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  • Miguel Esteva Wurts

de morsas y elefantes blancos


La señorita que me cobró en la tienda de cajas y contenedores a la que fuimos me dijo, muy segura de sí misma, que las cajitas para guardar las pulseras y aretes de AnaP que estábamos adquiriendo, iban a durar «para siempre». Así me aseguro, «para siempre».

Me pareció contundente, el «para siempre», pero bueno, lo dijo la señorita que operaba la caja registradora. Algo sabrá.

Luego recapacité, porque ni como negarlo, soy medio lento y me tardó cuestionar el «para siempre».

«Obviamente» pensé mientras esperaba a que pasará la AmEx, «esta señorita no ha visto cómo se desploman las morsas de las rocas a su muerte en ese islote en pleno Ártico por lo del cambio climático como lo filmaron en la serie de Our Planet, serie que los de Netflix se tardaron cuatro años en filmar, recorriendo cincuenta países y filmando con un detalle, con unos ángulos y más que nada, con una paciencia que ni los que cubren las eternas mañaneras de nuestro amado Mesías Tropical.

«Para siempre» pensé por poco escupiendo un pffft cargado de desdén en el piso de la tienda para demostrarle lo que pensaba de su eternidad a la señorita de la caja, aunque luego me dio pena porque la mujer me doblaba la edad y yo eso de los años lo respeto, «para siempre durarían las cajas si AnaP hubiera comprado las de plástico barato que tenían en el mismo estante, no éstas, que están hechas de cartón forradas con un plástico imitación cuero».

Uno hubiera pensado que las capas de hielo en el Ártico, esas de cuatro kilómetros de altura, tendrían más oportunidad para durar para siempre que las cajitas para bisutería y alhajas, pero ahora parece que esas paredes de hielo se están resquebrajando como el hojaldre de unas banderillas. Para siempre durará la bolsa de plástico en la que viene envuelta la concha.

«Tenemos que hacer algo nosotros por el cambio climático» me dijo AnaP después de que vimos el capítulo de Our Planet en donde esos pájaros increíbles y preciosos y que el narrador, Sir David Attenborough, nos da su nombre, tipo y especie pero que pa’ mi, pues son pájaros. Esos pájaros que viven en la selva tropical en Borneo y cuyos machos limpian el piso de la selva para presumirle a su potencial pareja lo hacendosos que son, o los otros que se pavonean y se contorsionan hasta que ellas caen ante sus encantos, o esos otros que juntan a sus cuates para hacerles un bailable de conjunto a sus hembras, y todo lo hacen para que puedan disfrutar dos segundos de un coito satisfactorio y pleno (desde acá escucho a la Asociación de Madres Recatadas repetir, “pero es la relación lo que cuenta jóvenes, es la relación lo que cuenta…”). Esa selva tropical, donde también habitan los orangutanes de Borneo, es ahora de menos del sesenta por ciento del tamaño de lo que alguna vez fue, arrasada por el hombre y nuestras ansias de plantar palmas de aceite, eliminando tipos, géneros y especies como si a éstas no les hubiera costado uno y la mitad del otro llegar a donde están con esto de la evolución. El aceite de palma que sacan de las palmas de aceite plantada en lo que eran las selvas de Borneo es, por lo que dice la página de los aceiteros europeos, un buen sustituto de grasas trans y es usado para elaborar chocolate, helados, jabones, velas, cosméticos y productos de panadería. Así que no anden de quejumbrosos, nos parece advertir la página, si quieren una banderilla de hojaldre, olviden a los orangutanes.

«Tenemos que hacer algo» me repitió con un poco más de urgencia más tarde mi mujer, cuando vimos esa escena horrible de las morsas, que una por una se desploman cual bultos de arena a su muerte en ese pedazo de tierra que según nos cuenta con su voz pausada, melodiosa, de abuelo consentidor, Sir David Attenborough, que con todo el deshielo del Ártico es el único pedazo de tierra firme que les queda donde pueden estar. La bronca es que las morsas con sus ridículas aletas y sus enormes cuerpos de Pepsilindros de dos toneladas, no han evolucionado lo suficientemente rápido como para andar escalando rocas, y menos para bajar las pendientes de no sé cuantos metros. A un total desconocedor del tema de la vida de las morsas como lo es su servidor, su caída no parece un accidente, parece un suicidio.

Y claro, no solo es Borneo, ni la isla de las morsas en Rusia. Tenemos, una obligación de detener proyectos que destruyan más de lo que ya hemos destruido, la refinería de Dos Bocas, por ejemplo. Proyectos predestinados a convertirse en elefantes blancos. Una refinería en tiempos de energía alternativa, por el amor de todas las morsas. Cuando el mundo pensante vira hacía alternativas de energía limpias, nuestra 4T insiste con extraerle a la tierra sus dinosaurios muertos. Pero el pueblo, nos dicen, ya decidió. Nuestra sentencia dictaminada.

En lo personal, notó que la carne roja, mi debilidad, es lo que más genera dióxido de carbono, por kilo, en términos alimenticios. Reduciré pues, mi consumo y el de mi familia aportando así, otro granito… empezando mañana que ayer hice una carne al asador que quedó re-buena.

El problema con esto es Chorizo, nuestro menso perro bóxer, dada su edad y su falta de dientes, dejó de alimentarse con croquetas y ahora hay que “hacerle su comida”. Ahora le preparamos un menjurje de carne con arroz y verduras. O sea, si se siguen suicidando las morsas, tendremos que culpar al Chorizo. De lo de la refinería, tenemos que seguir levantando la voz hasta que a alguien le caiga la sensatez en la cabeza, aunque sea en la forma de una morsa suicida. Un retweet a @lopezobrador_ chance ayudaría.


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