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  • Miguel Esteva Wurts

juego maldito



De nueva cuenta regreso al tenis. Juego maldito. Ayer miércoles jugó Gusano un partido de tres sets contra el mismo chavo contra quien perdió el año pasado en el mismo torneo de eliminatoria de la escuela, en un juego igual de angustiante que el de ayer.


El primer set, Gusano nomás no estuvo presente. Buscaba meter balazos que salían volando de la cancha, y los que entraban, el contrincante, Jack, los contestaba con total parsimonia, todas sus pelotas un golpe que flotaba suave al centro de la cancha, retando a que Gusano fallara. Y Jack, lo que tiene, es velocidad en las piernas, condición física, y llegó con su estrategia de juego muy bien pensada, plan del que no se salió ni un ápice: venía a defenderse, no a atacar y así lo hizo en ese primer set, y esa tranquilidad con la que llegaban las pelotas de Jack para ser golpeadas con la derecha del Gusano, volvieron loco a mi hijo. Y sí, Gusano perdió la cabeza.


El partido ya de por sí era de mucha presión: se jugaban el último puesto para entrar al primer equipo de la prepa. Llevaban dos semanas en esta eliminatoria, y el suyo era el encuentro final. Ya el martes, Gusano había perdido en contra de un muy cuate suyo, en contra de quién no tenía porque haber perdido, pero perdió. Fue de esos partidos donde un par de golpes cuchos arrastraron su juego y su estado de ánimo. Se derrumbó, cosa que no tiene porque ser, pero es. En aquel partido, el del martes, iba arriba 5-3 en el primer set, y, aunque no estaba jugando bonito, estaba ganando. Para cuando su amigo le empato a cinco, era solo cosa de esperar el que perdería el primer set en muerte súbita. El segundo set fue un desastre, solo logró un juego. Salió deshecho de la cancha. Sabía que aquel era el partido a ganar, en su mente ya lo tenía palomeado, y quizá ese fue el problema, y que con sus golpes malos dejó que el otro chico se creciera dentro de la cancha, mientras él chocaba sus derechazos en contra de la red, y en su revés, su siempre consistente revés, la pelota volaba lejos de su destino. Cuando llegamos a la casa aventó sus raquetas a la basura alegando que jamás volvería a jugar otro juego.


Pero tenía un último partido, su última oportunidad para avanzar al equipo grande: el encuentro en contra de Jack.


El primer set lo perdió 6-3. Mentaba madres, con su mano golpeaba su raqueta, frustración absoluta. No entendía cómo jugar en contra de un contrincante que a lo único que se dedicó, fue a jugar de “pasabolas” y a correr por toda la cancha para regresarle las pelotas, una por una, a Gusano.


El segundo set tampoco empezó bien, y de repente, ya estaba abajo 4-1, soltando las mismas palabrotas como las que gritaba Miki dentro de la cancha. Tenía la cabeza caliente, la mente en un sitio muy alejado de su tenis, sufriendo con cada golpe, implorándole a gritos a los dioses de tenis el devolverle su golpe. Pero los dioses del tenis no entienden a gritos.


Tampoco ayudaba el que dos de los miembros del primer equipo peloteaban en la cancha de al lado, golpeando la pelota con una fuerza que yo no entiendo, riéndose entre ellos, disfrutando sus raquetazos con una alegría que solo pertenece a esa edad, alegría que estaba muy alejada de la tensión que colmaba la cancha de al lado, donde jugaban Gusano y Jack.


Pero algo pasó en ese 4-1. Gusano se dio cuenta de que era ahora o nunca. No sé si fue porque le dije que que se tranquilizara y se enfocara, aunque no estoy seguro de que me hubiera escuchado, pero de repente entendió que a balazos jamás le ganaría a un chavo que lo único a lo que apostó fue esperar a que él fallara. Y vamos, no culpo a Jack, es un poco mi juego, el juego de quienes no entrenamos y dependemos al cien de nuestras piernas y en desesperar al rival. No creo que sea porque soy su papá, pero la verdad es que a Jack, igual que a su amigo contra quien perdió el martes, Gusano les gana nueve de cada diez encuentros. Pero así no es el tenis, ni tampoco la vida, y hay que hallar cómo resolver los encuentros. Los otros chavos la sortearon bien, Agus no.


Excepto cuando de repente se encontró 4-1 abajo.


Yo transmitía el juego a Miki y a AnaP por el Whats’, y cuando vi el 4-1 con Jack sirviendo, le comenté a Miki que sería un largo camino para recuperar a Gusano en las canchas de tenis. Le pedí a AnaP que lo abrazara mucho, que su hijo menor la iba a necesitar, creyendo que regresaríamos a la casa con una derrota ignominia, un 6-1 nefasto.


Pero Gusano es un luchador. Mis tres hijos lo son. De su madre heredaron esa sangre gélida de guerreros aztecas. Panza para arriba encontró su cabeza fría. Panza para arriba encontró que lo único que tenía que hacer era bajarle la fuerza a sus golpes para que todos entraran, hacer correr a Jack, provocando el que perdiera esa facilidad que tiene como tenista para devolver cada pelota. Y así lo hizo. Las pelotas de Gusano iban de una esquina a la otra, no muy esquinadas para no arriesgarlas, pero lo suficiente para que Jack tuviera que correr de un lado al otro todo el resto del segundo set, y que de repente, las bolas fofas de Jack, o volaban por encima de los límites de la cancha o morían sin fuerza en la red. Las mentadas de madre de Gusano transitaron a ser “vengas” y “vamos”, forzándose a ser más positivo en la cancha, a ser más frio.


