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  • Miguel Esteva Wurts

Agua


23 sep 19 - agua

Aquel lunes no hubo agua, lo que provocó un brote de alegría entre los alumnos del Colegio Junípero, una felicidad reservada para al último día de clases. Según la papeleta mimeógrafeada con letras en morado que nos dieron aquella tarde para llevárselas a nuestros papás, las autoridades de la delegación anunciaban que no reanudarían el suministro del agua sino hasta quién sabe cuando y que la escuela permanecería cerrada por lo menos el martes. Para nosotros, en quinto año de primaria, fue navidad en septiembre; para el resto de los habitantes de la colonia fue otro día en la Ciudad de México; y para nuestras mamás, otro día de tener que lidiar con nosotros en la casa, en un martes en pleno septiembre. Entre nosotros hubo repetidas porras a la ineficacia de las autoridades, rogando que con un poco de suerte, la interrupción se escurriera hasta el miércoles.

Esta suspensión en la escuela fue algo novedoso. Las monjas dominicas californianas que dirigían el colegio jamas antes habían cancelado clases cuando desconectaban el suministro de agua. En ocasiones anteriores, un corte solo suponía que ir al baño era un acto de extrema valentía o de suprema necesidad.

Pero para cuando yo iba en quinto año de primaria, la ciudad de México se encargó de tropicalizar a la directora de la escuela, la siempre estricta Sister Ellen. A golpe de tufo de caño, la buena hermana terminó por aceptar que los cortes de agua eran una de esas ocurrencias habituales en la ciudad, y concluyó que mejor era asimilar los cortes y cancelar clases, que andarse peleando. Aparte, era septiembre, llevábamos máximo tres semanas de clases, ¿qué tanto podía afectar el perder un solo día?

De inmediato armamos planes para aquel martes libre, ese regalo de los dioses del agua que trabajaban en el departamento del DF. Supongo que cada clan dentro del salón habrá hecho sus planes, pero Freddie, Pedro, y yo, decidimos que lo nuestro, en ese día de asueto, sería jugar tenis, en casa de los abuelos de Freddie.

Freddie era el único de nosotros quien jugaba tenis. Yo me había comprado una raqueta Wilson, guinda, de madera, en el Sears de San Mateo en California, por catorce dólares con noventa y nueve centavos, precio que incluyó una funda verde de plástico que cubría de manera exclusiva las cuerdas de la raqueta. Mi experiencia con el tenis se reducía a jugar en el patio de mi casa en contra de la pared con una pelota de las de hule que me vendían en “La Nacional”. Miento, también jugué un sábado cuando nos quedamos en el Holiday Inn de Querétaro dónde tenían una cancha y donde estuvimos todos peloteando. Pedro no tenía una raqueta, por lo que Freddie le ofreció prestarle una de las suyas, de sus viejitas, de esas que ya había dejado de usar porque ya tenía su Prince de metal (con su funda verde y blanca) y esa no se la iba a prestar a nadie.

He descubierto en mi edad adulta que mi ansiedad por golpear cosas con una extensión de mi brazo, queda satisfecha con una raqueta de tenis en la mano, y aunque me considero un jugador conforme con su mediocridad, me puedo pasar horas en la cancha. Claro, las cosas han cambiado: mi raqueta de madera, aquella Wilson guinda que pesaba como lanza medieval, fue substituida por unas raquetas Babolat que me regaló AnaP hace como diez años, cuyo peso se mide en gramos. Mi juego no es ni como el de Federer ni como el de Nadal, y queda mejor descrito como de “viejito de club”, es decir, mañoso pero mañoso.

Pero aquel martes, cuando cortaron el agua en el Colegio Junípero, lo teníamos todo planeado. Freddie y su mamá recogerían primero a Pedro, y luego pasarían por mí en la VW Brasilia que tuvieron durante años. Esa mañana, mi raqueta de tenis, mi Wilson guinda con todo y su funda verde, ya estaba en la mesa del livin’, y yo rondaba la casa con ansias de irme, ataviado con mis shorts de tenis y mis tenis PanAm ya bien amarrados.

