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  • Miguel Esteva Wurts

del pueblo

Estimado señor Presidente:


Soy del pueblo.



A ver: mi jefa nació en Atotonilco el Grande, carretera Pachuca-Tampico, pasando Omitlán, antes del Zoquital. Mi abuela materna, la onceava de once hijos, nació en La Bella Airosa, mi abuelo en un pueblo perdido en la sierra, allá, extraviado en el norte. Están enterrados juntos, en el Panteón Municipal de Huauchinango, Puebla, para cuando guste darse su vuelta. Don Archibaldo, Doña Amelia, allí nos esperan. Mi abuela paterna pasó buena parte de su infancia en la costa, en un pueblo de pescadores, esos cuya vida depende del viento y la marea. Mi abuelo en Oaxaca, donde el mole es negro, la comida no tiene madre, y todos los años, sin falta, hay huelga de maestros. Mi jefe egresó de la Facultad de Derecho, «CU generación fundadora», repite orgulloso. A clases llegaba en bici, bus o por aventón. Mi jefa estudió para auxiliar de contadora, consiguió chamba de secretaria en un despacho de abogados, allá iba y venía en trolebús, en una línea que dejó de existir. En ese despacho se conocieron, se enamoraron, y ya luego se casaron.


La mía fue la primera generación donde la mayoría de los primos cursamos carrera.


Le platico nomás para que no me confunda.


Soy del pueblo.


Me considero de izquierda, si quiere etiquetar, que sé que le gusta pero que en lo personal encuentro tedioso, despectivo, peligroso. Pero pues ni modo, cada quien sus opiniones, usted encajona, yo intento no hacerlo, allí la dejamos.


Defino mi izquierda pues: estoy a favor de que cada quien haga con su cuerpo lo que mejor le convenga, de legalizar la mariguana, de la eutanasia, despenalizar el aborto. De que todos tengamos los mismos derechos, independiente de creencias, convicciones, preferencias; de que la educación y los servicios de salud sean gratuitos, accesibles y de calidad, que luego esto último se olvida. De más equidad. Mucho más.


De la gran gama de dioses que se me ofrecen no creo en ninguno. Imagino, como John Lennon, que no hay ni cielo arriba ni infierno abajo, y me gusta imaginar que todo sería mejor sin muros ni religiones ni países ni posesiones. Etiquéteme soñador, si gusta.


Lo que estoy diciendo es que si usted cree en tréboles, billetes, crucifijos, oraciones, ¿quién soy yo para contradecirlo?


Digo, nomás para establecer dónde estamos parados.


Pecadillos tendré, pues como todos supongo, pero corrupto para nada, para desde ahora quitarle las ganas de insultarme. En el camino pues claro que uno se topa con quienes tuercen leyes, rompen reglas, aceptan o dan mordidas. En erradicar la corrupción, en eso coincidimos, en esas se supone estamos.


No voté por usted, eso no hice. Pero soy demócrata, me rindo ante el deseo de las mayorías. Respeto el que usted sea mi presidente, me guste o no me guste. Y no, no me gusta. Pero aquí estamos.


No creo, nunca lo hice, en sus votaciones sacadas de la manga con información que ni a medias: el tren maya, el NAICM. Tampoco le creo a usted, ni creo en usted. Aun así, es mi presidente, me representa como tal, eso respeto.


Creo en los libros, en el ingenio humano, en la ciencia, en la gente que estudia, se prepara, que trabaja durante años intentando descubrir algo, llegar a conclusiones, sugerir acciones, como digamos el trabajo que efectuó la Imperial College London junto con la OMS, donde llegaron a las recomendaciones que acá plasman: https://www.imperial.ac.uk/mrc-global-infectious-disease-analysis/news--wuhan-coronavirus/. Apanican las conclusiones, que ni que, pero son mejor que nada.


Por eso, señor Presidente, si tengo que despedirme de alguien por culpa de este virus, desde ahora me volteo a verlo a usted, señor presidente, su pánico, su incapacidad. Aquí no hay guerra heredada, antecesores a quienes acusar. Por eso no quedaría mas que apuntar a usted, a nadie más, de cada una de las muertes que ocurran en México por ésta causa, del miedo provocado por su falta de dirección, su liderazgo plagado de ignorancia. Todos esos contagios innecesarios, tantos días sin tomar acción, de esos días de gente aglomerándose en eventos masivos mientras usted nos presumía de sus tréboles, sus detentes, repartía besos, abrazaba ancianos, sintiéndose protegido por la mano de su dios, argumentando que está inoculado del virus por su honestidad… inoculado por su honestidad, válgame usted el redoblado. Y en todo momento, manteniéndonos en la incertidumbre de no saber si sus acciones son para evitar un mayor desgarre económico, o si nomás, como parece, es por tener los pies atascados en el cemento.


Nomás se lo digo, porque soy del pueblo.


Todos lo somos.

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