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  • Miguel Esteva Wurts

El hermano de dios


‘No somos familia de Club’, mis papás repetían esa frase sin que yo jamás supiera bien a bien a lo que se referían.

Por eso resultó extraño el que cuando yo tenía como ocho años, una mañana nos enteramos de que ya éramos socios del Club España, el club social y deportivo que queda enfrente de lo que era el Aquarama donde quesque yo iba para aprender a nadar pero la realidad fue que me dedicaba a berrear en esa alberca, y supongo que por eso soy un Michael Phelps en las albercas “donde piso”. A la fecha desconozco el motivo de nuestra repentina inclusión al Club. No sé si el chiste fue que el que fuéramos más sociales como familia, pero la verdad es que nunca dejamos de ser rejegos a salir de nuestra cueva; o el que termináramos de aprender a nadar aunque vamos, lo nuestro, así lo nuestro, siempre fue lo terrestre. Así que no sé.

Antes de ser admitidos como socios, los del Club nos invitaron a pasar un día en las instalaciones, disfrutar de la alberca, comer en la cafeteria, jugar en los jardines. Mi valeroso ser de ocho años, habiendo visto lo que se me avecinaba, rogó en silencio para que nuestra solicitud fuera rechazada, que nos vieran como lo que éramos en realidad y nos regresaran a casa con un simple, gracias por su interés en nuestro club pero es evidente que la suya no es una familia de club. Tan sencillo hubiera sido.

Pero no fue así. Nos aceptaron, nos tomaron fotos, nos felicitaron, nos dieron unas credenciales enmicadas, y días después ya estábamos haciendo un picnic en la alberca, justo enfrente de mi monstruo.

En la alberca habían dos trampolines. El primero con una altura de un metro, con el cual yo no tenía problemas. De hecho, me podía yo pasar el día entero allí, tirándome de clavado, de bomba, de palito o hasta de espaldas. Como fuera.

Pero a su lado estaba la fiera.

El trampolín de tres metros. Tres. Metros.

Repito: tres horribles, espeluznantes, escalofriantes, innecesarios metros de altura.

Esa primera vez que fuimos lo pude ignorar. Me dediqué el día entero a saltar del de un metro, una y otra vez, hundiéndome cual foca en el fondo del foso, haciéndome pato en la alberca. Ignorando el tiempo.

Fue cuando nos hicimos socios del Club que aquella bestia hincó su diente.

Culpo, por supuesto, a Carolina y a Paola, mis hermanas. Traicioneras ambas. De la nada, como si fuera divertido, decidieron subirse al trampolín, ese de tres metros, y aventarse cuál si no hubiera mañana. Trepaban la escalera y sin parpadear, corrían y se lanzaban al vacío, sus piernas revoloteando en el aire, libres hasta chocar y perderse en las profundidades del foso de la alberca. No había estilo en sus clavados, era un salto al espacio que duraba una nada.

Yo abajo, chapoteando. Mis ojos, al igual que mis hermanas, traicionándome, echando vistazos de reojo a los macanazos que se soltaban ellas al caer en el agua, cerrando mis oídos a los chillidos de felicidad de cuando salían de la alberca. Vente, me gritaban una y otra vez, esta súper divertido, mientras que yo, para mis adentros lo único que pensaba era, ajá… divertido… imaginando a Robsepierre, su guillotina, y lo bien que se la han de haber pasado los aristócratas franceses esperando su turno —no Madame, después de usted, s’il vous plait.

Sentados sobre el pasto, con los items del picnic que habíamos contrabandeado a los jardines del club ya desplegados encima del mantel, mis papás nos observaban, yo haciéndome el sordo para no escuchar lo que me pedían a rugidos con su mirada, anda lánzate, me decían, y yo escuchaba sus palabras, esas que no decían en voz alta pero que me llegaban a gritos.

Eventualmente los suspiros de decepción de mis papás fueron demasiado contundentes, y para pronto, sentí la mano invisible de mi papá guiándome hasta el pie de aquel engendro: las escaleras del trampolín de tres metros.

