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  • Miguel Esteva Wurts

Vidas Ejemplares


Hoy es día de San Jorge, el santo que mató un dragón con su lanza, el Santo Patrono de Inglaterra. Hoy, 23 de abril, es santo de mi hermana Georgina, nombre que mis papás nos convencieron era el femenino de Jorge, el nombre de mi abuelo y de mi tío.

A pesar de que sigue siendo Santo, a San Jorge lo degradaron un poco con eso de que los poderes eclesiásticos se dieron cuenta de que poca gente cree en la existencia de los dragones, y que por tanto, la posibilidad de haber matado a uno es casi nula. Para mí, es uno de los mejores santos. No nada más porque convenció a todo el mundo de que había matado un dragón, cosa que ya así solita, tiene su mérito, pero porque los demás santos sufrían, le lavaban los pies a los pobres, se subían a columnas en pleno desierto para predicar, o albergaban a viajeros regalándoles sus abrigos para el invierno, por lo que de manera evidente matar a un dragón con tu lanza para salvar a una dama tiene mucho más caché.

Curiosamente, los santos tuvieron mucho que ver con mi sistema gastro-intestinal porque mi tía Margie, hermana de mi mamá, nos heredó un buen tambache de revistas ilustradas de la vida de santos y beatos. Las Vidas Ejemplares eran unos cómics de treinta y dos páginas que intentaban recrear la bondad de los hombres y las mujeres que la Iglesia Católica decidió condecorar, por ser no nada mas buenos como el pan, si no por haber llevado a cabo algún milagro. Las historias en las revistas -y cuando digo revistas, no imaginen el Architectural Digest, sino una versión barata de la Revista Vaquero - siempre tenían un antagonista, ya fueran los Romanos con sus coliseos y sus leones, un papá colérico porque su hija de once años se escabullía al convento porque de plano no estaba del todo convencida de contraer matrimonio con el vecino sifilítico terrateniente de cuarenta y cuatro años que la pretendía, o una furibunda ex-novia, repleta de verrugas nasales y de consecuente muy mal humor, histérica porque su amado prefería cruzar el océano para convertir indígenas antes de tener que compartir el lecho matrimonial con las verrugas antagónicas.

Las treinta y dos páginas de la revista duraban el tiempo perfecto entre que me sentaba y me lavaba las manos antes de salir. Allí fue donde aprendí de Santa Rosa de Lima, San Francisco de Asis, y de San Sebastian, el ex-legionario romano, al que cuando ejecutaron, los arqueros romanos por respeto a un colega de trabajo, dirigieron sus flechas a las partes blandas del cuerpo semidesnudo atado al árbol para que, según los escritores e ilustradores del Vidas Ejemplares, sufriera menos, aunque la verdad, uno hubiera pensado que una flecha al corazón hubiera sido más eficiente. Y claro, fue en esas revistas donde aprendí de Santa María Francisca de las Cinco Llagas, por mucho la santa con el mejor marketing en su nombre. Las hombres y las mujeres cuyas vidas eran retratadas, siempre eran una versión glorificada de Charlton Heston o de Rita Heyworth, cara cuadrada, mirada fija, alfas, siempre como recién salidos de filmar comerciales para Colgate, Garnier y Dove. Caso contrario, quienes peleaban con los santos, se les deshacía la cara con lepra, sarna, tiña y una muy mala dentadura.

En casa de mis papás, las Vidas Ejemplares ocupaban el espacio en el librero que estaba justo a la entrada del baño de los hombres, debajo de los Readers Digest y la colección de Agatha Christie. Mis hermanas alegarían que llamarlo “baño de los hombres” era injusto porque mi hermano menor nació cuando yo tenía doce años, así que el baño era para este, su mirey, de uso cuasi exclusivo, mientras mis cuatro hermanas se peleaban por entrar al baño que ellas compartían, “el de mujeres”. Pueden ir al de abajo, les decía yo, sabiendo perfecto que “el baño de abajo” era el que usaba todos los martes nuestra maestra holandesa de piano , Mrs. Scarewood, y a todos nos daba cierta cosa el usar “el de abajo” con eso de que ella siempre nos pregonaba a los cuatro vientos que sufría de colitis, siendo que el término “colitis” para un niño de diez años tiene demasiadas visuales, ninguna agradable. Pero bueno, decía yo de que las revistas las teníamos justo afuera de mi baño, y en mis prisas siempre me pescaba cualquiera de las de en medio, para evitar repetir lecturas. Tenía unas que de plano detestaba por aburridas: Santa Otilia por ejemplo, cuya cosa fue que nació ciega, situación que hizo que su papá montara en pantera y la enviara a un convento donde recobró la vista después de que otro Santo le tocó los ojos al momento de bautizarla, y que en los castillos que Santa Otilia luego heredó de sus papás, mando hacer un monasterio que fungió como hospital. Vamos, me queda claro que tiene mucho mérito el hacer hospitales en pleno oscurantismo, pero su vida, como entretenimiento a la hora de estar en el baño, no merecía cinco estrellas. Había unos mucho mejores, San Pablo, por ejemplo. No nada más porque había sido un soldado romano quien en plena batalla se dio cuenta, por medio de una luz que lo dejó temporalmente ciego, de que andar matando por el César no era lo suyo, sino porque cuando eventualmente lo ejecutaron sus propios compañeros romanos, no podían crucificarlo boca abajo como lo habían hecho con San Pedro, porque el morir crucificado no era digno de un ciudadano romano, así que le cortaron la cabeza de un hachazo. Ahora, obvio que no abogo por la pena de muerte -se me hace una barbarie que pertenece al oscurantismo- pero la revista mostraba la cabeza de San Pablo rebotando tres veces, una fuente brotando justo en los sitios donde botaba la cabeza de San Pablo / Charlton Heston. Como entretenimiento para revista de baño muy superior a Santa Otilia, pues.

Luego me da pena el que mis hijos solo hayan aprendido de dragones por medio de la ficción de Harry Potter, y no del Vidas Ejemplares.

Felicidades Yina!


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