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  • Miguel Esteva Wurts

concha



Una concha blanca. Es lo que más se me antoja una vez que regrese la normalidad. Preferiría, por supuesto, una de esas que hacen en las panaderías de la CdMx, marmoleada, no muy grande ni tampoco de esas que son tan chiquititas que ni para el arranque, esponjada, que el azúcar que se te quede pegada -mitad espolvoreada sobre las yemas de los dedos, la otra en el bigote- sea la suficiente como para poder todavía poder chuparla del dedo. Cada mordida deberá de llevar apenas un recuerdo del sabor de vainilla. La concha de mis sueños está recién sacada del horno, pescada con pinzas directo de la charola, esperando a que la señorita contabilice tu pan, lo meta en la bolsa de papel. Es una panadería local, de las de la colonia, de las que engrapan la cuenta a la bolsa para cerrarla. Acá, las conchas no las hacen así, pero en ese punto no seré quisquilloso. Las que me gustan acá son de un lugar que se quebraron la cabeza para bautizarlo, “La Panadería”, aunque las conchas de allí son demasiado grandes para mi gusto y la capa de azúcar es como un gorro sobrepuesto que se resquebraja en gajos con cada mordida. No me quejaré. También me comeré una corbata. A estas les ponen la suficiente mantequilla como para que las lajas del hojaldre se te queden pegadas al paladar, junto con el azúcar. Conchas y corbatas, pues. Bueno, y de todavía vivir en la CdMx, agregaría un taco al pastor, uno de bistec al carbón, un pollo rostizado, una torta de pierna de La Castellana, un patito laqueado, un sashimi de atún con una lajita de chile serrano y su chorrito de aceite de oliva. Pero seré feliz con una concha blanca para abrir boca pues.

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