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  • Miguel Esteva Wurts

piano

Para evitar hablar del tema me pinto solo, que ni qué.


Cosa de preguntarme algo que nomás no, para que yo haga lo necesario para darle la vuelta y de repente, ya pasó el tiempo y todo se quedó como antes, sin resolverse, vaya, sin siquiera haber tocado el tema, gracias muy amable.



No por presumir, pero trazar círculos es mi fuerte.


La culpa de ser así no es mía, por supuesto. Cual si fuera de la 4T, rara vez tengo la culpa de mi pasado, pero este talento de evitar lo que sea que se necesite evitar, no es mi culpa. De hecho, siempre he intuido el que yo sería el funcionario ideal de la casilla tres de la Dependencia Distrital del Control y Administración de Procesos y Flujos, en donde mi trabajo consistiría en decir, “ya sabe, aquí con mucho gusto que sí se lo hacemos pero solo si no nos trae el comprobante original del pago de su acta de nacimiento, si no, estamos con las manos atadas… las manos atadas, ya ve” inclusive juntando mis muñecas para demostrar lo atado mis manos, dejando en claro que culpa mía, no es.


La culpa se la achaco en un cien por ciento a mi maestra de piano, la temible, implacable y desgraciadamente siempre holandesamente’ puntual ‘missesCurwood’. Para acabarla de amolar y mi eterna desdicha, la mujer nunca se enfermaba, solo la aquejaba una colitis que no hacía nada por mantenerla en cama. “Me doblo de dolor” le avisaba en su acento de Hans Holbein a mi mamá, “pero no se preocupe, puedo darle clases a todos”.


Todos los martes en la tarde, la ‘missesCurowood’ tocaba el timbre minutos antes de las cuatro y la primera clase empezaba, sin falta, a los cinco minutos, después de que la ‘missesCurwood’ pasaba a ‘refrescarse al baño’. Caminaba, desde casa de mi tía del otro lado del Periférico, con determinación holandesa en sus zapatos desgastados de tacón cuadrado, su falda de pliegos, y su mascada de seda que protegía su pelo. Cargaba una bolsa de las de mandado que plantaba junto a su enorme bolsa de cuero negro a un lado del piano, y de dónde sacaba cuadernos, lápices y su reloj de cuerda. Se desenfundaba cuanto abrigo, bufanda y mascada traía enredado hasta quedar en un sweater beige que olía a algo entre talco y a lo que huele la madera en Cuernavaca, porque todas las mañanas, aquella mujer de perennes sesenta y siete años, se trepaba en el Estrella Blanca en la terminal en Cuernavaca para desembarcar en Taxqueña, preparada a dar clases de piano en distintas casas en San Angel.


Mis hermanas practicaban y por tanto avanzaban. Yo jamás me senté a practicar. Desperdiciar mi tarde tratando de sonsacarle dos notas seguidas a las teclas de marfil en la sala de la casa no era lo mío. No nada más no me aprendía las piezas, pero las claves (sol y fa) me eran indescifrables, como si tratara de leer arameo pre clásico sin mis lentes. Todavía de la clave de sol podía yo leer un poco, pero la clave de fa era cómo el estudiar jeroglíficos para Chorizo, mi perro. Si había que tocar una nota inferior del Si en la Clave de Fa, era para mí, una tarde perdida enfrentándome a una maestra de muy mal humor.


Pero fueron esos momentos, cuando mí ser de diez años, aquel niño que evitó el enfrentarse a la clave de fa, lo que me enfiló a darle la vuelta a todo. Aquel chamaco descubrió el punto flaco de la ‘missesCurwood’ quien, al ver mi ineptitud, vacilaba entre darme reglazos o desenredar su sweater y colgarse de la lámpara con el estambre. Así, de la manera más inocente y con una sonrisa derramando ternura yo le preguntaba “¿y cómo está Bolitas?” sabiendo que el preguntarle de sus perros y gatos la desviaban, como mínimo, veinte minutos de mi clase de una hora.


En su casa en Cuernavaca, la ‘missesCurwood’ albergaba a cuanto perro o gato recogía en las estaciones de autobús. Asumo que abandonar mascotas entre las llantas de los autobuses era practica común en aquella época, porque cada x tiempo ella llegaba con una nueva historia. Así, la ‘missesCurwood’ me contaba de que si Manchitas había echo tal cosa, o que si Negrito no estaba comiendo bien. Yo, por supuesto, en vez de aprenderme algo que tuviera que ver con el fa sostenido o con los bemoles -que hasta la fecha me los imaginó como un grupo de nómadas enojados- me grababa los nombres de los animales para poder hacerle un cuestionario, mascota por mascota, a la semana siguiente.


Mis hermanas se ardían con mis tácticas para evitar el tener que aprenderme las piezas de los libros de John Thompson o de Schaum que la ‘missesCurwood’ iba marcando con estrellas y con apuntes a lápiz en su caligrafía de holandesa refugiada en el trópico. Yo nomás veía como las "C"s de Carolina o las "P" de Paola poblaban las piezas que ellas dominaban mientras que mis "M"s se quedaban rezagadas en las primeras páginas.


Pero si de saber los dolores que aquejaban al Patitas o de cómo seguía la diarrea del Felix, yo dominaba.


Cuando terminaban las lecciones de los martes en la tarde, la ‘missesCurwood’ guardaba su cuaderno, su reloj y su lápiz dentro de su bolsa de mandado, y de su bolsa negra sacaba un estuche de Teatrical, se empolvaba la nariz usando el espejo redondo del envase rosa, y pasaba con mi mamá para darle el detalle de nuestro avance semanal.


Así pasaron los martes durante siete años de mi infancia.


Acá tenemos un piano que Nico toca con dedicación. Todos los lunes en la noche va con la ‘missesWilcox’, aquí como a cuatro cuadras, y durante el transcurso de la semana lo escuchamos peleándose con sus piezas. Quienes lo escuchan dicen que tiene facilidad, que vamos, la tiene, pero sí que le dedica hartas horas a cultivarla.


A pesar de que sigo teniendo un algo enquistado que me hace aborrecer los martes por la tarde, observo con melancolía a Nico tocando, sabiendo que desperdicie siete años sentado frente a las teclas sin haber aprendido ni el do por lo central, y que lo único que perfeccioné durante esos años fue el arte de darle la vuelta a mis problemas.

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