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  • Miguel Esteva Wurts

basura (jun 23-Jun 28, 2019)


23 jun 19 - Netflix

Cómo nos ha sucedido a ultimas fechas, ayer en la noche, ya cansados, terminamos surfeando a ver que nos encontrábamos en Netflix para arrullarnos. Cuando digo Netflix, igual me refiero a Amazon Prime o iTunes.

Acabamos viendo un documental de los Jones Brothers, y sí, lo repito, tengo la suficiente seguridad en mí mismo para admitirlo y repetirlo: vimos un documental de los Jonas Brothers. AnaP y yo andamos con no ver series porque luego uno de los dos se queda dormido, el otro hace trampas, ve capítulos de más, y luego da pereza el tener que dar un resumen. Así que bueno, vemos programas que sean de un solo capítulo y por eso es que hemos terminado viendo documentales. El de los Jonas Brothers fue porque no hubo nada más que nos llamara la atención, y cómo nos había ido bien con otros documentales que habíamos visto de grupos musicales, como el de los Rolling y otro que vi con Nico sobre The Edge, Jack White y Jimmy Page, pues dijimos, pues bueno.

Excepto el hecho de que son hermanos no sabía nada de los Jonas Brothers. Para cuando terminamos de ver el documental, no sabía nada adicional que sea interesante: tres hermanos, cantan en un grupo musical, y a las niñas adolescentes de principios del milenio las enloquecían, por su música y porque son bonitos.

Mejor hubiera sido él quedarnos viendo el techo. Pero la verdad, es lo que nos está pasando ahora con tantas opciones tan fáciles: terminamos viendo lo que sea, con necesidad de que la pantalla nos aturda el acelere del día y nos duerma. No estamos solos en esto, obviamente, muchas conversaciones se centran en que si viste GOT o LuisMi. No sé que tanto el tener tantas opciones nos este atrofiando el tener discusiones de otra índole.

24 jun 19 - basura

La última mañana en Santa Rosa, justo antes de irnos a buscar unos Miguelitos para luego irnos al aeropuerto de Mérida, manejamos a Santo Domingo, otra ex-hacienda henequenera. AnaP había leído que estaban restaurándola.

Carolina, la de recepción de Santa Rosa nos dijo, cuando lleguen al entronque, a la izquierda y todo derecho cinco minutos.

Eso es una cosa que es más simple allá, las direcciones. Son, izquierda, derecha, adelante. Acá son más dados a decir, al Norte, al Este, como si todos tuviéramos una brújula integrada.

Si es que restauraban Santo Domingo, lo dejaron de hacer cuando bombardearon Pearl Harbor. Las dos paredes que siguen en pie están cubiertas de plantas y musgo. Lo demás son eso, piedras amontonadas plagadas por iguanas y propaganda del PRI de Salinas de Gortari. El centro del pueblo es una cancha de fútbol, rodeada por una iglesia católica, un templo pentecostal, y seis casas con antenas parabólicas colgadas del Morelos I, satélite desorbitado en el 2004.

Compite contra Santa Rosa en la cantidad de perros callejeros. En Santo Domingo, la cancha de futbol está siendo despiojada por gallinas con cuello pelón, ese que hace parecer que la cabeza la tengan conectada mediante una salchicha Fud a medio masticar. No obstante, AnaP me dice que están lindos. Así me verá.

Lo que está espantoso es la basura tirada en la carretera a la salida del pueblo de Santo Domingo: latas de Coca, de Corona, bolsas de Gansitos, Sabritas, de las de plástico verdes y amarillas que usan para el mandado, botellas de Gatorade y de Presidente.

Creo que deberían obligar a las empresas que hacen los productos de llevarse su basura de regreso, me dice AnaP. Sin duda tiene razón.

Pero el pueblo de Santo Domingo está tan olvidado como su hacienda. Nadie les recogerá nada.

25 jun 19 - malas

El día de hoy, no sé porque, pero ando de malas.

No amanecí así, me fui poniendo. Subió a la superficie como la grasa que se acumula cuando se pone el caldo de pollo en el refri. Lo sé, lo sé, mala comparación, pero así es mi mal humor, una capa densa y latosa que flota encima del caldo (yo siendo el caldo). No amanecí de malas, ni hubo un motivo en particular, una causa única que me pusiera de mal humor. No sé si será andropausia, sí tenga hambre, él que el maldito calor volvió a levantar el día de hoy, o el estrés de que ya vamos a mitad de las vacaciones y yo no he completado ni un tercio de lo que me había propuesto hacer en este periodo. Pero ya debería de estar acostumbrado, así siempre resultan mis veranos: grandes espacios con enormes esperanzas iniciales y valles en donde termino haciendo casi nada de lo que me propuse hacer.

Conmigo, una causa principal de mal humor siempre es el hambre. Hay veces que la veo venir y me como una barra o un pan con mermelada o un taco de aguacate y sanseacabó. Pero hay veces que no me doy cuenta hasta que ya estoy enojado por algo quizá intrascendente. Puede ser algo equivocado traído por AnaP del súper, como por ejemplo la miel, la Log Cabin que siempre, siempre hemos usado para los hot cakes, y que decidió cambiar por una, más sana - menos endulzantes artificiales, y obvio que no funciona con mis hots, pero ¿le importa a ella?

Pero la verdad es que hoy en la mañana se fue incrementando hasta que de repente, desayuné con la miel nueva esa espantosa pero saludable, y me di cuenta de que era mi panza vacía la generadora de mi mal humor.

