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  • Miguel Esteva Wurts

de marchas, aguacates y apios


Mi marcha, esa que en mi imaginación es toda una revolución, andaba dando sus últimas bocanadas desde antes de arrancar, ahogándose en el pasillo de los estantes de papel bond, de aquí, del Office Max a la vuelta.


Es que en la mañana fui a comprar una cartulina donde escribir mis consignas en defensa de la democracia, porque no hay marcha sin slogans, “tierra y libertad”, “liberté, égalité, fraternité”. Frases así pues, pegajosas.


La cuestión es que uno hubiera pensando que las cartulinas las archivaban por donde está el papel, el A4 y el Legal. Pero nel.


En ‘nuestra’ papelería de Insurgentes, hubiera sido más sencillo. “Disculpe” le hubiera pedido al sonrisas que atendía detrás del mostrador atiborrado de sacapuntas, reglas y transportadores ‘Made in China’, “lo molesto con un pliego de cartulina blanca”. Y así, tan sencillo, a levantar pancartas, sacudir conciencias, defender el balance de poderes de las manipuladoras garras de los zopilotes.


Pero acá, conseguir cartulinas no es tan sencillo.


Y a las once de la mañana del domingo, tampoco había ni a quien preguntarle en el mentado Office Max.


Bueno, y a ser honesto, no sabía bien a bien como se dice ‘cartulina’ en inglés. El traductor de Google insiste en que es ‘cardboard’, que ni al caso, porque eso es cartoncillo y ni modo de iniciar el movimiento con lemas escritos en una caja de jabón Roma. En silencio maldigo a los creadores de “lápiz.. pencil, pluma… pen”, de no haber incluido “cartulina… como se diga” en su rola.


Deambulaba pues alrededor de los pasillos del Office Max con la de ‘Los pastores de Belen’ de fondo porque acá ya todo es Santa y el beibi-yisus hasta que le pregunté a la encargada de las fotocopias quien me vio con cara de que #ConEllaNo, de que ella no salía de los confines de la sección de fotocopiado desde la Navidad pasada.


Los minutos transcurrían y cual Bolshevique perdiendo el tren a Leningrado,me escurrí por entre interminables hileras de mobiliario de oficina y engrapadoras, hasta toparme con una mujer con una etiqueta de la tienda prensada en su camisa, y con unos audífonos de esos que usan para comunicarse entre los empleados para ver si tienen el calendario de los gatitos del 2023, o para reportar al incipiente Trotsky con tenis para correr naranjas fosforescentes y con cara de revolucionario sin rasurarse, quien transitaba por los pasillos de impresoras en búsqueda de cartulinas para iniciar su lucha.


Ya donde las cartulinas, libro mi siguiente batalla: ¿Qué tipo de papel? ¿Lustre? ¿Con marco? ¿Blanco? ¿Crema? ¿Off-white? ¿Resistente a las dogmas lanzadas por el emperador en potencia? Opto por el de 1.59 por pliego.


Los pastores seguían corriendo presurosos cuando caí en cuenta de que mi movimiento, la siguiente gran transformación nacional, también le hacían falta plumones. Se le hubiera desprendido el bigote a Zapata al ver la selección que había en la pared, y las preguntas me azotan: ¿Punta fina? ¿Mediana? ¿Gruesa? ¿Fosforescente? ¿Resistente al agua?


Acá ya no creen en la premisa de vender un plumón suelto, o es en paquete de tres o más, o no te venden nada. “No joven, si quiere usted firmar su sufragio efectivo no reelección se lleva su paquete de cinco plumones como mínimo… joven”. Frustrado, y viendo como se me iba la mañana decidiendo con que escribir el slogan con el cual derrocaría al ladrón de nuestras mañanas, me acordé de los plumones en el cajón de chunches en la cocina de la casa.


Para este movimiento social no hay tren con Adelitas, así que escritas ya mis ocurrentes frases y armado con cinta canela, enfile la Hyundai Tucson (híbrida - hay que defender la democracia y salvar al planeta) al Consulado Mexicano en la calle de Navarro, en pleno centro de San Antonio. Pague un ojo de la cara por la estacionada a dos cuadras del Consulado, porque igual, no hay Revolución si se llevan tu coche al corralón.


Desde que cierro el coche escucho el murmullo llegándome del Consulado. Si quisiera utilizar el máximo cliché, diría que el silencio era ensordecedor. Lo era. Están guardando un minuto de silencio por la democracia que se nos va, pensé, maldiciendo al Office Max de que los domingos abre a las once de la mañana, no a las ocho como el resto de la semana.


Pero para cuando llego a la puerta de entrada del Consulado, no hay nadie. Nadie. Hay dos pancartas que algún revolucionario previsor, de esos que adquirieron sus cartulinas con antelación, colocó antes de mi llegada.


Levantar mis cartulinas en plena calle resulta un tanto cuanto inútil. Gritar, todavía más. No quiero terminar mi domingo donde la enfermera Ratched. De la manifestación, la prensa local no está enterada, tampoco circulan coches los domingos por la calle de Navarro. Solo pasean un par de turistas en shorts caminando por la acera de enfrente, cargando unos vasos de plástico con popotes en espiral. Los dos turistas me observan, expectantes, pero se alejan caminando rápido mientras coloco mis pancartas entre los barrotes de metal de la puerta del Consulado, debajo de las otras dos cartulinas que noto, están mucho más visibles que las mías.


Le tomo una foto a mis pancartas. Me tomo una selfie.


Al par de turistas quienes se detienen en la esquina y me voltean a ver, les semi-grito, “hubiéramos sido el doble de manifestantes, excepto que AnaP amaneció a medias tintas, y ya ven, con el frio que hace, mejor que ni salga”. Cruzan la avenida sin esperar a que la señal de transito se ponga en verde y no esperan a ver el poder de mi convocatoria a la lucha, esa que unirá a las masas quienes gritarán orgullosas a mi lado y junto con quienes entonaré el himno nacional, lágrimas en los ojos.


Estoy solo frente al Consulado. Solo.


En silencio le grito al gigante egoista del palacio, ese que ni ve, ni entiende, ni oye, y le digo que sí, que acá en San Antonio la marcha fue totalmente fifí, ni como negarlo. Fifí al cien. Ni manera de esconder el blanco lechoso de mi piel, el color claro de mis ojos. No tengo como negar la cruz de mi parroquia.


En cuanto a todas las bobadas adicionales que agrega nuestro Dictador en potencia, de que quienes osamos pensar de que la mejora al INE no es eligiendo a los consejeros por voto popular (falta ver el éxito rotundo que está resultando ser el AIFA) y quienes sabemos que la militarización no es una solución, esas necedades con la que pretende insultarnos de que si somos unos corruptos, racistas, clasistas o lo que sea, vamos a achacárselas a la presión del puesto, a la falta de control que luego se pierde cuando uno está intoxicado con poder pero enojado con la vida. Entiéndase Javert.


Recibo un texto de AnaP. “Aguacates” me escribe, “y apio”. Termino pues mi marcha revolucionaria en la sección de frutas y verduras del HEB.

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