La cabeza fría de Gusano empezó a prevalecer. El 4-1 de repente fue un 4-2, y así, trabajando cada punto, ya estaban empatados, y la frustración saltó de lado en la cancha. Ya no era Gusano quien le imploraba a los dioses del tenis, era Jack quien de repente veía su raqueta, culpándola, observando como se le escapaba el juego por entre de las manos, viendo como su ventaja de un set, de ir 4-1 arriba en el segundo y a solo dos juegos de llevarse el encuentro, se desvanecía por completo, forzándolos a irse a un tercer set que aquí se define en un “súper tie-break” es decir, una muerta súbita que gana el que primero llegue a diez puntos, y que si llegan empatados a nueve, el primero que gane por diferencia de dos puntos. El año pasado Gusano perdió aquel súper tie-break 22 a 20.


Si como espectador palero las muertes súbitas conducen a arritmias cardiacas, como papá envejeces, como bien dice Humberto, por segundo, o, en este caso, cada vez que observas cuando tu hijo se posiciona para golpear la pelota. Pero Gusano ya andaba con la cabeza fría, ya había entendido como jugar el partido, sus gritos de Venga, y de Vamos contrastaban con las mentadas que ahora emanaban de la boca de Jack. Después de todo, Gusano había sacado el segundo set, de ir 4-1 abajo, a ganarlo 6-4. A Jack, Gusano entendió, había que jugarle tranquilo, medido, hacerlo correr, traerlo a la red, forzarlo a pegarle a la pelota desde ángulos que no le favorecían, provocando el que los globos de Jack quedaran cortos y mi hijo los pudiera rematar con un smash que acabara con el punto.


Gusano empezó la muerte súbita arriba 3-0. Me permití el lujo de respirar.


El Coach Oxford, una leyenda en la escuela, sentado a tres metros de mí, observaba a los dos jugadores sin decir palabra, impávido, incluso cuando Jack, al momento de perder el tercer punto seguido al iniciar el tie-break, estrelló su raqueta en la cancha, rompiéndole el marco. El resultado final se antojaba palpable.


Pero el juego hay que terminarlo, los puntos hay que pelearlos y ganarlos, y mientras haya puntos por disputar, siempre hay oportunidad. De tres-cero, Jack se subió a un angustiante tres-tres, a seis-cuatro Agus, a seis-seis, a nueve-ocho favor Agus. El grito de Vamos se hizo presente, Jack corría de un lado al otro sin captar como todo se le había volteado todo tan rápido. El amigo de Gusano, contra quién perdió el martes y quien se había quedado a ver el partido conmigo, se volteó hacía mí y me hizo la seña del pulgar para arriba. Ambos sonreímos.


Pero los dioses del tenis son malditos, juegan con las esperanzas, manipulan las ilusiones. Y de solo necesitar un último punto, Gusano perdió tres seguidos, y perdió el encuentro.


El Coach Oxford se paró, y durante casi un minuto les aplaudió. A ambos. Como se lo merecían. Yo tenía el corazón demasiado deshecho como para aplaudir.


Caminaron al centro de la cancha, chocaron las raquetas en ese símbolo de respeto hacía el tenista contrario que antes, en épocas de no Covid19, era darse la mano o hasta a veces, como hubiera sido meritorio en este caso, un abrazo. Los dos son muy buenos chavos, Jack es buen amigo de Nico, juegan poker los sábados. Una vez chocadas las raquetas, la cara de mi Gusano se desmoronó. Acariciar así el triunfo, visualizarse en el equipo grande, practicando con sus amigos en estos días en donde solo convive con ellos a través de la pantalla, acabó con un solo golpe mal dado después de casi dos horas de juego.


Cuando ya nos íbamos, le pedí a Gusano que se despidiera del Coach Oxford. Buen hombre, años viendo estas batallas, salió a despedirse de Gusano quien sollozaba con espasmos apenas controlados a mi lado, sus lágrimas atrapadas por el tapabocas. El Coach Oxford se dedicó a decirle lo bien que había jugado, de ensalzar en loas la derecha tan educada que tiene mi hijo, de decirle que tiene que trabajar en su volea, en su juego de red, pero que si sigue practicando puede hacerla en grande.


No sé.


No sé si Gusano alguna vez sea Federer o Nadal. Lo dudo mucho. No creo que sean sus intenciones, ni su meta. Es un muy buen estudiante, y la clase que más le gusta es la de química que cursa con otro de estos profesores que igual son leyenda en la escuela, profesor quien se desvive para que cada clase sea una cátedra amena y que sus estudiantes salgan del salón dispuestos a darle el todo por el todo por las uniones iónicas de los aminoácidos. También le encanta su clase de cohetes, la misma que tomó Miki y en la cual, en el último año de la escuela, diseñan y arman un cohete que sube no sé cuantos miles de pies, elevándose a no sé cuantos metros por segundo. No, no creo que mi Gusano se vea jugando en Roland Garros. Él solo quería llegar al equipo grande de la escuela, jugar con sus cuates.


Pero así es el tenis. Juego maldito.

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