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  • Miguel Esteva Wurts

BravoBravo (21 jun 19)


21 jun 19 - BravoBravo

Imaginaba que nos meterían en cuarentena. Pero no.

Después de tantos meses de que el profesor de la clase de cohetes de la prepa nos hizo tanta alharaca con que si los militares de la base en Nuevo México nos pedirían toda clase de identificaciones y nos pondrían todo tipo de trabas para entrar, resultó que accesar a la base militar súper-duper secreta donde prueban misiles y cohetes en White Sands, Nuevo México, fue más fácil que colarse al Magic en 1987, inclusive sin llevar al amigo del amigo que nunca faltaba en cada grupo, el compa’ del buen Charly, el cadenero de la disco. El bouncer de la base militar resultó ser un fulano que no nada más leía mal nuestros nombres, pero lo hacía con una pronunciación tan torpe que resultaba complicado entenderle. Él mismo revisaba nuestras identificaciones, pero lo hacía con flojera y decidía, vamos, ni siquiera le teníamos que pasar la licencia, solo se la enseñábamos de lejitos. Una vez pasada esta barrera, asumí que alguien más revisaría nuestra identidad, pero ese alguien nunca llegó ni cuando nos detuvieron en un cuartito del que no nos movimos sino hasta que llegó una mujer que nos guío cual si fuéramos acarreados de Morena (antes PRI) a través del edificio, trasladándonos a un auditorio que era como sala de cine VIP.

Al cohete de la clase de Miki, bautizado como “Rocket”, los de la base le asignaron el mote BravoBravo, que por lo menos a mí, con ese nombre tan positivo, se me hizo de buen augurio.

Apenas nos acomodamos en una butaca dentro de un aula enorme, cuando nos dieron la muy buena noticia de que nuestro cohete sería el primero de los ocho en ser lanzado en el fin de semana. El año pasado, cuando fue el lanzamiento de los cohetes chiquitos (baby-rockets) tuvimos que esperar horas para que despegara el “nuestro”, y la verdad, cuando no es el cohete de tu hijo, uno es lo mismo que el siguiente, igual que cuando te llevan a conocer bebés en el cunero. Ahora, en una pantalla del auditorio veíamos a los del grupo de Miki en pleno desierto. Ellos se habían ido desde temprano a preparar el cohete, cargarlo de combustible (en ceros, joven) y montarlo en la plataforma.

Ya estábamos bien acomodados en la butaca del auditorio cuando llegó uno de los encargados y nos dijo que doce de nosotros podíamos pasar a ver el despegue desde el Centro de Control. AnaP y yo somos chilangos, sabemos repartir codazos, colarnos sin dejar pasar a nadie y ningún gringuito nos iba a quitar la oportunidad de ir al Centro de Control de esta base militar súper-duper secreta. Como dicen, con todo respeto, pero a un lado que ahí les vamos. Y allí nos colamos.

Ya en el Centro de Control de la base militar súper-duper secreta, y al verme la cara de mexicano perdido en el espacio, el mismo mister que nos pasó al centro de control, me susurró con cara de asustado un, solo que así de favor no apachurren el botón rojo.

Hará un par de semanas vimos el documental del Apolo 11, y creo que por eso me quede con la imagen de que los ingenieros del Centro de Control iban a andar vestidos con camisas blancas de vestir de manga corta, de esas que solo un ingeniero se atrevería usar, corbata negra, el pelo en casquete corto, lentes de armazón de plástico obscuro y pesado, cargando cuadernos con hojas cuadriculadas y reglas de cálculo. Pero el Centro de Control estaba a reventar de pantallas y los ingenieros estaban vestidos como si fueran uno de nosotros, shorts, t-shirts, y huaraches. Ninguno cargaba reglas de cálculo. No eran más de cinco los ingenieros que rondaban allí adentro. Desde aquí que se controlan todos los lanzamientos que se llevan a cabo en esta base súper-duper secreta, nos dijo el mister que nos pastoreaba.