Allí estaba: un monstruo, mi némesis. Todas mis pesadillas envueltas en una sola. El tubo de metal que la hacia de barandal, frio al tacto, sudaba gotas heladas de los multiples clavadistas que se habían subido y lanzado en el transcurso del día. Los escalones, del mismo material rugoso que el trampolín, se aferraban a la planta de mi pie sin quererme soltar. La bestia siseaba en silencio, sube sube, me decía, conocedora de mis angustias, de mis peores tribulaciones. Y yo, como en una pesadilla, mi única protección ante el mundo, un traje de baño. En aquel entonces usaba mi traje de baño azul cielo, de tela de toallita, ese traje de baño que por años enteros fue mi favorito pero que en ese momento estaba muy lejos de convertirse en una capa como la de Superman, una capa que me pudiera salvar de estar allí, de estar subiendo las escaleras del trampolín de tres metros. Ascendí pues, hipnotizado, resignado, tratando de hacerme el muy valiente pero temblando como plato de gelatina. Subía solo, sintiendo la presión que abajo, alrededor de su picnic hechizo, mis papás ejercían sobre de mí cada vez que respiraban.

Si el primer escalón fue un esfuerzo monumental, el segundo fue como si estuviera cargando todas las penas del mundo, para el tercero y el cuarto, el peso de cada pierna había sido afectado por una gravedad que Newton no podía haber previsto con su manzana. De repente, a pesar del temblor de mis manos, del peso en mis piernas, de lo flácido de mis muslos, de lo nublado de mis ojos, estaba yo arriba, en el tablón del trampolín, a doce pasos del vacío, de la alberca que lucía eterna y mortal. Era yo un pirata, era Barba Negra en mi traje de baño azul celeste de tela de toallita, caminando el tablón hacía el mortífero océano, mi mortal fin.

El barandal de metal al cual me aferraba, ese tubo de aluminio, llegaba a la mitad del trampolín. Hasta allí llegue. A ese punto llegó mi valentía: a medio trampolín. Las piernas, mis piernas hasta ese momento, tomaron por mí la decisión que allí se detenían, secundados por mis cobardes brazos. Mi cuerpo entero sabía que hasta allí llegaría, que ya no avanzaría, no sin el apoyo de ese tubo de aluminio que temblaba fuera de control de lo fuerte que me asía yo de el, hincando mis dedos en el metal, tratando de que las manecillas del reloj que me juzgaba de lo alto del edificio del club que daba a la alberca se aceleraran, haciéndole juego a mi ritmo cardiaco, para que terminara el día en ese instante. Pero el tiempo no se aceleró. Solo se detuvo. Otro traidor más, pensé.

Titiritaba, el miedo adueñado de mi cuerpo, seguro ya de que serían mis últimos minutos en esta tierra. Y yo quería escapar, a donde fuera, pero el trampolín no me dejaba, me tenía atrapado entre el vacío enorme de tres metros y la alberca, la desalmada alberca, con sus letales brazos con los que me quería arrullar para siempre.

¿Te vas a lanzar, chavo? escuché la voz nasal y aguda de un niño como de mi edad, o quizá bastante más chico que yo, quién esperaba turno detrás mío, dispuesto a rebasarme para poderse lanzarse. Detrás de él, había una hilera ya larga de cuerpos empapados, de brazos rodeando sus propios torsos que a pesar del frio estaban dispuestos a hacer lo que el mío no se atrevía, no podía, no quería. Sentí como mi boca se abría para responder, pero no escuché el sonido de mi voz, mis cuerdas vocales secas del terror. Desesperados, los demás clavadistas me empezaron a rebasar, y yo sentía el bamboleo de la plataforma ondular cada vez que se impulsaban para lanzarse, uno detrás de otro, inclusive mis hermanas, quienes pasaban una y otra vez mientras yo hacía mí mejor esfuerzo para sonreír o para hacerme invisible, para tratar de demostrar que estar asido de ese tubo era lo normal, que lanzarse era la aberración.

Así estuve, pegado cuál estampa al tubo de metal, esperando a que alguien viniera a rescatarme. Pero nadie llegó. Nadie subió por mí a salvarme. El problema era mío.

Abajo, mi familia me dejó de esperar. Para distraerse, mordían las manzanas de esas amarillas que saben a, y tienen la textura de, cartulina húmeda y que habían traído para el picnic, desviando su mirada a lo que fuera mientras yo resolvía el dilema de tirarme o no del trampolín. Desde arriba los veía, sus ojos concentrándose en algo más, en lo que fuera con tal de evitarme: en la señora gorda que entraba a la alberca, en el par de niños que se peleaban por una pelota, en intentar sacar los sandwiches que mi mamá había empacado y envuelto en servilletas de papel, y que ahora estaban con el papel pegado al pan gracias a la humedad de la alberca.

