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  • Miguel Esteva Wurts

aniversario


Hoy mis papás cumplen 58 años de haberse casado. Hace ocho años, cuando cumplieron cincuenta, invitaron a la familia a una comida en la Hacienda de Santa María Regla. Entre otras amenidades, contrataron un guía de turistas para platicarnos con respecto a los pormenores de la hacienda y quien, como buen guía en sitio arqueológico en México, después de una muy detallada descripción del lavado de la plata y sobre los antiguos dueños de la hacienda, nos terminó hablando de extra terrestres. Me quede con la duda si eran los mismos E.T.’s que transportaron las piedras a La Venta, allá en Tabasco. A pesar de que mis papás tardaron años escogiendo el menú para la comida, no recuerdo qué comimos porque anduvimos pastoreando niños para que no se cayeran dentro de las piscinas que se utilizaban para limpiar la plata en el siglo dieciocho. Siendo cómo somos, nadie dijo “unas palabras” felicitándolos, excepto tal vez Mauricio, o chance AnaP, pero tampoco fue algo extendido, solo se dijo de que conocíamos pocos festejos de parejas que cumplieran cincuenta años de casados. Nada elaborado. Hoy cumplen 58. Ayer en la mañana hablé con ellos, estaban metiéndose a la casa que porque empezaba a llover y ya habían terminado con el jardín: recogiendo flores de la jacaranda, podando, clavado el bieldo para aflojar la tierra, cortando ramas. Decidieron ponerse a chambear justo después de desayunar. Mi papá se puso esos jeans tan viejos que dejaron de ser jeans en los setentas, con unos loafers que fueron nuevos cuando lo de la 2T, y mi mamá (espero que no de bata… por favor no de bata… seguro fue la blanca) decidiendo qué plantas iban, que plantas no. Hace unos días regresaron de San Miguel donde se recluyeron la primera parte de la cuarentena. No salieron de la casa durante los veinte días que estuvieron allá. Llevan encerrados desde entonces. Ni en Thunderdome: nadie entra, nadie sale. Nadie. En las tardes juegan un Scrabble (“dos, jugamos dos”) permitiéndose palabras en español, inglés, francés y obvio, en latín, obvio. “¿Qué haces con la ‘x’, si no?”, alegan. Cenan un algo, leen. Netflix no han contratado porque no quieren convertirse en adictos, así que antes de irse a la cama, mi papá se planta frente a la tele, control del Sky en mano, ojos a media asta, cambiándole de canales hasta que se da cuenta de que mejor es no ver nada, sobretodo porque no hay fútbol del Tiburón Rojo del cual quejarse. “¿Qué van a hacer hoy?” les pregunto cuándo hablo con ellos por el teléfono, porque bueno, siempre hay que preguntar eso. “Vamos a desayunar al San Angel Inn, luego vienen los Duques de Windsor al té, cenamos en el Au Pied, vamos al cine a ver la nueva de la Garbo” me contesta mi papá, porque bueno, siempre hay que mantenerlo ameno. Así nuestros genes. Sin duda hemos tenido suerte, pero ojalá que seamos igual de afortunados de que cuando cumplan 59 regresemos a Santa Maria a que el guía nos platique de cómo el dueño de la hacienda era el hombre más adinerado del reino, de como se limpiaba la plata en las piscinas, y claro, de extra terrestres.

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