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  • Writer's pictureMiguel Esteva Wurts

6 mar 23 - de llantas, carnes y derechos humanos.



No joven, sus llantas ya valieron reverendo bolillo.


Chance esas no fueron las palabras exactas que usaron en la Mazda, pero con la cara que me hacen al recibir mi coche a servicio, bien pudieron haber sido. De la Mazda salí directo a la Discount Tire, traficantes de llantas venidos a más, la respuesta gringa a los “bulkanizadores”. Hay una Discount lista para parchar, recircular, o intercambiar llantas ponchadas donde se ofrezca. Lo sé, porque una noche que fui a dejar a Miki a la universidad y tuvo a bien estacionarse encima de unos vidrios, allí estuvieron, los de Discount pa’ sacarme de broncas. Por si alguna vez lo requieren, abren a las ocho de la mañana.


No joven, me dice Zach, el de la Discount, sus llantas ya son del 2016 y pues mire, ya el dibujo marca un 2. El póster que tienen a la entrada ilustra el desgaste de los “dibujos” de las llantas en una escala del uno al diez. El 2 está subrayado en rojo. Ya ni la Miss Dulce en cuarto de primaria, la q que nos hacía subrayar la fecha con dos líneas negras. “Conoce tus números” lee en grandote el póster, haciéndome sentir cual chícharo de no saber que existía tal numerología en las llantas. Si el tal Zach fuera el Torquemada de los llanteros, yo ya estaría en la hoguera. Siento la mirada inquisidora de Zach, el “ayer era adolescente sacándome los mocos y ahora estoy trabajando acá en la Discount mientras termino mis estudios”, regañándome del desgaste de mis llantas Yokohama.


¿Qué tal sentía el agarre de las llantas Yokohama? ¿Bien? o ¿Prefería algo con más adherencia al asfalto? me pregunta Zach mostrándome distintos modelos de llantas en la pantalla. Me hace sentir cual si fuera yo el Checo Perez, como si las llantas con el ‘compuesto suave’ tomaran mejor las curvas cuando voy al HEB, rodando a no más de veinte millas por hora que es el límite de velocidad permitido aquí en la zona.

Al final me vendió unas Michelin. No solo porque fueron las primeras que aparecieron en pantalla, pero también porque me las recomendó ampliamente el buen Zach. Aparte, me identifico con las llantas del gordito.


Las salas de espera de las sucursales de la Discount están diseñadas de manera tal de que puedes estar en cualquier Discount del mundo y ni cuenta. Los sillas tubulares, tienen unos colchones rojos imitación cuero, que pensarías son cómodos, pero que termina siendo mera ilusión.


La verdad es que el personal es amable en extremo. Zach me preguntó de como estaba, de como había estado mi fin de semana, y de que planes tenía para el Spring break, antes de enjaretarme la Michelin nuevas e intentar ensartarme con unos limpiabrisas nuevos. Pensé en adoptarlo.


Espero un buen rato en la sala de espera de la Discount. El respetable que espera conmigo es una corte secciónal de nuestro pueblo acá. Hay abundancia de carnes empaquetada en ropa que parece quiere explotar, nombres hispanos, tatuajes de vaqueros, dragones y sirenas, gorras de beisbol, botas vaqueras y uno que otro militar de camuflaje cual si existiera una fuerte probabilidad de invadir un país tropical después de ponerle unas Goodyear a la F150. En su mayoría somos hombres, la mayor parte vestidos en shorts de los de muchas bolsillos, y una camiseta vieja. Tampoco es como si yo estuviera tipo Clark Gable: uso mis Hoka naranja brillante con los que camino, calcetín corto, gorra morada que dice 'uchicago' que apenas esconde mi pelambre porque salí de la casa antes de bañarme, mis pantalones verdes que se han convertido en mis favoritos pero que se les nota que ayer comimos unas costillitas bbq, y una camisa polo azul clarita cuyo cuello, como el de todas mis camisas, seguro le hace falta una buena planchada.


Sentado a mi lado hay un pelirrojo que llegó en una Toyota Sienna acompañado por su mamá y que me está poniendo nervioso con eso de que no deja de moverse. Se levanta, se sienta, se para, se vuelve a sentar, cruza y descruza los pies, se quita la gorra, se la pone, saca su teléfono y ve su pantalla con ojos ensangrentados. Lo observa un par de segundos, antes de volver a meterlo en su bolsa. Usa sus Air Jordan desabrochados, lentes obscuros de espejo, barba pelirroja descuidada, camiseta negra promocionando un grupo de rock cuya existencia desconozco, camiseta que le llega hasta donde empiezan los jeans. Tendrá cerca de cuarenta años, pero lleva de esos jeans guangos que cuelgan muy por debajo de la cintura, una bandana negra colgando de su bolsa trasera. Son de los jeans que usaban los maras salvatruchas antes de que los encarcelaran a todos, a sus amigos y a sus hermanos, sin poder decir ni pío ni tener un juicio en El Salvador y todos callados ante el maldito atropello.

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