En el club no teníamos a muchos conocidos, así que la mayor parte de las veces que fuimos a pasar el día, mi mamá sacaba los sandwiches que llevaba ya hechos desde la casa, hacíamos un picnic en el jardín a un lado de la alberca, nadábamos un rato, pateábamos la pelota otro tanto, y a media tarde nos regresábamos a la casa. Los sandwiches de aquellos fines de semana no variaban mucho de los que nos empacaba diario para la escuela, quizá la única variante era que el pan estaba embarrado de frijol en vez de con mayonesa, lo que hacía que las servilleta que envolvían al pan y que luego usábamos para limpiar nuestras manos estuvieran negras y pegostiosas en vez de blancas y pegostiosas. Algunas veces había uvas en la bolsa del picnic, o en su defecto, pasas, pero la máxima concesión era que nos daban dinero para comprar Boings de los de triangulito en la tiendita del club.

De los pocos conocidos que teníamos en el club eran unos vecinos que vivían como a tres o cuatro casas de nosotros en la calle donde vivíamos.

La verdad es que a los vecinos los conocíamos poco. Vaya, los saludábamos de coche a coche en las mañanas cuando ellos salían rumbo a su escuela y nosotros nos dirigíamos a la nuestra, pero como ellos no eran de ir a misa de once los domingos, hora a la que nosotros íbamos, la convivencia era muy reducida. A pesar de que él vecino de mi edad había jugado beisbol media temporada conmigo y algunas veces le dimos aventón para ir a los partidos, no me llevaba con él, iba un año escolar debajo del mío y yo no me iba a reducir a llevarme con alguien que no se supiera la tabla del ocho. Mis hermanas tampoco se llevaban con las niñas que les correspondían en edad. No era que hubiera antipatía ni nada, solo que no concordábamos en gustos, ni hacíamos esfuerzo por jugar juntos. Pero un día, aprovechando el que nos habían visto en la alberca del club, la mamá de mis vecinos me invitó a pasar el día con ellos al Club España de Xochimilco, supongo con la intención de que yo entretuviera a su hijo. La sucursal del Club de Xochimilco se enfocaba al canotaje, cosa que me enteré ese día cuando me perdí entre las cientos de canoas de competencia y remos que tenían dentro de una bodega enorme.

El lago de Xochimilco, por supuesto, es donde uno encuentra, si uno quisiera, al axolotl o ajolote, la salamandra acuática que se aferra a vivir en ese lago a pesar de que está en vías de extinción. El ajolote es uno de los pocos anfibios que no sufre una transformación durante su vida, no como la que les sucede a los renacuajos que cuando maduran, se transforman en ranas, seres que pueden respirar afuera del agua. De madurar y poder salir del lago, estoy seguro de que escaparían los confines del Xochimilco para buscarse un habitat que no tuvieran que compartir con turistas alcoholizados y a ritmo del Mariachi Loco. Según un estudio llevado a cabo por la Academia Mexicana de Ciencias, en el 2003 había, en el Lago de Xochimilco, 6000 ajolotes por km cuadrado, pero ya para el 2015 el número se había reducido a 36. Para sobrevivir, el animal debe de luchar en contra de la contaminación, no únicamente de sus vecinos chilangos que desaguan en el lago, sino también lo que van tirando los grupos que atiborran las chinampas.

Según la mitología mixteca, el Axolotl, empezó siendo el hermano gemelo del dios Quetzalcoatl. Para que hubiera sol y obscuridad en el mundo nuevo (la llamada quinta transformación) Quetzalcoatl sacrificó a dos de sus hermanos convirtiendo a uno en luz, y al otro en la obscuridad. Pero Quetzalcoatl se enfrentó al problema de que todo permanecía estático, el día no cambiaba a la noche, ni vice versa. Para hacer que hubiera día y noche, Quetzalcoatl se dio cuenta de que había que sacrificar a otro hermano, a su gemelo, Axolotl. Por alguna razón, egoísmo supongo, Axolotl no se quizo sacrificar aventándose al fuego eterno para que hubiera movimiento provocando que la noche se transformara en día, y huyó hasta perderse en las entrañas del Lago de Xochimilco convirtiéndose así, en el monstruo marino conocido como ajolote. La leyenda deja en claro que hay veces que es más conveniente el decir “aquí huyo que aquí murió” sobretodo porque bueno, el ajolote ahí sigue pataleando mientras que Quetzalcoatl ya no se aparece ni en las ceremonias donde se piden permisos a la Madre Tierra.

