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  • Miguel Esteva Wurts

paseos


Deberías de escribir algo sobre la sabiduría de un perro viejo, me sugirió el otro día AnaP. Caminábamos con Chorizo, por lo que no me resultó obvio pensar que se refería a nuestro perro. Solía ser Boxer, Chorizo, ahora es un viejo necio, feo y maloliente. Menso siempre ha sido. Estas caminatas resultan ser cada vez más cortitas con eso de que su respiración se acelera a los pocos pasos, y sus paradas para estirarse y descansar son exasperantemente frecuentes. Cuando me dijo AnaP lo de escribir acerca de la sabiduría de Don Chow, visualicé a mi perro ataviado con una túnica roja y amarilla, enormes anteojos de armazón metálico, rapado, cejudo y con la misma sonrisa de paz del Dalai Lama. Siempre me acelero con un tema que me entusiasma, y de inmediato pensé opciones de lo que escribiría, armando estructura y líneas en mi mente. La cosa es que cuando volteé a verlo para que me empezara a trasminar algo de su sabiduría, lo tuve que jalar porque estaba concentrado olfateando lo que un dueño de otro perro no había terminado de recoger del jardín de algún vecino. Sabiduría, pensé, mi ensayo esfumándose. Chorizo solo me lanzó una mirada de: tranquilo maestro, tu a lo tuyo, yo a lo mío. A últimas fechas, salir a caminar con Chorizo es como treparte al colectivo guajolotero el verano que cumplí catorce años cuando trabajé de mensajero en la empresa del Ingeniero Covarrubias: sabes que van a haber paradas continuas, frenadas sin previo aviso y que vas a terminar con la cabeza clavada en el sobaco del de enfrente y solo esperas que haya habido un Obao de por medio. En nuestras vueltas ahora, Chow camina tres pasos, se estira, me hace creer que detectó el rastro de algún criminal prófugo, y baja la cabeza para continuar olfateando cada /%&$# hebra de pasto. No soy San Francisco de Asís como para adivinar lo poco que transcurre por su mente, pero aparte de que ladra, se queja, gime y da coletazos cuando duerme, la imaginación de mi perro parece estar limitada a renquear cada vez que le digo que vamos a salir a caminar, por lo que no creo que el aroma del pasto que olfatea lo transporte a Valhallas mentales distintas. Pero aun así, va con el hocico pegado al suelo. Ya ni siquiera hace el más mínimo esfuerzo de ir haciendo pipí como antes, cuando usaba su vejiga como excusa para irse deteniendo. “Anda” le insisto, “marca territorio, demuéstrale a los demás perros de quién son los chicharrones que truenan”. Levanta la mirada y me ve con cara de, tranquilo mi man, lo importante era pasear. Solo es cuando pasamos por la hortaliza que tienen Keith y Erica en su jardín que da a la calle, en la que mis vecinos siembran jitomates y chiles jalapeños, que es cuando Chorizo parece sentir la urgencia extrema de marcar territorio. Antes de treparse sobre los surcos de tierra, me ve con ojos de, entonces ¿aquí cuál era la instrucción? ¿aquí me orino, sí o no? Invariablemente en ese instante lo jalo y le repito que allí no, que no sea cerdo- máximo insulto para cualquier perro. Me ve con ojos de que era una simple duda la que tenía, no más. En esa hortaliza, la de Keith y Erica, Chorizo y yo llevamos con ese ‘tuya, mía, te la presto” desde que llegamos hace poco más de seis años. Jamás ha ganado, diario insiste. Supongo piensa en que un día romperá mis tabúes y lo dejaré marcar territorio sobre un jitomate o un chile serrano colgado de su mata. Lo importante es intentar, me dice con su mirada de perro reprimido. Ahora que anda de perro canoso y artrítico, no estoy muy seguro de su supuesta sabiduría adquirida. Se emociona igual cuando le pregunto, ¿quién quiere ir a caminar? y sigue brincando como menso enfrente de la puerta roja que da a la calle, aunque ahora lo hace con saltos más contenidos. Pero a últimas fechas hay veces de que no hemos ni llegado a la casa del vecino cuando se detiene en seco y decide que esto de caminar justo en este preciso momento, no es lo suyo. Una vez que decide, no hay poder humano que lo vuelva a entusiasmar para continuar con su vuelta. Cambiar de opinión es de sabios, me suspira cuando vuelve a echarse en su tapete dentro del aire acondicionado de la casa, y antes de quedarse dormido hace un último contacto visual conmigo como para que apunte esta pequeña gota de sabiduría. Repito, solo San Francisco de Asís le podría sonsacar el secreto de su supuesta sabiduría al Doctor Chow. La cosa es que no sé si después de anoche me compartirá su aprendizaje. Apenas empezamos con esto de la cuarentena decidió que no hay necesidad de bajar los seis escalones a nuestro jardín para hacer pipí, y que sin broncas puede orinarse encima del piso de nuestra terraza. Lo regañé por este lapso, utilizando palabras altisonantes: cerdo, puerco y marrano, le dije, en un tono de voz que no me escuchaba desde que era cachorro. Sus ojos de canica (agüitas negras) me decían, tú has lo que tengas que hacer, yo haré lo que tenga que hacer donde lo tenga que hacer. Aunque se sintió conmigo -su mirada de decepción total ante mi castigo- me perdonó cinco minutos más tarde cuando se echó sobre el tapete con nosotros en el cuarto de la tele a ver El Padrino. Rencor es una cosa que no entiendo y menos guardo en mi memoria, parece explicarme. ¿Para qué guardar resentimiento? me cuestiona. Claro que es un mentiroso, desde que nos mudamos reserva un espacio gélido y vengativo en su corazón para los carteros, a pesar de que ellos nunca lo han castigado por orinarse en la terraza. Ahora duerme a mis pies. Se hace el sordo, pero cada vez que alguien pasa a su lado, se ladea, levanta las patas buscando que le rasquen la panza. Si mencionas su nombre, menea la cola. Sabiduría, se burla de mí, ¿para?

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