumplí quince años mi papá me invitó a NY y a Washington. Tres días en cada ciudad, él y yo, mi primera vez en ambas ciudades. En Washington nos quedamos en un hotel que estaba cerca de la estación de L’enfant, pero en Nueva York estuvimos en uno que quedaba a un costado del Plaza, daba a Central Park. Nuestra primera mañana fuimos al Frick, que mi papá me confesó era su museo favorito en NY, al Guggenheim, al Met. En Washington recorrimos todos los museos del Mall dedicándole un día completo al Air and Space donde nos echamos una hamburguesa en la cafetería para no perder tiempo saliendo y buscando. En Manhattan me llevó a cenar al Gallaghers que en aquel entonces era el lugar de cortes por excelencia y por el que llevaba años salivando de tanto que me lo platicaba, de esos lugares donde los meseros se visten de smoking blanco, tienen una opinión acerca de todo, y cuando te traen el rib-eye, lo hacen con tanta dedicación que te hacen creer que eran amigos personales de la res. A la mañana siguiente fuimos a desayunar bagels a uno de esos sitios en donde los que están detrás del mostrador gritan y te intimidan para que termines pidiendo el spread de lo que sea. En un par de noches fuimos a ver West Side Story y otra, que me gustaría decir fue My Fair Lady, pero ya no estoy seguro. Mi Papá había hecho ese mismo viaje con Carolina un par de años antes, y lo hizo con Paola unos años después, cuando ella cumplió quince. Ya no ubico si el resto de mis hermanos menores tuvieron esa misma oportunidad. Un viaje inolvidable, y me encantaría decir qué guardo memoria de cada detalle, pero sería mentir. En Nueva York, fuimos a saludar a un amigo suyo, un cubano de apellido Costábile de lentes rectangulares, pelo canoso, y que me dijo “que tu querés, chico, ¿que tu querés?” cuando me saludó. Costábile trabajaba como cantinero en el bar de un restaurante de Manhattan, el Quo Vadis, de esos lugares tradicionales en NY que ya habían pasado de moda. Recibió a mi papá con gran alharaca, como si fuéramos nómadas llegando a su oasis, abrazo, beso y quizá una lágrima de emoción. Estuvimos un largo rato sentados en el bar de madera obscura, y sin preguntarme más, me sirvió un jugo de manzana que porque era otoño y época de manzanas en el estado de Nueva York. Cuando nos estábamos despidiendo, se me acercó y me dio un paquete, “un regalito para que se lo lleves a mi Madre”, me dijo, “te lo encargo mucho”, poniéndome una cajita en mis manos, apapachándolas como si custodiara oro. Un par de semanas después fuimos a entregar aquel encargo. La señora Costábile vivía en el DF, en una casa en la Colonia del Valle. La sala, donde nos sentamos a platicar un rato con ella era igual de obscura que aquel bar en Nueva York. Los Costábile habían huido de Cuba con la llegada de Castro, y la primera parada de la familia fue en la Ciudad de México donde recibieron ayuda y amistad por parte de mis abuelos. Ya después, la necesidad forzó a Costábile a emigrar a Nueva York, dejar a su mamá en México. El Quo Vadis cerró tres años después de aquella visita, en 1984, convirtiéndose en una página en Wikipedia. Asumo que el sueño infantil de Costábile no había sido el terminar de cantinero en un bar neoyorquino, porque cuando mi papá, ya más entrada la conversación, le preguntó que como estaba, él le contestó “es que todo cambia, Miguel, todo cambia. Así que acá me tienes”. Y nosotros acá, como todos, haciendo planes.

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