Lo que ya no sé es como resolvió Quetzalcoatl el problema del día y la noche, pero no fue gracias a su hermano gemelo, pues.

Pero en aquel día de campo al que me invitaron los vecinos al Club España en Xochimilco, no vi ni un solo axolotl. De hecho, no creo que hubiera sabido de la existencia de este anfibio, que de haber encontrado uno lo hubiera capturado, y de seguro hubiera vivido unos días dentro de alguna cubeta en el jardín de la casa, hasta ser sido vencido por el cloro y la soledad en el agua del recipiente, terminando panza para arriba, para posteriormente acabar dentro de un frasco lleno de alcohol en mi cuarto, así como le pasó a la víbora de cascabel que capturó mi hermana Paola, y que permaneció en mi recámara hasta el día en que me casé, cuando AnaP me advirtió, o yo o la víbora. Todavía la extraño.

Cuando aun vivía en casa de mis papás, una tarde nos enteramos de que el papá de mi vecino, quien aun vivía en aquella misma casa, a tres de la de mis papás, murió de una manera trágica, decidiendo él cual seria su último suspiro. No tengo demasiadas memorias de él: un señor como cualquier otro quien nos acompañó aquella vez al club en Xochimilco, concentrándose en manejarnos de ida y venida mientras yo iba, seguro aun en traje de baño empapado en el asiento de atrás alarmado por la ignorancia en cuestiones de la tabla de multiplicar de mi vecino, al tiempo que su papá lidiaba con el tráfico de la Ciudad de México. Ahora que escribo, me acuerdo de la voz del papá de mi vecino, muy grave, de esas que raspan con la garganta al momento de salir, y de su risa contagiosa y fácil, casi como si lo estuviera escuchando aquí a mi lado. Cierro los ojos y lo veo metiendo y sacando su coche (uno de esos gringos enormes) del garaje de su casa, de sus lentes de armazón metálico delgado, o de alguno de esos domingos por la tarde donde el tiempo parecía pasar mas lento, el papá de mi vecino deteniéndose unos minutos afuera de su casa para platicar con mi papá con respecto a las corridas taurinas a las que ya ni uno de los dos iban, pero que ambos añoraban.

Gracias a los esfuerzos de Quetzalcoatl, la noche se transformó en día, y ya pasaron muchos años de lo del papá de mi vecino. Yo no soy nadie para juzgar lo que alguien hace o no con su vida, ni pertenezco a una religión que dicte lo que está bien o esta mal, solo sé que cuando cierro los ojos, todo parece como que fue ayer. La cosa es que el papá de mi vecino ya no está para contar sus historias, ni para repasar la tabla del ocho con sus nietos.

Años más tarde, me di cuenta de que del trampolín mucho más fácil hubiera sido el saltar, el dejarme ir, cerrar los ojos, saltar al vacío. Chance hasta me hubiera gustado. La cosa es que algunas veces se me da bien, como aquella vez en el trampolín, el hacerme invisible, esconderme, convertirme en ajolote.

Aquel día, en el trampolín de tres metros del Club España, después de un buen tiempo me bajé, regresé en reversa por las escaleras, pidiendo disculpas y permiso a todos los clavadistas que me veían con muecas exasperadas mientras se hacían a un lado para dejarme descender. Ya en tierra firme, me escurrí de regreso con mi clan para comer en silencio los sandwiches que mis papás habían colado al club para el picnic. No se habló más del tema. No éramos de esas familias que habláramos de sentimientos ni temores. Seguimos no siéndolo. Nunca más me volví a subir al trampolín, nunca más me forzaron a enfrentarme a esa bestia.

Fuimos socios del Club España quizá por un año. No más. Descubrimos lo que ya sabíamos, que no éramos familia de club. Se dejaron de pagar las mensualidades, nuestras idas al Club España acabaran, la membresía expiró, las credenciales enmicadas se quedaron en el fondo de algún cajón. Creo que ninguno de nosotros en realidad extrañó el ir a pasar el día alrededor de esa enorme alberca, ni de estar comiendo los sandwiches humedecidos, con frijol embarrado, en los jardines a un lado de la cancha de futbol.

Yo, ciertamente, no extrañé el tener que enfrentarme a mi monstruo, aquel trampolín de tres metros.

Claro, siempre aparecen monstruos nuevos. Algunas veces me les enfrento, otras veces, como aquel día en la alberca, o como Axolotl, el hermano del dios Quetzalcoatl, nomás huyo y me escondo.