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  • Miguel Esteva Wurts

Manola

Se murió Manola, nos avisó AnaP. Durante un rato, no dijo más. Hasta que la cuestionamos nos admitió que se atragantó con un hueso de pollo. Margarita me avisó, agregó.



Calculamos que tendría diez, once años. Ya estaría vieja.


La conocimos de cachorra, Gorgi se las regaló a mis papás, y cuando al día fue ’too much’ pasó con nosotros: schnauzer gigante, negra, divina, inteligente. De haber tenido papel y lápiz (y pulgares) nos hubiera explicado cálculo integral.


Tenía su carácter, nomás no se dejaba. Cuando la intentamos cruzar, la llevamos a una casa en San Jerónimo. “Mi perro” (Atila, Genghis o Conan) nos presumió su dueño, “es bravo, tiene experiencia, es alfa, domina”. Cuando subí a recogerla, el dueño me vio con cara de llévatela ahorita, “y mira, me mordió” enseñándome su jean roto. Atila andaba achicopalado en una esquina, con cara de ya llévense a esa hembra, cuestionando su macho interno.


Odiaba a ciertas personas. Si no confiaba, enseñaba dientes, gruñía agresiva, protegiéndonos.


Siete años después de que la dejamos en México, sigue levantando pasiones. El tío de AnaP se sigue quejando. “Tu perra esa” dice con desprecio, “Manola o cómo se llamara”.


Pasear con ella en la calle era garantía de que alguien nos detenía: “Que bonita, ¿la puedo acariciar?” preguntaban, y antes de poder decir aguas, acercaban su mano solo para sentir el vaho de la tarascada. “Acaricia a tu madre” les gruñía Manola.


Cuando nos venimos, no nos quedó de otra más que dejarla con Adrian, quien nos ayudaba en casa. A él lo quería. Aquí temíamos la sarta de abogados reclamándonos daños.


“No, ya está más mansita” nos tranquilizó alguna vez que AnaP le preguntó. Envió un video de Manola, patas cruzadas, disfrutando de un helado.


En la gran granja a donde ahora está, corre, pelo alborotado, nos protege.

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