Estábamos solos con Florencia, la mujer que ayudaba a mi mamá los días entre semana y que ha de haber maldecido a los mandamases de la delegación Miguel Hidalgo por haber cortado el suministro de agua al Colegio Junipero, cuando ese martes se encontró con que, aparte de sus labores de limpieza, ahora tenía que cuidar a tres niños. Mi papá, aliviado de su obligación de llevarnos a la escuela, se había escapado desde temprano al despacho, y mi mamá, confiando en mi como el hermano mayor responsable y en Florencia quien llegaba a las ocho, nos había dejado para ir a dejar a Moira, la menor de mis hermanas, al kinder e irse al despacho.

Y vaya que había que aprovechar aquel martes en la mañana, que ni qué. Era de esas mañanas en la ciudad de México en época de lluvias, soleada y perfecta. No nada más el clima, pero con eso de que iba a jugar tenis, ya había negociado el poder saltarme la clase de piano del martes de la tarde con la señora Curwood, misma quien ya había amenazado con llegar apenas terminara de darle clases a mis primas. Mas no se le podía pedir a la vida.

Era idílico. A las diez de la mañana, los rayos del sol, todavía amarillos, aun buscaban absorber lo que quedaba de los charcos en la calle. Solo quedaban unas cuantas piedras húmedas en el empedrado. Esto me consta porque no fue una, las veces que salí a la calle para ver si llegaba la Brasilia de la mamá de Freddie. También lo sé porque mi tía Margie, la hermana mayor de mi mamá, trabajaba en la hortaliza de su casa.

Mi tía se protegía del sol con un sombrero de paja, mascadas atadas alrededor de su cuello, una camisa de manga larga. Trataba de que su sudor no empañara sus lentes de fondo de botella mientras trabajaba hincada en su jardín, tijeras de podar en mano, las rodillas de sus pantalones batidas de tierra. La hortaliza la tenía al fondo de su jardín, en una cuña que se extendía en la parte de atrás. La hortaliza la tenía cerrada con unos alambres para que sus perros no marcaran territorio y arruinaran a sus jitomates y calabazas. Esa mañana, ese martes, ella trabajaba hincada, su pala de mano surcando la tierra. En la tierra, tiradas a un lado de ella, tenía sus tijeras para podar las ramas secas que había que podar. Mientras cavaba, podaba y limpiaba su hortaliza de la hojarasca, era probable que sus pensamientos estuvieran perdidos en lo que piensan todas las mamás del mundo: en sus hijos, mis primos. Quizá imaginaba lo que haría ese día con su pilón, su hija menor, de apenas siete años, quien al igual que yo, gozaba el día de asueto que nos había otorgado el Colegio Junipero. Meditaba si había hecho lo correcto en haberla enviado al club con su hermana. Se habían ido desde temprano para hacer ejercicio. Quizá pensaba en su hija mayor, preocupada como se preocupan todas las mamás, de que haría su hija ahora que terminara su carrera, o quizá sus pensamientos vagaban en lo mucho que extrañaba a mis dos otros primos quienes estudiaban en el extranjero. De seguro también pensaba en la relación que tenía con mi mamá, su hermana menor, de lo tranquila que la dejaba el que su relación estuviera pasando por una buena etapa. Quizá no pensaba en nada más que en sus plantas y hasta quizá tenía pegada una tonada que no se la podía quitar de encima, o quizá se le estaba ocurriendo de que había encontrando armonía en todo lo que hacía y como se traducía esta paz a los cuadros que pintaba y que la absorbían cuando no estaba hincada, trabajando en su hortaliza.

El sol brillaba, el día era perfecto.

Pero todo confabuló en contra de ese día. De ese martes.

Siendo el mayor de mis hermanos que estábamos en la casa y que estaba yo esperando el ir a jugar tenis con Freddie, cuando sonó el teléfono, contesté de inmediato.

