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  • Miguel Esteva Wurts

¿gringo? ¿yo?


5 sep 19 - ¿gringo? ¿yo?

Abro la puerta roja, la que da a la calle, y desde afuera le grito a AnaP, la batería del Mazda se me echó. Mi voz alcanza decibeles de gallina histérica. Traté de encender el coche, continúo diciéndole, pero solo regurgita. También le hubiera agregado que las luces del tablero se encendían con una hueva apropiada para un viernes por la mañana, pero mi humor ya no da para tanto adorno. Anda Mazdita, le había suplicado sentado en su interior mis manos aferradas al volante, pero nada. Voy tarde, la cita es a las ocho, son las siete y media. Pide un Uber pero como va, me sugiere AnaP. Ella tiene una junta a las ocho y cuarto en el centro y se tiene que llevar la Toyota. Abro el app de Uber, pero con eso de que acabo de cambiar iPhone, la info de Uber aparece vacía en mi app, sin datos ni míos ni de la casa ni de la tarjeta de crédito y para restablecer son contraseñas, contraseñas y más passwords, que obvio, pero ni la mas mínima idea. Menos en un viernes a estas horas. A ver, me dice exasperada mi mujer, te lo pido yo, y no pasan ni treinta segundos cuando agrega, que dice que llega en siete minutos y dice que estás allá a la siete cincuenta y dos. Me relajo. Hasta tiempo me da para otra tacita de café, pienso. Mensaje nuevo en la App de Uber de AnaP: que dice que siempre no, qué va diez minutos tarde. Corro cual gallina degollada taza de café en mano, pero por suerte AnaP es fría para pensar en crisis. Háblale a Cora, me dice. Cora es la tía, vive a cinco minutos en coche. Hola Cora, oye, ¿me puedes prestar tu coche? Acaban de cambiar coches y tienen dos Hondas nuevos. Sí claro, me contesta, las llaves están en la mesa de la entrada, pero nosotros estamos con la nieta en la escuela. AnaP me ve con cara de que eso tampoco va a funcionar. No te puedo llevar donde Cora, me dice y agrega, si te llevo no llego a mi cita porque todavía me tengo que bañar. Pídele el coche a los K, me dice. Papeles en mano, corro donde los K. Viven a dos casas. Justo anoche comentaba con la vecina de la casa de al lado, que los K, Michael y Sarah, son como el Bodega Aurrera, surten de todo, que si escaleras, que si agua oxigenada, que si paelleras. Tienen todo. Toco el timbre, escuchó a Caroline, la hija de nueve años del otro lado de la puerta. Pa, escucho que grita, es una persona extraña. Así me debo de ver a través de la mirilla porque me conoce desde que tiene tres años, le he comprado limonadas de a dos dólares el vasito por el amor de Dios. Michael, taza de café en mano, cubierto solo con una bata de Medusa porque vaya que me arrepiento de haberla visto, me ve con cara de que ¿a esta hora? pero me dice, claro, llévate la minivan. Me empuja las llaves de la Odyssey, camioneta a quién también conozco desde hace seis años, y desde entonces estaba ya bastante dada al traste. Michael camina conmigo por la calle, no es de los que se agobien porque lo vean con su bata. Con esa bata, pues. ¿Dónde vas? me pregunta. Al juramento para lo de la ciudadanía, le explico y añado, lo que pasa es que el Mazda, la batería, se murió. Tienen cinco coches, los K. Uno es un Tesla que maneja Michael. Sarah maneja la minivan. Tienen dos adicionales para la eventualidad de cuando sus hijos manejen, y el quinto es un VW Safari que utilizan solo para celebrar el 4 de julio. No tengo el tiempo suficiente como para darle las gracias. Me trepo a la minivan que huele a no quiero ni saber que, pero imagino remanentes de papas fritas, de Gatorades derramados, de tacos de futbol olvidados, de camisas sudadas, de vasitos de leche abandonados en el asiento de atrás desde hace por lo menos tres veranos, coagulados, pasteurizados y con cultivos de moho, y de, aunque no lo quiero ni comprobar, de alguna vomitada de alguno de los niños ya pegada al plástico y endurecida con el paso de las temporadas. Los tufos encerrados llegan en desbandadas pero no abro las ventanas porque por alguna razón no quiero que se les escapen esos olores, son de ellos, pienso. Eso y hace demasiado calor para abrir ventanas. Si fuera mi camioneta la hubiera quemado hace años. Enciendo el radio porque la carretera que tomo, la 281, es tediosa pero aburrida, y de las bocinas me saluda una mujer con voz de Disney que canta algo de que si hoy es otro día perfecto. La escucho hasta que se acaba la canción que resulta ser la última del CD y después de eso, no me doy cuenta de que manejo en silencio. A pesar de todo, estaciono la camioneta con tiempo de sobra. El lugar de inmigración “centro y agencia de procesamiento de inmigrantes” está en un centro comercial, un “open-strip mall”. Es decir, un estacionamiento rodeado por tiendas de cadena y restaurantes de comida rápida. Las distancias en estos lugares se miden en números de coches y trocas estacionados en batería. El centro de procesamiento de inmigrantes tiene un Home Depot a un costado, una tienda de licores del otro, un McDonalds y un Taco Cabaña enfrente. Camino al centro de procesamiento, y en la entrada, veo un grupo de mujeres vestidas con faldas negras que les llegan hasta los talones, blusas con estampados de flores y de manga larga. Son de las que sostienen Biblias en sus manos con la misma fuerza que los de la película de 300 agarraban sus espadas. Me sonríen como para engatusarme, pero luego me barren con la vista y deciden qué un fulano en huaraches, jeans y despeinado, no es su mercado. A alguien más le venderán su espacio en el cielo, pienso, e igual se me ocurre que les debería de lanzar una mirada fulminante, pero están muy entretenidas platicando sobre el buen libro. Aparte hace mucho calor para lanzar miradas fulminantes. El aire acondicionado del centro de procesamiento de inmigrantes me pega apenas abro la puerta, al igual que la tradicional cola de gente alineada para entrar al centro. En silencio me formo para pasar por las máquinas esas de aeropuerto que detectan metales y que un día detectaran malas intenciones, así que me quito el cinturón y pongo todas mis pertenencias en una caja que pasan por una máquina de rayos x. Nadie me ve extraño porque cargo dos llaveros, y cuando paso el retén de seguridad, me enfilan al cuarto donde el otro día esperamos durante horas mientras arreglaban lo de la cita para AnaP, quien al final del día, va a hacer esta misma ceremonia en un par de horas, porque así tocó y ni a quien discutirle. Al contrario del día del examen, hoy el ambiente se siente festivo hasta que un oficial nos grita que debemos pasar, solo los participantes, al cuarto de ceremonias. Los acompañantes pueden pasar después, dice. En el salón de ceremonias nos sientan y pasan un video de las cien preguntas que tuvimos que estudiar para pasar el examen de ciudadania, mismas que respondo en silencio y en automático, “Benjamín Franklin”, “27 enmiendas” “1776” “Mississippi” repito alegrándome de que a pesar de que han pasado ya cuarenta y ocho horas del examen, aun me acuerdo. Observo que la mayor parte de la gente sentada a mi alrededor tendrá mi edad, acaso un poco más joven. Cada asiento tiene un paquete de bienvenida, documentos para leer, una banderita norteamericana y una carta del actual presidente quien nos felicita y nos invita a ser patriotas, así que para no dejarlo y porque no tengo nada mejor que hacer, busco la definición de patriotas en el diccionario de la RAE que lo define como “persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien” aunque en Nicaragua también se usa la palabra para cuando un plátano ya está maduro, así como, oye mujer, este plátano ya está bien patriota. La última pregunta que aparece en el video, antes de que una señora con facha y vestimenta de que de niña jugaba a ser agente de inmigración se planta en el estrado a darnos el orden del día, es la de cuales eran los tres ideales suscritos en la Declaración de la Independencia (escrita por Thomas Jefferson cuando tenía 33 años, recito en mi mente como autómata) de la Unión Norteamericana que apenas se formaba, y que igual contesto en mi mente cual cotorra, “vida, libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Vida, libertad y la búsqueda de la felicidad. Todo lo demás es de adorno, pienso yo.

