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  • Miguel Esteva Wurts

contagiosa


Ayer hablé con mis papás. A últimas fechas es: les marco por el FaceTime, no contestan. Por el Whats, tampoco. Mal de familia supongo, AnaP se queja de que yo jamás contesto. A los tres minutos marcan de regreso. Es que estábamos en la cocina, me informan, no alcanzamos a llegar. Al celular de mi mamá lo tienen cargando en una mesa del otro lado del comedor; el iPhone de mi papá -“designed by Apple in California” y con el iOS mas actualizado-, sirve de pisapapeles o para marcar la página del libro que este leyendo. Pero no te vemos en la pantalla, se quejan cuando conectamos. Les marco ahorita de regreso para que me vean, les contesto. Cuando enlazamos los veo momentáneamente en la pantalla, generalmente lo que me aparece en pantalla es la pared de la cocina, o el refri. De vez en cuando aparece la mitad de sus rostros en el celular, cual apariciones en películas de terror, mostrándose unos segundos para luego desaparecer. Hoy veo el refri. Muy tristes, me responde mi mamá cuando le pregunto que cómo están. Muy tristes, hace eco mi papá. Llevan encerrados desde hace dos meses. A piedra y lodo. Al igual que mi suegro, mi suegra, cantidad de personas de la tercera edad en la CdMx. En todas partes. Acá, con menor densidad poblacional, calles más amplias, vemos adultos mayores caminando, paseando al perro, sentados en sus porches viendo pasar el día. Allá no tienen estos lujos, se las rifan como pueden. Mi suegro ha aprendido a cocinar. Ayer se iba a preparar una sopita, un filete de pescado. Hace dos meses una aventura culinaria de esta naturaleza resultaba impensable. ¿Qué se hizo hoy? le pregunté el otro día. Estoy exhausto, me contestó, fue día de lavar ropa, limpiar el depa, pasarle el trapo al baño. Ese día prefirió calentarse la tortilla española, la que viene empacada del súper, porque ya estaba demasiado cansado como para cocinarse, y luego lavar sartenes y ollas. Hace dos meses le dijo a la mujer que le ayudaba un par de veces a la semana que mejor se quedara en su casa, le pagó unos meses por anticipado, prefirió hacerlo él solo. Igual mis papás, hace un par de meses quedaron con los jardineros y a la mujer que les ayudaba a limpiar la casa que mejor ya no fueran. Les pagaron una liquidación que, por mas generosa, seguro ya no alcanza. Ahora, mis papás, en las mañanas trabajan en el jardín y no puedo más que imaginármelos podando hoja por hoja, recogiendo cada virulita de pasto de manera individual, acomodando y nombrando cada partícula de tierra. Siempre se han mantenido activos, en buena condición física. Para muestra, hace como cinco años, por alguna razón inexplicable, mi papá hizo cinco lagartijas seguidas enfrente mío. Cuando yo no pude hacer dos, me inscribí al Crossfit. Ayer fuimos a comer a casa de tu hermana, me dijeron hace unos días, nos sentamos en el jardín guardando nuestra sana distancia. Tu sobrina, la que tiene cinco años, está muy destanteada, agregaron, no quiere ver a nadie que este fuera de su familia nuclear. Miedo al virus. Jugaban Scrabble cuando les marqué. No creo que estén aburridos, ni mis papás, ni mi suegro. De seguro tienen momentos de tedio, pero entre sus actividades, que si leer, que si andarse preocupando por los hijos, los nietos, que si hablaron con fulanito de tal para cotorrear, o en el caso de mi suegro, que si vio tal serie en Netflix, no suenan como que están aburridos. Chance sea, como todos, que intentamos poner nuestra mejor cara para la siguiente generación. Chance. ¿Porqué están tristes? les pregunto a mis papás sabiendo de antemano que en estas épocas solo puede tratarse de algún familiar, algún conocido. También te va a doler, me advierte mi Mamá y escucho a mi papá repetir, sí, sí, muy tristes. Se murió Francisco, dicen después de un rato. No hay necesidad de apellido. ¿Del virus? les pregunto. Hay silencio. Mi papá toma la batuta. Francisco no creía en esto del virus, empieza, insistía que era pura llamarada de tepetate, mero show, “pura alharaca” usando sus palabras. Pero se lo pescó hace doce días… Dos semanas, lo interrumpe mi mamá… Sí, sí, dos semanas, corrige mi papá sabiendo que no es el momento de discutir dos días. —Nos dijeron que ya estaba saliendo, pero que recayó, y pues… Necio que era, ya sabes, saludaba de mano a quien quisiera saludarlo de mano, no usaba mascarilla… Necio, ¿te acuerdas? Necio. Caray que como era necio mi querido Francisco, repite mi papá, la palabra “necio” la repite y la acentúa con cariño atascado en la garganta. Yo a Francisco lo conocí hace treinta años, o sea, tendría maso’ mi edad actual cuando llegó al despacho, recomendado por Marina. Moreno, ruidoso, sonriente, un poco encorvado -como con cierta pena de ser tan alto-, trajes azules de tonos azules que no deberían ser permitidos más que para ser usados por la Policía, un portafolio negro totalmente dado al cuás de donde sacaba calculadora, papeles, reglamentos. Pensador independiente hasta decir basta. Al despacho llegaba plagado de anécdotas sobre su rancho en Chiapas, las contaba sin prisa, su voz retumbando en la sala de juntas. Emitía juicios con respecto del Sub, de San Cristóbal, de Hacienda y sus pretensiones, del café que servían en La Cabaña. De todo en realidad. La mitad de sus oraciones/opiniones, las que no terminaba con su carcajada contagiosa, las terminaba con la pregunta “¿no sé si estoy siendo claro?” aunque pocas veces se detenía para escuchar respuesta. Sus criterios eran contundentes, sus recomendaciones certeras. Cuando hubo que ponerse el uniforme para batear por lo del IVA, cuando todos los fiscalistas nos habían tildado de locura, él fue el primero en ponerse las calcetas, afilar garras, asegurarle a mi papá: no Miguel… ésta la ganamos porque la ganamos. Ganamos. Pero era necio, se montaba en su burro y ni quién lo bajara, con todo y su risotada contagiosa. Igual de contagiosa que el bicho maldito. Ante este bicho todavía perdemos.

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