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  • Miguel Esteva Wurts

caballo


Parte de lo que perfecciono durante mi día a día es desperdiciar tiempo. No es por mamón ni nada, pero aparte de cuando estoy llenando tablas de Excel, mi trabajo consiste en encontrar la mejor manera de cómo andar malbaratando mis horas. De Calvinista, me moriría de hambre. Me he convertido en un maxter' en despilfarro. Esto provoca por supuesto, el que AnaP se arranque los pelos en frustración, y me diga con un tono de voz que va un poco más allá de sonar exasperada, “es que porque no escribiste cuando tenías tiempo”, oración que debería de estar envuelta entre signos de interrogación, pero cualquiera que ha estado en una relación de años como la nuestra, sabe que los signos ortográficos desaparecen y aparecen al gusto del momento. Cuando hablo de malgastar tiempo, no estoy hablando de cuando ando acomodando palabras u oraciones a ver cual es la que se ve más eficiente y bonita una al lado de la otra, o como voy alineando ideas para darle nomás tantito de coherencia a lo que sea que estoy intentando decir, eso es trabajo arduo. No, para que me entiendan, creo que resulta más eficiente el describir lo que llevo haciendo desde hace rato que tocaron el timbre y que me llevó a escribir esto, empezando cuando escuché el como alguien dejaba un paquete en la puerta después de tocar dicho timbre. Esto es muy común acá, nadie se espera a que “el paquete” se firme de recibido: el paquete se deposita en la puerta de entrada y el repartidor se sigue a la siguiente casa. El que los paquetes se puedan quedar en la entrada de la casa una buena parte del día, no me detuvo a que yo decidiera que era mejor interrumpir a media oración mi obviamente trascendente pensamiento, para ver de inmediato qué onda con el paquete. Cabe señalar que del momento en que tocaron el timbre a que me levanté a ver que onda, no habrán transcurrido más de cuarenta segundos, pero cuando abrí la puerta, no vi ni camión repartidor, ni las alas de Hermes o de Mercurio, y solo estaba una caja que recogí y apenas lo hice, morí de ganas de saber su contenido, aunque las ganas se me disiparon cuando me entró un no-sé-que de que contuviera algo letal, con eso de que tengo tantos enemigos desperdigados en el bajo mundo de los enemigos. Ya adentro, pensé en abrirla, pero no vi la etiqueta de a quien venía dirigida ni del remitente, y especulé con respecto a la posibilidad de que fuera una cabeza de caballo cercenada y como recién acababa de terminar de trabajar la aspiradora robot que compró AnaP, asumí el que si fuera una cabeza de caballo cercenada como la de El Padrino gotearía algo de sangre, o peor, tiraría pelos, y habría que volver a arrancar la aspiradora otra vez, y la maldita máquina hace un ruido que no me deja concentrarme en mi nada. La cosa es que reconsideré, porque la verdad es que no tengo enemigos poderosos así como Don Corleone, ni tampoco tengo, que yo sepa, un caballo que se llame Karthoum, por lo que caigo en cuenta de que es poco probable que sea la cabeza de un caballo lo que haya dentro de la caja. Dicho sea de paso, para cuando me doy cuenta, ya confirmé en Google el nombre del caballo cuya cabeza se cercena en El Padrino, averiguando también que la palabra cercenar proviene de la palabra circinare en Latín, misma que se refiere a redondear, y que tiene las mismas raíces que las palabras circo, círculo y cerca, y de no ser por el hecho de que estaba escribiendo sobre como desperdicio el tiempo, también sería probable el que hubiera visto, de nueva cuenta, la escena donde le plantan la cabeza del caballo Khartoum cercenada dentro de la cama del director de cine ficticio, Jack Woltz. Pero regresando al tema, la verdad es que la caja no pesaba como de cabeza de caballo, así que era probable el que fuera algo mucho más mundano: ropa que mi suegro pidió, o partes de coche que ordenó Ugui. La cosa es que después de darle vueltas al asunto, regresé a ver la caja y me di cuenta de que en efecto había una etiqueta y que la caja contenía los platos medianos de una vajilla que andamos en proceso de reponer porque los originales que compramos hace como tres años, los que aun sobreviven, ya están muy traqueteados. Y de repente, me doy cuenta de que ya se me fue por lo menos media hora, de que es jueves, y de que tengo poco tiempo para terminar el capítulo que me prometí a mi mismo terminar esta semana, porque la próxima semana tenemos inspecciones que básicamente quiere decir que voy a estar manejando como menso por toda la ciudad sin poder sentarme en un escritorio y escribir acerca de que no tengo tiempo para andar desperdiciando.