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  • Miguel Esteva Wurts

batidora



Hace tiempo que quiero conseguirme una batidora, de esas que marcan pauta en cualquier cocina, de esas con las que llegaría el gordito de las llantas a darme mis estrellas Michelin. “Pam” me diría en francés, ojos lagrimosos y emoción apenas contenida en la garganta, “aquí tienes”, dándome las tres estrellas de una buena vez porque sabría de las maravillas que haría yo con esa batidora. La conseguiría roja, “rojo imperial” que es como la mercadean, o en aqua deslavado como la de la cocina de mi Tía Eli en La Ceiba, cocina de malteadas y tardes perfectas. Pero vamos, del color que sea, son de esos productos que obvio lucirían majestuosos en nuestro counter. Mis masas, imagino con fe ciega, saldrían más rápido, más cohesivas, más homogéneas, más amasadas, pues. Sin duda hornearía un pan brioche que saldría del horno saludándome con un Bon jour, unos croissants con sabor a tarde lluviosa en Paris, porque vaya que los cuernitos que hicimos el otro día nos quedaron de “tarde lluviosa en refinería petrolera” seguro porque la masa la amasamos manual. Me los terminé comiendo, obvio, porque puerquito sí soy.


Las batidoras las he toqueteado tantas veces -de manera virtual- que Amazon me persigue con imágenes de Kitchen-Aids por donde navegue, aunque los malditos algoritmos súbditos de Jeff Bezos saben que como husmeo sin comprar, intentan engatusarme con ese otro producto que sobo en pantalla hasta el cansancio y que resalta esa imagen de hombre rudo tipo fotógrafo de National Geographic de los cincuentas que me gustaría cultivar: máquinas de escribir manuales.


Mi presupuesto imaginario me da a elegir de entre tres modelos de batidora: Deluxe, Artisian, o Profesional. Siendo que soy un vil siervo de la mercadotecnia y eso de estudiar detalles de artículos que no compraré no es lo mío, mi instinto me jala por el modelo Artisian, no solo porque es la que ofrece mayor variedad de colores, sino porque me gana esa imagen del panadero artesano levantándose de madrugada para trabajar el pan. Así me visualizo.


La cosa es que sé que de conseguirla la utilizaría dos veces: el pan brioche me quedaría guango, mal horneado; los cuernitos pastosos. Y yo, yo me quedaría como cuando no la tenía, con la cuestión de que la grosera falta de estrellas Michelin en mi cocina me obligaría a inventarme una necesidad por algún otro artículo que ofrezcan en “rojo imperial”, que es el que me gusta. O en aqua, pues, como el de la cocina de mi Tía Eli en La Ceiba, donde entre malteada y apapachada ella me hacía sentir como la persona más importante del planeta.