26 jun 19 - colores

Todas las mañanas, ya sea consiente o de mero reojo, al bajar las escaleras de ésta, su casa, siento la presencia el cuadro que cuelga desde hace años en la pared de nuestras escaleras. Esta allí desde que vivíamos en la Primera Cerrada de Francia, y nos siguió para acá, vigilándonos desde su mismo puesto.

Son en realidad, cuatro cuadros separados, todos de flores con colores despilfarrados, desgarbados: verdes, amarillos, azules, púrpuras, naranjas y rojos que saltan y se escurren como tratando de escapar su propia definición dentro del lienzo. Sin poder ponerle el dedo en el qué, hay algo en el cuadro que me alegra, quizá solo el hecho de que son flores.

La mayoría de los días ni siquiera noto su presencia, una amistad que se da por sentada: allí estará cuando la requiera. Pero por ahora, no le regalo mi atención. Pasan días que ni me acuerdo de su existencia, no hago ni un esfuerzo de verlo. Bajo las escaleras fijándome más en no tropezarme con mis propios pies que en el cuadro, que me observa en silencio, admirando mi torpeza al caminar, o siguiendo con interés el crecer de mis tres hijos. Cuando no me fijo en él, no pasa nada, sé que mañana allí va a estar, que tendré tiempo de detenerme y verlo. Hay veces que ni cuando barró las escaleras me doy el tiempo de verlo, me fijo más en la basura que voy arrastrando y va bajando, escalón por escalón. No volteo hacia arriba.

El cuadro fue un regalo de mi prima Grace. Nos los pintó cuando nos mudamos a la casa que ella nos ayudo a remodelar, nuestro hogar durante más de diez años.

No sé que convierte una casa en un hogar. Nuestro hogar. Pero el cuadro de Grace siempre me recuerda que aquí estoy.

27 jun 19 - hermanos

Un día, no hace tanto, eran uña y mugre.

No había otro. Uno sacaba las crayolas, el otro los papeles, esos que yo les traía de vez en cuando, descripciones de patentes viejas, fórmulas químicas de un lado, del otro en blanco. Poblaban las hojas con ejércitos enteros, soldados rodeados por tiburones, montados en Ferraris de Fórmula Uno. Los guerreros no peleaban, se complementaban, unos verdes, otros azules o amarillos. Los combatientes más aventados, montaban estegosauros.

Pasaban horas pateando balones en el jardín. Ramona se los regresaba, dominándola entre sus cuatro patas. Mira, le decía el uno. Y ambos volteaban la vista a donde fuera, a lo que fuera. Comentaban el punto, se reían, creaban su mundo.

Cenaban viendo a Thomas, el tren, a Simba y Pumba. Entre sus manos sostenían sus tacitas, de esas de los cuales la leche solo sale con succión. En alguna escena acababan dormidos, uno encima del otro. Los cargaba a su cuarto envueltos en sus pijamas, con una parada en el baño para evitar desgracias nocturnas.

En la escuela ambos hicieron amigos de su edad, pero llegaban a la casa a jugar. Legos, el pin, el fucho. Poco a poco sus ejércitos fueron relegados.

Montados en su scooter, pirinolas que eran, bajaron juntos la colina en Hampstead Heath, yo corriendo detrás, gritando: los coches, la gente. Los detuvieron sus risas que retaban su hazaña.

En sus literas había que entrar a callarlos: ya sshhh que ya es tarde y mañana es día de escuela, les decía.

Siguen dibujando. Uno dibuja rostros, el Che, JFK, el suyo; el otro paisajes, caras, eventos. Sus obras ya no interactúan, ya no hay batallas, ya no hay Ferraris. Se duermen más tarde que nosotros, uno se queda raspando su guitarra en la sala, el otro llega ya noche de estar con sus amigos.

28 jun 19 - Edron

Parte de la, digamos promesa, de llegar al lower sixth form (quinto de prepa), era habitar dentro del denso humo del Common Room creado por los cientos de cigarros fumados, y sentarse en los pegajosos sillones que desprendían el aroma de cervezas derramadas por nuestros antepasados. Sobre el tapete verde y sucio, había libros desperdigados, paperbacks de aeropuerto, novelas utilizadas como excusa para la existencia de aquel cuarto.

El Common’ servía para olvidarnos de nuestras clases de A Level, pero más, para discutir necedades hasta el hartazgo. En primero, cuando entré a la escuela, juré no ser de esos que pasaría mis periodos libres allí. Jamás, me dije. Pero cuál gato argüendero, allí terminaba siempre.

Después del recreo, de la clase de química, del periodo de matemáticas, allí me iba: a postrarme junto al Greg quien dormía la parranda de la noche anterior; argumentando con Javier; admirando las piernas de Gabriela que usaba faldas muy cortas y quien orgullosa compartía sus intimidades. Algunas veces me ponía a leer esas novelas de pasta suave y filones amarillos, otras veces debatía a gritos, hasta que la Bostock o la Gilchrist quienes intentaban dar clases en el salón de junto, llegaban a callarnos. En ocasiones había que despertar al Melón, quien no asistía a la escuela, pero que llegaba a la hora de recreo en su Nissan Sakura, a jugar futbol. Nunca supe su nombre de pila.

Soy muy amargado, lo admito. Enviaron unas fotos por el Whats de la graduación de mis sobrinos del Edron actual. En la foto, las mamás van vestidas con blusas Anthropologie, los papás trajeados, los niños sanos, sonrientes, ataviados con colores Gap, las sillas con cobertores blancos, limpios y elegantes.

Nada tienen que ver con mi Common’ de aquella casona en la calle de Campestre, en pleno San Angel.


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