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  • Writer's pictureMiguel Esteva Wurts

de tazas, perros y planetas


Aquí estoy, acaparando mi mesa favorita del café local donde suelo venir en las mañanas a escribir. Estoy, obvio, junto a no sé cuantos otros escritores, algunos frustrados, otro tanto en proceso de estarlo. Apenas llego, ordeno mi café americano que me dan en una taza de cerámica blanca con la leyenda “good energy” inscrita, palabras cuyo propósito, sin meterme a dilemas de física, no logro entender. Pido el americano porque es el más barato y que acá lo pido como el ‘regular’. Lo considero mi renta por estacionarme en su pequeña mesa no sé cuantas horas. No creo ser marro, pero le doy un solo dólar de tip a la chava que me sirve el café, la que me sonríe, me desea el gudmornin’, toma mi orden, se voltea, vierte el café de una cafetera que lleva horas calentándose, llena la taza, me la da y le pica dos botones virtuales a la pantalla para que me aparezca el cobro. No hay vez que no termine abandonando mi americano después de beberme máximo un par de tragos porque el café de aquí se me hace muy amargo y me deja un muy mal sabor de boca. Ponerle azúcar se me hace, como bien dice Humbert, como llegar temprano a un bautizo, es decir, de pésimo gusto.


Acá, la cultura de traer perros al café está muy compenetrada. Tan solo ahorita hay uno moteado, enorme e inquieto parado junto a su dueño en la caja, otro adormilado a dos mesas de la mía. Adormilado levantó la cabeza cuando entró Inquieto al café, pero no hizo nada, solo se volvió a acurrucar a los pies de su dueña. Ambos son perros callejeros porque esa es la cosa ahora, adoptar perros callejeros, tipo el buen Winston, el perro de mi hermana. Afuera del café les tienen un platito al que las del gudmornin’ le ponen agua fresca para que los canes beban.


Las pasadas dos semanas estuvo llegando una persona ‘homeless’ al café. Una mujer como de mi edad, creo, aunque es complicado determinar el dato a ciencia cierta por las arrugas que provoca vivir a la intemperie y el tatemarte los ojos sin protección a los rayos del sol. Las órbitas oculares las traía al rojo vivo, el pelo amarillo, de paja sucia, quemado. La presencia de la mujer no molestaba, para nada, pero su situación marginada era evidente. No olía mal, como suele suceder entre quienes viven ese mismo desesperado estado, pero remolcaba con ella la calle entera: el polvo, el ruido, la incertidumbre y la tristeza, arrastrados todos en su mirada. Ambulaba con cara de una nostalgia que aplastaba, ojos que no estaban ni aquí ni allá. No ordenaba una bebida en caja, quizá eso fue lo que les molestó. Quizá les molestó que de vez en cuando escarbaba entre la basura para ver si alguien había dejado un pastelito a medio morder, o un pedazo de sandwich abandonado. Luego, sin mostrar cara de asombro, ni de alegría, ni de satisfacción ni de nada, con el pedazo de comida descartada envuelta entre sus manos como el más preciado tesoro, escogía una mesa donde sentarse y se comía a mordidas minúsculas su miserable hallazgo. No veía a nadie, su mirada concentrada en su descubrimiento, desgajando con paciencia y con dedos sucios los remanentes de la servilleta donde venía envuelto el sandwich. Intentaba, estoy seguro, permanecer invisible entre quienes lo primero que hacemos al sentarnos es abrir nuestra lap, instalarnos los audífonos y perdernos en nuestros pequeños planetas. La mujer luego usaba las instalaciones sanitarias, y así como había aparecido, desaparecía, esfumándose de regreso a la calle con todo y las múltiples bolsas de plástico que remolcaba. No se quedaba mucho rato en el café, quizá menos de una hora. Mucho menos que yo, bañado, con ropa limpia, lap, y con el café en mi taza con la leyenda ‘Good Energy’ enfriándose a mi lado.


Supongo que a las autoridades cafetaleras de este lugar les llegó a molestar la presencia de esta mujer porque desde ayer lunes apareció un guardia de seguridad, uno de esos que vienen vestidos en azul cuasi negro tipo policía, pistola enfundada, escudos en la solapa, barras en el hombro, botas negras. El de ayer tenía facha de que su entrenamiento había consistido en, así cuando menos, haber visto un video en YouTube de máximo 9 minutos con 38 segundos mientras se alimentaba de un paquete de Twinkies postrado en el sillón de su departamento. Su miopía aguda era evidente, incluso para mi desde mi mesa y sin mis lentes (para la miopía) puestos. El guardia de ayer se quedó parado a un lado de donde tienen un garrafón de agua, desde donde vigilaba a los comensales mientras se ajustaba los lentes de armazón negro que se le resbalaban por la horquilla de la nariz. La guardia de seguridad de hoy da vueltas alrededor de la cafetería por fuera, por la banqueta de la calle. Lo bueno es que el clima se presta, está nublado y aun no nos golpea el maldito calor del verano. La guardia de hoy también usa lentes, mismos que no hacen nada más que resaltar la cantidad de maquillaje que se aplicó, y con el cual intenta esconder su mirada que da la impresión de que lleva años pensando de que su puesto como vigilante en ésta compañía de seguridad es temporal, de que ella lo que en realidad quiere es ordenar un café, escoger una mesa, abrir su lap y perderse en su pequeño planeta.



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