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  • Miguel Esteva Wurts

consejos

Updated: Nov 18, 2019

Luego pienso que no soy como Sinatra, en que me es fácil el escarbar algún pesar al que le urge ser mencionado.



Entre ellos, pienso, es el no haberle dado consejos sabios al Mix antes de irse a la universidad, y no puedo más que soñar en que debí de haber sido aquel padre erudito, conocedor, heredero de esa sabiduría milenaria transmitida de padre a hijo, llamarlo a ese estudio que solo existe en mi mente y que está plagado de libros viejos, caoba, un par de perros afganos, chiminea donde un mayordomo, James -vestido de chaleco negro porque ya pardea la tarde- quema un par de leños de nogal porque sabe que el olor me resulta placentero. En esa escena, fumo un Cohiba, expido pequeñas bocanadas de humo que se escapan flotando en círculos perfectos que se difuminan en silencio hasta que chocan contra las vigas del techo. Con un vaso de whisky (Glenfiddich) en mano, le pido a mi hijo que me acompañe a que se siente en uno de los sillones orejones de cuero negro con remaches chapeados en oro para ver quemar la madera. James le agrega un par de gotas de agua a mi whisky para que el líquido vital suelte su aroma, y sale del cuarto en silencio, para que vierta mis ilustrados consejos a mi hijo, rodeados por mis libros, forrados de piel, títulos dorados en sus costillas. Sobre mi escritorio de madera maciza y obscura, a un lado de mis Montblanc Hemingway, reposa el libro que leo “El modelo ecuménico desde una perspectiva neo progresista del siglo diecisiete en la Nueva España”. Te lo recomiendo, le digo. Él asiente en silencio. Es el tipo de lectura que discutimos durante horas. La cabeza cercenada de un ciervo rojo con asta de doce cuernos nos contempla desde una de las paredes, como lo hacen dos cebras, éstas sin asta, a sus costados. Encima del tiro de la chiminea cuelga mi óleo favorito, mi querido “Noche Prieta”, ganador del Derby y a quien dejé en plena libertada para que disfrutara el resto de sus días, pastando y procreando como semental en mi rancho en Exeter, cerca de la brisa costeña. Un sombrero charro cuelga de un perchero de nogal africano en una esquina para que no se me olviden mis raíces, y sobre otra pared cuelgan mis fotos con Obama, Mandela, Mujica -el ex presidente socialista de Uruguay nomás para que vean que soy incluyente,- Steve Jobs, la Reina Isabel, y una última foto conmigo colgado del brazo del Santo Padre con una leyenda que lee “what happened in Vegas…”. Allí también tengo mi certificado otorgado por el Vaticano, bendiciéndome, absolviéndome, y garantizándome la entrada al cielo para que mi siguiente retrato sea abrazado de San Pedro mientras me confirma “tu casa es mi casa.” Ya sentados, empiezo, hijo, le digo con voz controlada a pesar del Glenfiddich que calienta mi garganta, antes de que te vayas a la universidad, hay cosas que debes saber…


La cosa es que mi estudio aquí en mi casa, que es la de ustedes, es itinerante. A últimas fechas he estado trabajando en el garaje porque allá el internet es intermitente cosa que me ayuda a concentrarme, pero con el frio que hace hoy y con lo que se tarda en subir la temperatura del garaje, mejor me subí al cuarto de los muchachos porque acá tenemos un sillón Ikea, forrado con algo que intenta ser imitación de cuero, que me acomoda a pesar de los descansabrazos rasgados. A mi lado, sobre la cama de Miki, duerme Rosita quien me despertó hoy a las 4:46am porque su plato de croquetas no estaba desbordándose como a ella le gusta, y a mis pies se acaba de echar Chorizo, quien se dedica a hacer ruidos extraños con su boca, y expedir olores que sin duda son letales para el medio ambiente. Bebo un café que ya paso de frio a congelado porque hace tiempo perdimos la tapa del thermo que tenemos, y solo de vez en cuando vamos al Target donde las venden. AnaP acaba de subir y reírse de mí porque tengo puesta la capucha de mi sudadera, la gris que dice ‘Boston’ y que dadas las condiciones de los puños fue una que seguro compré cuando estuvimos allá cuando operaron al Gusano cuando tenía año y medio. La verdad es que prefiero no encender la calefacción porque luego a mi mujer se le resecan los ojos. Eso, y el frio me obliga a escribir rápido porque si no se me entumen las manos. Estoy usando unos Nike horribles pero baratos que compré hace ya tiempo en el Nordstom Rack, y que ahora tienen unas gotas de pintura roja porque fueron los que use para pintar el deck de una casa, pero que parece como si hubiera ido a pedir el Halloween con Freddy Krueger. De las paredes de la recámara que comparten mis hijos, cuelgan un par de pósters, uno de aviones de guerra “modernos” que les compré en el museo de aviación en Washington, y otro, qué ahora que me fijo, cuelga medio chueco, de la tabla periódica de elementos. Encima de su librero, también Ikea y que cobija su colección de WImpy Kid de pasta blanda, están las hamacas que no he colgado y que compramos AnaP y yo en Mérida hace meses, y de las que seguro habrá reclamo tarde o temprano. En otra pared, y de un solo clavo, cuelgan dos raquetas de madera, testigos del tiempo que pasa. Hay un par de cascos de Daf Punk y un extinguidor de fuego encima del ropero que fue de mi Granpa, luego de Miki, y que ahora esta vacío porque él se llevó toda su ropa a UT, excepto sus sweaters que se los tuvimos que llevar de emergencia hace un par de semanas porque era verano cuando le aconseje, ‘tápate bien’ y hacía mucho calor como para empacar sweaters. Mi hijo se veía azuloso del frio, pero contento.


Luego sé que soy como Sinatra, mis pocos pesares no ameritan ser mencionados.

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