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  • Writer's pictureMiguel Esteva Wurts

de samosas, Mazda y alas


Hace un par de semanas estuve en Columbus, en Ohio. Murió el papá de Paul. David también estuvo allá. Hacía años que no nos veíamos los tres. Años. Paul está calvo, David canoso, yo más panzón. Estás igualito, nos dijimos unos a los otros. No mentíamos. Recontamos anécdotas, chistes, tonterías. Vivimos cuatro años juntos en la universidad. Los tres lloramos cuando la hermana de Paul leyó unas palabras que escribió acerca del papá, Antony. Los fines de semana que pasamos en su casa en Columbus, Antony nos esperaba dormitando en la sala, calentándonos unas samosas que él preparaba para cuando llegáramos de los bares. Me recuerdan a cuando yo era de su edad, nos decía. Antony nació en Kumbalanghi, en la India, pero se mudó a Ohio en su adolescencia, buscando poder perseguir su pasión que era la química. Encontró química, esposa, familia, vida.


El fin de semana en Columbus, Paul, David y yo volvimos a ser los mismos de cuando fuimos a ver Stop Making Sense en Chicago, de cuando devorábamos somosas en Columbus.


Acá, no hay noche que Gusano no salga. Nos grita, ya me voy. A veces sube, nos da un beso de buenas noches. Por no dejarlo le preguntó de que con quien sale, me voltea a ver con cara de que simpático mi jefe. Misma cara me hace cuando le pregunto que a donde va. Es su clan, su grupo, sus cuates. Son cinco. Se trepan cual mueganos en el Mazda, o en la camionetita Volkswagen de uno de ellos a perderse en la noche. Siete años de que donde se mueve uno, van todos. Las novias van y vienen, unas aguantan, otras no. Ellos se ven independiente de ellas. Escalan, manejan, estudian, fiestean, tontean. Juntos. Hoy se separan. Dos se van mañana a Austin, otro ya se fue a Houston. Gusano se va a Chicago el mes que entra. No es complicado imaginarlos, sus chistes privados, sus tonterías, sus dimes diretes, sus golpes, sus palabras clave. Su vida es ese grupo, el exterior somos solo ruido.


Para eso les dimos alas, escucho a Prisci, la amiga de mi mamá decirme, para eso les dimos alas.


Leí un artículo en The Guardian que la moda entre los chavos son los regaderazos con agua fría. Lo que sea para evitar hablar de sentimientos. ¿Para que hablar de sentimientos cuando podemos jugar fútbol, repetir las mismas bromas, discutir necedades?


Hay videos, me dice AnaP, andan circulando por todas partes. No me interesa verlos. Es muy probable que los papás ya los vieron. Les interesara o no.


Cinco amigos en Lagos de Moreno. Justo de las edades de mis tres. Deportistas, futbolistas, futuros ingenieros, mecánicos, herreros, albañiles, americanistas, ciclistas, bailarines, sonrientes, aspiracionistas, recogidos, secuestrados, amedrentados, madreados, obligados a golpearse entre sí, a matarse uno al otro. Cinco amigos asesinados en un patio. Es Naranja Mecánica, es Ciudad Gótica, es Apocalipsis Ahora, es bienvenido a mi mundo de balazos no abrazos. Ayer cinco amigos, cinco sueños, cinco vidas. Alas. Hoy ya solo suman, cinco más integrándose a las estadísticas. Veo a los papás, esperando, pensando lo peor, imaginando lo peor, confirmando lo peor, deseando que el tiempo regrese, que sus hijos vuelvan, que no sea mañana, que siempre sea ayer, que ya nunca sea hoy, que jamás llegue mañana. «Pero si son buenos muchachos» repetirán, «buenos muchachos, claro con sus cosas, como todos, pero buenos muchachos».


Como todos pues. Buenos muchachos.


Bueno, no. No como todos. No los malditos que arrancan alas a balazos… o a chistes.

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