Las pantallas indicaban que el vuelo del BravoBravo se iba postergando. A pesar de que se hacía un silencio sepulcral cada vez que se escuchaba la voz invisible del interfono, no muy capté el porqué de la demora, hasta que llegó una mujer y nos explicó que habían detectado una fuga en el tanque de combustible del cohete. A mí lo lógico se me hubiera hecho que llamaran a uno de esos “bulkanizadores” de la carretera Matehuala-Saltillo para sellar la fuga, pero nadie me preguntó, y en la pantalla solo veíamos a nuestros hijos correr de un lado al otro en pleno desierto en Nuevo México, tratando de arreglar su cohete.

Nosotros, metidos en el Centro de Control a cincuenta millas de distancia, solo podíamos esperar. Esperar y congelarnos.

En la entrada a la base militar de White Sands, hay un museo al aire libre donde exponen cohetes, misiles y aviones de guerra, mismos que sirven como recordatorio de que allí despegan, no solamente cohetes con misiones científicas o de los que ponen satélites en órbita, sino que también es una base de misiles con bombas, cuyo único propósito es destruir y matar. Uno pensaría que con tanto cohete y misil a la mano en este lugar, tratarían, los de la base militar, de mantener la temperatura ambiente dentro del edificio a una temperatura razonable para efecto de que el cambio climático no suceda antes que una potencial guerra nuclear y todo su trabajo se vaya por la borda, pero la temperatura dentro del Centro de Control la mantenían a un nivel que mandaría a la esquizofrenia a cualquier oso polar.

Después de mucha espera, se nos hizo saber que gracias a la fuga, solo podrían llenar el tanque a tres cuartos. Dentro del Centro de Control había un par de papás ingenieros y se voltearon a ver con cara de preocupados, pero los demás, los que nos dedicamos a las letras, a ser administradores, a cocinar, a llevar a los hijos de una clase extra a la otra, nosotros sabemos más. A nosotros, los que sabíamos más, nos resultaba obvio que entre menos pese el cohete, más subirá. Obvio.

Y así como se nos dice lo de la fuga, el interfono nos avisa que iniciará el conteo. Quince minutos al despegue, nos avisa la voz invisible que se escucha alrededor de todo el edificio. Una pantalla nos muestra la imagen del cohete, otra nos pasa el conteo del descenso del tiempo, otra más nos muestra unos números que, a saber que eran, pero se veían bonitos. Ya con el conteo, los papás que estamos en el Centro de Control, aplaudimos cada vez que se pasa un número importante: en el 10 hay aplausos, pero el nueve, el ocho, el siete y el seis los ignoramos, son números menores, no cargan importancia en nuestro sistema decimal.

El frio de dentro del Centro de Control ya lo controlaron los nervios. Cuatro minutos, tres, y dos. Hasta una pareja de recién divorciados que están sentados a un lado nuestro cruzan miradas de odio eterno. Donde hubo fuego, pienso, aunque es difícil imaginarlo con este par de cincuentones, y menos con la jeta de pocos amigos que se ha cargado ella desde que la saludamos esta mañana al subirnos al bus. Nadie se prensa de las manos porque nadie quiere tomar una mano demasiado sudada. Aunque nada parece suceder en la pantalla donde se transmite el cohete, nadie le podemos quitar la vista de encima. Decir que es tan emocionante como estudiar copreteritos sería exagerar, pero estamos atrapados por el momento.

El año pasado, con los baby-rockets, la escena y el conteo fueron mucho más cambrianos y rudimentarios. Para empezar, estábamos en un rancho cerca del pueblo de Friedericksburg en Tejas, y la barrera para no pasar al sitio de despeje de los cohetes consistía en un mecate colgado entre unos árboles. El cohete de grupo de Miki del año pasado rompió la barrera del sonido, se convirtió en ultrasónico. De haberse enfilado a donde estábamos, nos hubiera hecho papilla, pero por suerte subió derechito. El año pasado, el conteo para el despegue de los baby-rockets, con un par de vacas pastando a lo lejos, fue alguien gritando el ten-nine-eight, y nosotros coreando el resto.