Antes de entonar el himno, hacer el juramento y cantar una canción “patriota” que la agente en el podio nos asegura, “la han escuchado miles de veces así que cantenla fuerte” pero que yo no había escuchado nunca y por tanto solo pude leer las palabras conforme aparecían en la pantalla como de Karaoke y solo lo hice porque estaba sentado en la segunda hilera justo enfrente de la agente, fue nombrando los países de los cuales éramos originarios, pidiendo que nos parásemos cuando nombrara el nuestro. Cita veintisiete países: Europeos, asiáticos, sudamericanos, centroamericanos y por supuesto México. La mayoría de los allí presente somos mexicanos. Una mujer, a dos sillas de donde estaba yo sentado, se levantó cuando nombraron Uganda, la única africana del grupo. Es, creo, una mujer joven, no debe tener más de veinticinco años, aunque es difícil el determinar su edad a ciencia cierta porque su cara está destrozada, por, y no me queda la menor duda, golpes: no tiene mandíbula, la nariz la tiene aplanada como si alguien le hubiera pegado con una plancha, y los ojos los tiene hundidos como de caricatura, como de a puñetazos. Recuerdo las palabras de mis papás de que era de mala educación el quedarme viendo a la gente, pero no puedo más que quedármela viendo un rato. Es imposible el saber si la mujer sonríe, o verle la mirada en los ojos, aunque estoy seguro de que en esta sala respira (apenas) un tanto más tranquila que de la jungla de dónde salió. Nadie escoge el lugar donde uno nace, pienso, ni tenemos nada que ver en lo idiota y simbólico que son tantas líneas imaginarias con las que nos dividimos todo el tiempo, y de la mala fortuna de tanta gente que nace donde solo existe ya sea la Ley de Herodes, o la de la selva, sitios donde no es la ley la que impera. Por eso estamos acá, pienso, pero aun así, se me atraviesa la palabra “patriota” en el hígado.

