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  • Miguel Esteva Wurts

naranja


Ayer el Gusano y yo vimos Naranja Mecánica, la peli palomera del viernes familiar, excepto que AnaP y Nico dijeron ‘paso’, y Miki que la acababa de ver. Es mucho decir, presumir que la vi, porque fiel a mi gordito ser bordeando la senectud, me quedé dormido a los veinte minutos. Me despertaba cada no-sé-cuanto, veía al Alex y su ultraviolencia entre sueños, cabeceaba y regresaba a dormir. Como a la 1:30am me arrastre a la cama, entreviendo a Alex diciendo “estoy curado”, el nombre de Stanley Kubrick en los créditos y de Gusano apagando la tele. Subí, me tumbé a un lado de AnaP, me quedé dormido. No me dormí tan fácil la primera vez que vi Naranja Mecánica. Tendría maso, la edad del Gusano. Nos la puso Mr. Gilchrist la semana después de exámenes finales, esos días cuando solo esperábamos calificaciones, jugábamos el torneo de fut en el patio. La peli la vimos en el salón afuera del Teachers’ Lounge, de donde salían maestros, conversaciones entrecortadas, humo de cigarro. Después de verla en el Edron, nos bautizamos como Droogs -David sigue llamándonos así en nuestro grupo de Whats’- convirtiéndonos en la pandilla de Alex, los ultraviolentos en San Angel a principios de los ochentas. Pero nuestra ultraviolencia se limitó a observar al Sapo salir corriendo del baño de hombres -el que estaba afuera de los laboratorios a un lado de dónde estacionábamos las bicis- gritándonos, “pílense güeyes” porque había encendido una paloma. Al Sapo lo expulsaron una temporada, nosotros regresamos a clase de literatura. El fin de nuestra ultraviolencia. El bagaje de películas del Gusano es mucho más extenso que el mío en aquella época, dijo meh’ con la violencia. Aun así, ayer discutimos la peli ad nauseam, y del peligro de que el estado te lave el cerebro.

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