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Desextinctar

  • Writer: Miguel Esteva Wurts
    Miguel Esteva Wurts
  • Jan 2
  • 4 min read

La luz al final del túnel de ya estar en la recta final del Guadalupe-Reyes (aparte de dejar de tener que oír los desesperados gritos de “basta, basta” de mi sistema gástrico intestinal) es que ya muy pronto dejaremos de escuchar los mentados villancicos navideños al entrar a cada mentado expendió comercial. Agréguele usted el que donde desayunamos hace un par de días, la interpretación de las canciones navideñas con todo y las imperdibles campanitas de Belen, fue a cargo de Luis Miguel, cantando la del ropa-pom-pom y la de los peces en el río cual si el mismísimo Sol estuviera engatuzándose a carpas, tilapias y huachinangos, a pasar una noche inolvidable en su compañía.


Una cosa era escuchar el único disco de canciones navideñas que había en casa de mis papás, poner el vinilo en el tocadiscos y escucharlo ad nauseam en la sala de la casa mientras admirábamos la portada del LP que consistía de una foto de un grupo de niños forzados a vestirse cual elfos de los Alpes, otra cosa es entrar a ferretería, panadería, súper o con el cerrajero y ser forzado a tener que escuchar una versión más de Rodolfo el Reno.


Los villancicos es una cosa que no extrañaré si una Navidad futura estas melodías siguieran los pasos del diplodocus y se conviertan en una especie extinta.


Dentro de mi familia soy criticado por mis constantes referencias al periódico de The Guardian, pero hablando de extinciones, no pude mas que ser arrastrado por este artículo. Resulta que Colossal, una empresa multibillonaria dirigida por otro de esos multibillonarios orates que parecen haberse multiplicado en las últimas décadas, se anda dedicando a desextinctar ciertas especies animales.


Desextinctar.


La palabra todavía no la agregan a la RAE.


En el sitio Colossal.com delinean sus loables intenciones.


Sip, suena muy Jurassic Park todo el asunto, pero ahí en los laboratorios de Colossal andan una bola de científicos, bata blanca, lentes cuadrados, calculadora en el bolsillo, duro que dale con querer revivir mamuts, dodos y a una especie de lobos denominados “gigantes” o “terribles”, es decir, justo el tipo de bestia que uno menos quisiera encontrarse en el próximo apocalipsis zombie. Toparse con una manada de “lobos terribles”, el que este dedicado grupo de orates está enfocado en rescatar del abismo de la extinción, no suena divertido. Ya me veo, huyendo despavorido entre edificios dilapidados de una bola de zombies hambrientos, solo para ser devorado por, no sé, un tigre dientes de sable o ser aplastado por una manada de mamuts lanudos, cuya extinción, seamos honestos, no tuvo nada que ver con ninguno de los presentes.


Sus razones por desextinctar estas bestias tendrá este multibillonario: zoológicos, mascotas, estudiarlos, promocionar los beneficios de la leche de mamut lanudo, whatever. Pero la verdad, por la razón que sea, estas especies nomás no aguantaron la teoría de Darwin y a estas alturas, solo se ven bien disecados en los museos de ciencias naturales.


Pero eso es a lo que nos atenemos, a que un grupo de orates decidan desextinctar especies que en el futuro seguro veremos acompañando a sus dueños como mascotas de soporte emocional. —No lo toques— nos pedirán los dueños cuando nos los encontremos en el súper arrastrando a su mamut lanudo de cinco metros de alto jalado con una correa rosa que lea “Mutt”, —es muy tímido.


Colossal recibe todo tipo de apoyo del actual gobierno norteamericano. No muy me queda claro el porqué, supongo para que en una Navidad futura -espero una ya sin villancicos- podamos prepararnos unos rancheros con huevo de dodo.


No entiendo porque el interés en desextinctar.


Acá, por estas latitudes, no hay tanta necesidad de desextinctar. Acá contamos con cualquier variedad de dinosaurios quienes continúan tragando del sistema. Estos temibles reptiles, quienes hasta hace unos años andaban enfundados con los tres colores de la bandera, ahora han evolucionado, vistiendo un guinda mucho más camuflajeado, pero igual de tricératops. Con la cantaleta de que no somos los mismos, estos dinosaurios de hechura nacional se dedicaron a construir grandes obras, escondiendo no solo sus transacciones bajo el cobijo de ser de “seguridad nacional”, sino también ocultando sus nefarios planes con diseños y acabados de pacotilla.


Estoy hablando obvio, de la tragedia del tren interoceánico, misma que los brontosaurios actuales cubren con paquetes de indemnización de treinta mil pesos a los damnificados, como si con eso se pudiera desextinctar a los usuarios del tren.


Difícil creer que por más que gritemos, alguien será juzgado como responsable de la tragedia. No ahorita. No con los actuales dinosaurios en el poder. Esto no sucederá hasta que los actuales velociraptores cambien de camiseta, vamos, no quisiéramos molestar al T-Rex Maximus quien ideó, ejecutó y construyó la obra, pero quien actualmente se dedica a inventar historias de grandeza desde sus dominios.


Supongo ese es todo el chiste de las extinciones: ir dejando atrás lo que por su propia fuerza no subsistió. Desextinctar o mantener a la fuerza vivos -como le hacemos con nuestros dinosaurios locales- complica nuestra propia supervivencia, estas criaturas del pasado arrastrándonos al fango junto con ellos.


Por lo pronto, solo puedo soñar en que los villancicos se conviertan en extintos, caminando la misma ruta por la que desapareció el pájaro dodo.

 
 
 

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