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  • Miguel Esteva Wurts

matrimonio



Anoche andaba de ocioso, dándole vueltas al Netflix a ver si algo se me antojaba, aunque fuera de esas películas que hemos visto ya tantas veces que hasta los actores envejecieron ya en ellas, pero por más que me metía en los recovecos del Netflix, el deep dark web de Netflix, no me latía nada, sobretodo porque buscaba algo como para quedarme dormido, no tener que pensar, algo que me bañara el cerebro dentro de un masaje de esponjas dejando que alguien más pensara dos horas por mí. Así termine con una cosa -no sabría como más bautizar este reality- que se llama, ‘matrimonio a primera vista’, en donde cuatro expertos -viles casamenteras con títulos como “sexologo” y “pastor espiritual”- escogen a seis fulanos, tres de cada género, de dentro un mundo de voluntarios de quienes estudian personalidades, gustos, coincidencias. Total, escogen a tres parejas y las casan en un sagrado matrimonio envuelto entre anuncios de Hertz y 7Up. Los participantes (voluntarios todos) no se conocen sino hasta el momento en que entran al salón del hotel donde un ministro/juez/actor los une de por vida -o por cinco semanas (lo que ocurra primero), porque el divorcio también es patrocinado a las cinco semanas si las cosas nomás no hacen click. Los narradores repiten hasta el hartazgo que el matrimonio es legal y válido y los recién desposados solo se pueden separar mediante un divorcio ante los juzgados. A la boda se invita a las familias, amigos y conocidos, sin que nadie conozca quién es el ente con quien se casará su ser querido. El suspenso radica en que ni los novios conocen la identidad de su futura pareja, ni nombre, ni edad, ni nada, sino hasta que la novia entra al salón -cualquiera argumentaría que alguien quien decide participar en este reality tampoco se conoce a sí mismo y quizá habría que explorar un programa así, pero un show así no vendería nada. Se hace toda la faramalla: los invitados se visten en sus mejores trapos, el juez lee una palabras que hacen reír a todos, los novios se dan un beso como de juego de botella, hay baile, fiesta, nervios, luna de miel, la búsqueda de departamento, arreglos financieros, una tierna pelea para determinar quien duerme de que lado de la cama, argumentos para ver quien prepara el desayuno, hasta se discute el reparto del uso de las instalaciones hidro sanitarias. La cámara los acompaña a todas partes, recopila todos sus pensares, sus sentimientos, sus decepciones y la cruda realidad de que lo más probable será el que a las cinco semanas carguen con un divorcio dentro del bagaje emocional de su existencia. El director de tomas los persigue hasta el lecho nupcial, sin que los participantes se intimiden, filmándolos hasta el momento en que, cual corte medieval siguiendo los quehaceres de sus monarcas, uno de los recién desposados nos avisa con una sonrisa orgullosa de que el matrimonio ya se consumó, sin detenerse a pensar de que quizá nos estén compartiendo un poco más información de la que necesitamos. Pero allí estábamos, AnaP y yo, viéndolo, absortos, dejando que nos dieran un masaje cerebral cargado con estupidez, sin que pudiéramos detenerlo. La historia sucede en varios capítulos que los productores de la serie nos cortan con letreros que separan los eventos para que como espectador no te confundas: “luna de miel”, “primer baile” “primera noche”, “finanzas”. Es una mezcla entre Dalí, big brother, ‘Hunger Games’ el ver las reacciones de los novios en el altar justo antes de que nos admitan que esta será la decisión ‘más importante de su vida’, ella vestida de blanco, él con el smoking reglamentario, metidos dentro de un salón patrocinado por el Westin en Manhattan. También nos pasan las sonrisas aprobatorias (o no) de las damas de honor, la mirada aturdida de los papás quienes agradecen y reconocen que esto por lo menos será menos permanente que un tatuaje facial de un dragón naciendo de algún orificio nasal de su hijo/a, hasta los codazos de los amigos de él intercambiando miradas de, güey esta vieja está rete sabrosa, sin darse cuenta de que están refiriéndose a la mujer con la cual su compañero/amigo/colega vivirá el resto de su vida -o bueno, las siguientes cinco semanas cuando menos. Cuando me encuentra viendo estas sandeces, AnaP llega y me zarandea de regreso a la realidad y nos ponemos a ver algo un poco menos insultante. Pero ayer nos atontamos, nos quedamos viendo no-sé cuantos capítulos, hasta bien pasada la media noche, o bueno, hasta bien pasada las lunas de miel. Nos alimentamos de cuánto cliché se les ocurría balbucear a los participantes/concursantes que hacen hasta lo imposible por sus quince minutos. Y nosotros viéndolo, enredándonos con la mujer que lloraba por todo, con la pareja que cual arácnidos no les importó el haberse conocido dos horas antes para consumar el matrimonio, con los otros dos que estaban felices buscando su nido de amor en Manhattan por meros tres mil morlacos mensuales sin que la minucia de discutir cuanto dinero había en sus respectivas cuentas bancarias los detuviera. Nos quedamos prensados, AnaP y yo, atentos a ver como pasaban los concursantes la primera noche, la luna de miel, los encuentros con las familias políticas en las cocinas de sus casas. Después de muchas horas, ya con cerebro de mantequilla, nos quedamos dormidos, y hoy en la mañana me siento como si me hubiera atragantado una cubeta entera del Kentucky de esas donde te destajan y te fríen tres pollos enteros en manteca y te los venden por nueve dólares con noventa y nueve centavos empaquetados dentro de un recipiente plastificado con la cara del Coronel Sanders, apenados de haber caído en las garras de esta televisión tipo Trump que no hizo nada más que insultar mis no-se-cuantos años de educación y de rellenar con paja, aire y mierda el espacio de tiempo tan limitado que tenemos en este planeta.


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