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  • Miguel Esteva Wurts

el museo de Barney


Acá, a la vuelta de la esquina había un museo. Ya lo desmantelaron. Hace un par de meses, después de muchos rumores, empezaron a empacar todas las obras. Todo se fue a cajas. Hace unos días, cerraron todo en definitiva. Alguien me dijo que vendieron toda la colección a un comprador en Dallas. Si bien le va, lo que era museo será un garaje, albergará una Toyota Tundra, una Ford F150, de esas que los visionarios de la 4T añoran para tener sus refinerías funcionando al cien por ciento.

El dueño del museo era mister Barney. Empezó su vida laboral como plomero. Pero hace cómo no sé cuantos años le entro el bicho del arte y empezó a coleccionar, sin jamás distanciarse del llamado de la plomería. Su colección consistía de tapas de escusados. De todo tipo.

A mister Barney, de noventa casi cien de años, ya también lo despacharon. Se lo llevaron junto con su colección. Según cuentan las malas lenguas, los hijos, sabiendo lo que tenían entre manos, ya andaban que les urgía el vender la colección, quedarse con el botín de la venta. Circularon rumores del costo de la venta de la colección, las cifras no son nada despreciables.

Yo nunca fui al museo. Como dijo un amigo el otro día, nunca vamos a dónde debemos de ir y menos cuando nos queda cerca. Pasé caminando varias veces cuando el plomero / coleccionista / curador / guía de turistas daba una explicación con respecto a tal o cual asiento, platicando de nalgas famosas que allí habían terminado haciendo lo que uno termina haciendo en estos asientos. El hombre, así solito, ya era una obra de arte, una escuadra viviente de noventa grados, caminando a paso Galapagos, apoyado con un bastón con el que apuntaba y hacía sus remembranzas, su voz ronca y rasposa después de hacer un recorrido angulado por su traquea antes de ser escupida por entre su boca desdentada.

Él vivía en la casa de al lado, solito. Su esposa, quizá aburrida de tener que competir con tantas tapas de escusados, murió hace como cinco años, escapando a un lugar donde no se necesitan los WC. A pesar de que sus hijos viven en la casa inmediatamente a un lado, fueron los vecinos de enfrente quienes una vez lo rescataron un día que se tropezó y no se podía levantar, perdido entre los bambúes que crecen sin tregua en su jardín.

Algunos asientos de los retretes estaban pintados, otros firmados (con pluma), otros con inscripciones, o con colgijos, estampas, monedas, aretes, armazones de lentes perdiendo así la funcionalidad para la cual fueron crearon por los diseñadores de American Standard.

Todas las primaveras, la comunidad organiza un desfile de perros. La gente de toda la ciudad viste a sus perros en celebración de la primavera. Quienes desfilan caminan varias cuadras, con sus perros disfrazados, vestidos de hadas madrinas, de bailarinas o de beisbolistas. Los vecinos de la colonia se juntan para ver el desfile, admirar los disfraces, comer, beber, pasar el sábado en la mañana. Transitar por enfrente del museo del señor Barney era parte esencial de la caminata. Inclusive, Barney hacía un letrero a base de tapas de inodoros dándole la bienvenida a los caminantes. Una especie de Ruta de Santiago excepto que los peregrinos tienen cuatro patas y todos se regresan a su casa con aire acondicionado antes del mediodía.

El primer año que estuvimos, a Chorizo lo sacamos a que viera esa peregrinación de perros, pero sus ganas de ser dominante nunca le permitieron formar parte de las festividades. Sin embargo, en nuestras caminatas diarias, Chorizo y yo siempre pasábamos por enfrente del museo. Allí lo veíamos, a Barney, arreglando sus obras, o sentado en una de esas sillas tubulares de alberca setentera dándole la bienvenida a los turistas a los que, mediante cita previa, les daba un tour de su museo.

Supongo que ahora, mister Barney, despojado de su museo, de sus obras, de su motivo para vivir, pasará el resto de sus días en un asilo y les platicara a sus compañeros, o a quien quiera escucharlo, que él fue el creador, curador y dueño de un museo. No sé quien le vaya a creer, o quien lo vaya a escuchar, pero el estúpido romántico dentro de mí cree que el hombre hubiera sido más feliz si hubieran encontrado su cadáver rodeado de sus retretes.