Pero aquí, en el Centro de Control de la base súper-duper secreta de White Sands en Nuevo México, estábamos a cincuenta millas del cohete, y una pantalla digital, con números en rojo, nos guiaba en el conteo. Todos los papás allí presentes entendíamos la importancia de este cohete, sabíamos de las horas que habían pasado nuestros hijos calculando, diseñando y construyendo el cohete. A Miki le tocó estar en el equipo que construyó el fuselaje junto con Josh, JP y Spencer. AnaP y yo sabíamos el tiempo invertido por ellos en su construcción, en hacer que todo embonara como debía embonar, de que el peso fuera el adecuado, de encontrar balance, de haber perforado hoyo tras hoyo para los miles de remaches. Durante los últimos dos meses, desde el pasado abril, en las tardes recibíamos un texto o una llamada en donde Miki nomás nos avisaba: estoy donde el cohete.

Suena medio cliché cuando digo que al momento en que llegaron al T menos tres, contuvimos la respiración. Pero el grupo de papás que estábamos en el Centro de Control dejamos de aspirar aire. El único ruido que se escuchaba era la voz invisible, la que circulaba por el edificio entero, con el conteo final. Tres, dos.

Y de repente ya estábamos en el uno. Cuatro años de esfuerzo, de trabajo, de investigación, de argumentos, de pleitos, de “voy a rocketry porque tenemos que ver algo, y vengo”, para llegar hasta este punto.

Imaginé a Miki, sentado en aquel bunker a cincuenta millas de distancia. Quizá agarrado de la mano con sus compañeros, ojos pegados en la pantalla, la saliva atorada a media garganta. Imaginé su emoción contenida, su cuerpo lleno de nudos.

Lift-off.

La voz invisible dio el anuncio al tiempo en que veíamos cómo del nozzle (la boquilla… el tubo de escape del cohete pues), salía una llamarada contenida, una llamarada que salía con furia. Vimos al cohete desprenderse de la base, subiendo, lento, muy lento, pero subiendo.

El martes antes de trepar al cohete al camión, Miki se había ido a una junta preparativa de vuelo. Iban a revisar una última vez el peso, las dimensiones, los números. En realidad, ya no había nada más que hacer mas que revisar números y de reírse un rato al lado del cohete. El trabajo ya estaba hecho. Al cuarto para las nueve, Miki se llevó el Mazda al colegio, al sótano donde paso buena parte de los últimos cuatro años con sus compañeros, ahora convertidos en sus mejores amigos. A petición del profesor, repasarían todo, harían un pre-flight check cómo las que uno espera hagan en los aviones. Un rato después le pregunté a AnaP que si algo sabía de nuestro hijo mayor. Debo agregar que durante estas últimas semanas, desde que salieron de vacaciones, casi no lo hemos visto. En las mañanas ha estado trabajando dando clases de tenis, ya sea por su cuenta o cuál ayudante de una maestra que tiene a su cargo treinta alumnos de diez años para abajo. A media tarde nos avisa que se va a escalar una de esas paredes que ahora están de moda y que yo solo temo por sus huesos, y en las noches, sin falta, después de cenar, se desprende y se va con sus amigos. Está ha sido la rutina durante los últimos meses. Así que él preguntar por sus andares se ha convertido en la norma.

Me habló hace rato, me contestó AnaP agregando, que están teniendo problemas con algo del peso, que los cálculos iniciales no les están saliendo, que no están muy seguros de que vayan a poder lanzar el cohete. AnaP no es de las que bromean con esas cosas, y como si yo supiera algo de cohetes y de cálculos interespaciales, me dieron ganas de ir a la escuela a ayudarles, imaginando el pánico de esos momentos. Pero siendo que no sé nada al respecto, solo pude quedarme en la casa con el Jesus Mío en la boca y prepararme unas quesadillas porque tenía hambre.

