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  • Miguel Esteva Wurts

guadalupano

Hoy en la mañana, AnaP y yo nos enfrascamos en una muy bizantina discusión del cuento de Juan Diego y la Virgen de Guadalupe, ya saben, la típica, que si las rosas, que si el tío enfermo, que si el obispo, que si el ayate, que si la manga del muerto, y todo empezó porque AnaP bajó feliz cantando la de ‘La Gaudalupana’ que en éstas fechas entonaban en el Instituto Miguel Angel, por lo que Gusano nos confesó de que no se sabía el cuento, así que yo, que soy poco ducho en andar contando historias a las 7:30am y menos sin café que aun andaba en proceso de filtración, empecé contando mi versión de los hechos, mismos que, y como luego resulto obvio, no se apegaban a la historia que propagaban en la escuela de mi mujer, cuestión que bien podría suscitar una crisis entre las monjas del Verbo Encarnado y las dominicas del Colegio Junipero, incongruencia que debería resolverse en un concilio similar a cuando decidieron el asunto de que el padre, el hijo y el espíritu santo eran lo mismo, pero luego que siempre no pero sí, cuestión teológica que me confundió toda mi infancia empujándome sin duda alguna a una vida sin fe y a una eternidad en el sexto círculo, pero que ahora que ya soy viejo, ya me cayó el veinte de que es lo mismo que decía mi mamá cuando plantaba enfrente mío un plato con algún guiso intragable reconfortándome con un “no te preocupes que todo se mezcla en el estómago, así que ya cómetelo que se te enfría”, conclusión que estoy seguro de que si algún chef lee esto, se jalara los cucharones e ira a protestar donde sea que se encuentre mi progenitora, aunque más fácil sería culpar a la Morenita del Tepeyac.


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