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  • Miguel Esteva Wurts

amor al pastor


Concluido todo lo demás, los dioses chilangos deciden otorgarle un regalo a sus fieles citadinos. Siendo que son dioses, crean, así de la nada, los tacos al pastor. Allí mismo dictaminan que este taco lo vestirán con cebollitas, cilantro, cachitos de piña y, como agregó el dios quien recién había leído “Como agua para chocolate”, el taco será bañado bajo el roció de un eterno limón primaveral. El color de la salsita lo dejan al libre albedrío.

Los citadinos se rinden ante este regalo, lo devoran en cada esquina alegándole a sus santas madres que en este plato se incluyen todas las necesidades del ser humano: carbohidrato, proteína, vitaminas C y T.

Y así, el regalo se esparce por todos los rincones de la República, cada rincón le rinde homenaje y le da su encanto propio, que si en vez de puerco, pescado o jabalí o lo que haya a la mano. El milagro se replica aquí, allá, en cada pueblo, en cada hogar. En torno al trompo de pastor cuentos nacen, crecen, se esparcen. Se crean leyendas.

Pero como bien advierte Laocoonte, sacerdote de Apolo al ver el enorme caballo de madera que los griegos abandonaron en las puertas de la ciudad de Troya: Quidquid id est, timeo danaos et dona ferentes "Sea eso lo que sea, temo a los griegos y a sus regalos”. Mejor vamos a quemarlo, previene Laocoonte a los troyanos, antes de aventar su lanza a la barriga de aquel caballo, causando así la ira de otro set de dioses (los griegos) quienes luego se vengan de él y de sus hijos. Pero bueno, esa es otra historia.

En una de esas avenidas que suben a las colinas en el sur de la ciudad de México, había una taquería que no sé si todavía exista: El Bucanero. Allí caíamos después de alguna fiesta de esas en donde no ligábamos, o al concluir alguno de esos partidos de futbol de esos que siempre perdíamos. Pero no importaba, estábamos en la prepa y todo se resolvía entre cuates, una caguama y unos taquitos. El lugar estaba abierto 24/7, y eras recibido por un pastorero, cuchillo en mano portando un cucurucho blanco de sombrero que te saludaba, aquí, a sus órdenes para los que se les vayan ofreciendo jóvenes. No creo que hayan sido ni los primeros ni los únicos en tenerlo, pero en la entrada colgaba un leaderboard, nombrando a quienes hubieran comido la mayor cantidad de tacos. A pesar de mi competitividad, mi nombre nunca estuvo allí porque mi estómago y mi boca claudicaban mucho antes de que lo hicieran mis ojos.

No así mi amigo El Buca, rebautizado en honor a ese lugar no solo por inscribir su nombre en aquella tabla, sino por liderearla durante no sé cuanto tiempo. Su nombre de pila, el que con mucho amor y cariño pensaron sus papás desde antes de que naciera, no importa. A partir del momento en el que consumió lo que en cualquier otro ser humano hubiera provocado una oclusión, un bloqueo o un colapso y que él solo decidió asentar con otra Caguama, para nosotros fue, El Buca. A partir de esa fecha, el pastorero afilaba mejor el cuchillo cada vez que nos veía entrar y le pedía a la tortillera que fuera haciendo más masa para el inconcebible número de tacos que nos empacaríamos allí sentados.

Para cuando regresé de la universidad dejé de ir al Bucanero, a pesar de que tuve una novia quien vivía en una colonia hasta arriba de la avenida Centenario. Ella no era de esas que se sentaban a comer tacos a nivel tubo de escape. Supongo que por pagana, no fructificó la cosa entre nosotros. Ya para cuando me asenté a trabajar y no había novia a la cual ir a visitar a la colina, mis tacos al pastor o eran los del Taco Inn que quedaba a la vuelta de la esquina de la oficina, o los del Charco que era otro de esos lugares donde ofrecen el 24/7 para satisfacer esa urgencia primaria a las 3:34 de la madrugada.

A pesar de la evolución de mi sistema digestivo, mi ingesta de tacos al pastor sigue siendo importante. Cada vez que me siento en alguna taquería, siempre, como bien subraya Humberto, me enfoco en lo importante, y lo importante en una taquería son los tacos al pastor. Todo lo demás es mero adorno.

Los dioses, como suelen hacerlo, fijaron fronteras con su obsequio: el rio Bravo en el norte, el Usumacinta en el sur. Los otros dioses, celosos, reclamaron, vociferaron, patalearon. Crearemos nuestros tacos al pastor acá, gritaron, importaremos axiote, tortillas, salsa. Los dioses chilangos nomás se rieron. Así, los otros dioses intentaron copiar el milagro que se consumía en el territorio nacional, dándole la receta a quien se atreviera para que la replicara en tierras propias.

Tacos mexicanos, prometen los lugares acá, tacos mexicanos. La promesa es hueca: son lo mismo, pero no son igual.

En Copenhague, el año pasado, comimos en una taquería “La Hija de Sánchez”. Los del pastor estaban buenos, pero estaban mejor los que ofrecían de pescado frito con crema y aguachile, y nomás al admitir eso, percibo la risa de mis dioses chilangos. Acá hay varios que prometen tacos al pastor estilo DeFe (sin detenerse a reconocer el cambio de nombre) y que vamos, no están mal, pero les falta ese je ne seis quoi, quizá el sudor del pastorero, quizá el flamazo de gas mezclado con algo más en el trompo, quizá la posibilidad de que el cilantro cargue su boyante civilización de E. coli. Mis amigos chilenos, esos con quienes en mi adolescencia fui a echar el taco para sentarnos a arreglar el mundo, discutir de todo, hablar de mujeres, reclaman, ¿porque no podemos tener un pastor así acá? Reconocen ellos, habitantes de Santiaguito, hijos del Aconcagua, que la vida no es justa, nunca lo fue, ni nunca lo será.

Por eso los dioses chilangos solo ríen, y nos avientan narcos, corrupción, gringos, a Trump. Y ahora, nos dicen, y ahora ahí les va su 4T, su Mesías Mañanero.

Entre carcajadas los dioses chilangos nos recuerdan, unas por otras… unas por otras.

La vida, después de todo, no es justa.