No tengo una foto del cohete así solito. Las que tomé cuando lo develaron, están todos los chavos posando enfrente de su creación, todos sonrientes, todos con, como dice Robin Williams en Dead Poet Society, con el carpe diem en la mirada.

Miki llegó para cuando ya había acabado de comerme las quesadillas. Todo bien todo bien, me dijo con ese dicho que pescó el año pasado de un anuncio del Mundial de futbol con el Pibe Valderrama, y con esa sonrisa de quien tiene diecinueve años y vive sin demasiados temores.

Así que cuando vimos al cohete despegar de la plataforma, desprendiéndose del andamio con toda la pachorra del planeta, primero suspiramos y luego gritamos con alegría.

Bravobravo, pensé.

Y a los veinte pies, en pies porque acá todo es sistema métrico hasta que no lo es, Rocket detuvo su ascenso. Medio segundo ha de haber permanecido suspendido, sin subir, sin bajar, la llamarada del fuego que salía por su tubo de escape el único movimiento que se observaba en la imagen. Medio segundo de que el buen Rocket decidía subir o quedarse allí.

Y sin decir agua va, se desplomó.

Si subió con decidía, se desplomó con hartazgo. Subió de punta, se desplomó de costado. Cuál vaca.

Los, no no no no, opacaron lo que nos podía estar diciendo la voz invisible.

El cohete quemó por veintitantos minutos, tendido en el piso. Durante veintitantos minutos todos los papás que estábamos en el Centro de Control de la base súper-duper secreta de White Sands, Nuevo México, nos quedamos viendo la pantalla, tratando de ver si el cohete decidía enderezar rumbo, animándolo a que lo hiciera, pero más que nada, imaginando los sentimientos que podían estar sintiendo nuestros hijos.

Obvio que hay peores cosas en la vida. Mucho peores. Hay verdaderas tragedias. Hace tres días salió la foto del hombre que se ahogó arropando a su hija mientras trataban de cruzar el río para buscar una oportunidad, una sola, en la vida. Hace dos días se hincaron los papás con hijos desaparecidos en México a implorarle al presidente a que los encuentre. Todos los días salen noticias acerca de los niños que han estado arrancando de los brazos de sus papás en los centros de detención, tan cerca de la base militar en donde estábamos. Un cohete que no subió al cielo en el desierto en Nuevo México no califica ni cómo tragedia. Ni cerca. Lo sé. Pero aun así, en ese momento, se sintió como tal. En ese momento, dentro del Centro de Control, era lo único que nos importaba.

Hablamos con Miki ya mucho más tarde, para cuando veníamos AnaP y yo en el camino de regreso a la casa, para cuando el fuego del cohete se había apagado, ya para cuando habían recogido las partes quemadas y habían hecho el trayecto de regreso al hotel donde nos quedábamos en Alamogordo. Para cuando hablamos con él, entre el cansancio de la desmañada y del subir y bajar de las emociones, y quizá por la mala conexión telefónica, su voz nos sonaba ecuánime. Llegó a la casa hasta el domingo, y después de cenar, se subió directo a dormir: no hubo escalada de pared ni salida con sus cuates. Estaba exhausto.

Ya el profesor nos los había dicho: el simple hecho de que tengamos un cohete diseñado, construido y listo para despegar, es en sí, un triunfo. La meta ha sido lograda.

Cuando veo a Miki ya listo para dejarnos, irse a la universidad, todo él grandote y seguro de sí mismo, con su voz ronca, sus preocupaciones, su risa contagiosa, sus salidas con sus cuates, las visitas constantes que hace a la casa de su amiga, el irse a chambear, el hacerse cargo de su cohete, de su vida, solo le puedo dar un beso en la frente y decirle: BravoBravo.


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