La mujer, la que nació para ser agente de inmigración, nos explica que el salón de ceremonias donde estamos sentados esperando a rendir el juramento, fue bautizado con el nombre de un soldado que murió en Irak, defendiendo, como nos explica ella, los valores de los Estados Unidos. No digo nada, porque bueno, yo lo que quiero ahorita es que me den el papelito para poder regresar y entregarle la minivan a los K sobretodo porque en medio de todo el asunto leo un texto de Sarah que está lleno de felicitaciones y de signos de exclamación y de caritas felices pero que me avisa de que su bolsa, con todo y su cartera y licencia, está tirada en el piso de la segunda hilera de la Odyssey, pero si que me quedo con las ganas de contestarle a la mujer nacida para ser agente de inmigración que resultó evidente que la guerra en Irak nada tuvo que ver con los valores de la Declaración de Independencia, esos de “vida, libertad y la búsqueda de la felicidad”. Total, la agente nos termina de platicar, de que el soldado muerto en batalla que fue a pelear por los Estados Unidos ni siquiera tenía un papel que decía que era gringo cuando estaba en Irak luchando, a pesar de haber vivido desde que tenía seis años en Texas. Solo fue cuando regresó lo que quedaba de él dentro de un ataúd envuelto en una bandera norteamericana, que le concedieron la ciudadanía a su esposa y bautizaron el salón de eventos del centro de inmigración a un lado de la carretera 281, con su nombre. Sus papás ya se habían regresado a su tierra natal en Sonora. Es él, el de la foto, nos dice la agente apuntando a la foto y la placa que cuelgan a la entrada del salón. Cuando salgo, ya con el papel en mano, veo la foto. Es un niño, pienso, un niño con un uniforme, disfrazado con un uniforme y una sonrisa.

Ya de regreso a la casa, voy directo a estacionar la Odyssey donde los K. Cuando la estaciono, reconozco que extraño el tener una minivan, aunque en nada se parece al Porsche Ruf 911 que soñaba manejar cuando tenía dieciséis años, pero vaya que son practicas y cómodas y les cabe todo. K me recibe y me pregunta, ¿entonces qué? ¿ya eres gringo como nosotros? Me felicita cuando le digo que sí, me toma una foto bandera en mano, me abraza a media calle, y me entrega unos cables para pasarle corriente al Mazda para que lo pueda encender y llevarlo a cambiar la batería al WalMart que es donde compré la última batería y de donde tengo la garantía. Antes de despedirse, K me pregunta que ahora como ciudadano, que qué es lo que opino de todos los inmigrantes sin documentos que llegan a buscar refugio y hogar y felicidad a los Estados Unidos. Así como lo buscaron los papás del soldado muerto, pienso pero no lo digo. K es un Demócrata de hueso colorado, estampas en contra de Trump adornan la defensa de alguno de sus coches, aun así, nunca ha tenido la necesidad de emigrar, ni tampoco creo que jamás ha visualizado tal posibilidad. Me detengo un poco antes de responderle, mi examen de la ciudadanía ya lo había pasado y no esperaba el tener que estar contestando este tipo de preguntas a las diez de la mañana de un viernes con el pendiente de la batería del Mazda. Me parece, le contesto, que si mis hijos tuvieran que huir de un país, de algún lugar, sea por la razón que fuera, me gustaría pensar en el que serían recibidos como a nosotros nos recibieron acá, sin ser humillados, sin ser tratados como mendigos, o apestados, o diferentes, sin que nadie trate de imponer su voluntad en ellos, sin que los hagan sentir como que les están haciendo el favor, en vez de recibirlos con los brazos abiertos. Sé que soy un soñador, lo sé, AnaP se cansa de decírmelo. Sé que los números son demasiado gigantes para que todos quienes buscan refugio, acá, allá o en donde sea, puedan ser recibidos como fuimos recibidos nosotros, por la familia, por nuestros vecinos. Sé que somos de los que tuvimos suerte, que a pesar del via crucis administrativo por el que pasamos, no nos tuvimos que subir a La Bestia o cruzar el desierto o arriesgar nuestras vidas cruzando el Mediterráneo. Sé que somos de los afortunados. Pienso en la mujer de Uganda, su cara deformada, aplastada porque se ha de haber atrevido a levantar la voz en el momento, con la persona equivocada; o en cómo se aprovecharon de aquel niño, al que vistieron, le dieron su fusil y lo enviaron a la guerra. Creo, le contesto a K, creo que todos los inmigrantes deberían de ser tratados como quienes somos, gente buscando libertad, tratando de vivir y de ser felices, tengamos papeles o no. No como mendigos, nunca como mendigos.


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