La voz era de Mrs. Curwood, la maestra de piano. Justo llegaba a casa de mi tía a darle clases de piano a mi prima la mayor. Justo llegaban mis primas del club. Justo igual, llegaban los de la brigada “José Luis Pacheco Aragón”: el Mike, el Guaymas, la Susana y la Silvia, miembros activos de la liga 23 de septiembre.

Por el teléfono, escuche las palabras de mi profesora de piano que llegaban golpeadas y aterradas: tus papás, me decía, tu mamá, me decía, ¿está tu mamá? pásame a tu mamá, tu prima, se la llevaron, ¿está tu mamá? pásame a tu mamá. Tu prima. Tu tía.

La lucha fue injusta y desigual. Gritos, manotazos, una palita para cavar hoyos para sembrar rábanos y jitomates, en contra de cuatro secuestradores preparados para combatir su propia guerra: metralletas, pistolas, balas expansivas y su cerebro lavado con una ideología descarriada y violenta. Dos balas desgarraron a mi tía, mismas que se encargaron de que ya no importaba si llegaba o no, una ambulancia. La mataron porque estaba aferrada a la defensa del coche donde se llevaban secuestrada a su hija, o como lo describen en un cuadernillo que repartió días después la misma liga “23 de septiembre” en la fábrica de mi tío, le dispararon “a la burguesa de mi tía, por oponer tenaz resistencia”.

Adopto como nuestra esa palabra para describir a mi tía: tenaz. Ver el peligro, el final, el cañón de la pistola en tus ojos y no soltarte. Tenaz. Es una buena definición de valentía. Ellos son meros secuestradores, asesinos.

Sin mamá dejaron a mis primos.

Sin compañera a mi tío.

Sin hija a mi abuelo.

Sin hermana a mi mamá.

Sin mi tía.

En el cuadernillo aquel, el que repartieron los de la liga 23 de septiembre en la fábrica de mi tío, finalizan los asesinos diciendo, “nosotros los proletarios combatiremos y seguiremos combatiendo contra la burguesía y si es preciso y necesario que en esta lucha mueran un sinnúmero de burgueses, sin importar que sean ‘buenos’ o ‘malos’”. También invitan a los obreros a “encaminarse ya por la construcción del Partido y Ejército Revolucionario”.

Tenaz.

Lo que no se imaginaron— nos dijo mi mamá cuando regresó de haberse despedido de su hermana cuando nos sentó a mi y a Carolina mi hermana mayor en la sala de mi casa cuando el resto de mis hermanas junto con mi prima, la pilón, ya se habían ido a dormir—, lo que no se imaginaron los de la liga 23 de septiembre, fue el ver en el Panteón Jardín toda una hilera de trabajadores, de los obreros, todos armados con una flor, una margarita en honor a mi Margie, esperando su turno para depositarla a un lado del cuerpo. Hileras de trabajadores— nos dijo.

En su casa, mis papás tienen un cuadro de unos alcatraces que pintó mi tía Margie. Es un cuadro pequeño, treinta centímetros por cincuenta, no más. Acuarela. No es nada complicado, un simple manojo de flores como flotando en medio de nada. Hay algo en ese cuadro que me genera paz, no sé porque, no entiendo. Lo veo y huelo la caja metálica repleta de crayolas con la que nos recibía mi tía Margie en su cocina al tiempo en que nos entregaba un papel donde rayonear, o será porque la escucho tratando de apaciguarme porque no funcionaba el Mercedes naranja eléctrico de control remoto que me había regalado, o quizá porque la veo junto con mi mamá en el comedor de la casa, ojeando el fotograbado del Excélsior dominical, asombrada sin poder entender el porque tanta gente había ido al entierro de Elvis. Quizá porque reconozco la valentía de dejar un lienzo con solo unos trazos sin necesidad de atiborrar el papel de pintura.

Valiente. Otra palabra que reservo para ella. Que ella reservó para ella misma aquel 27 de septiembre de 1977. Un martes. El día en el que cortaron el suministro de agua en la escuela.

A mis primos

A mi mamá

A mi tía.


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