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  • Miguel Esteva Wurts

Remojando barbas


Ya va a ser noviembre, lo que quiere decir que inicia mi batalla anual con crecerme la barba, porque resulta que acá, noviembre es el mes en que los hombres nos dejamos de rasurar para “crear conciencia” con respecto a los males que afligen a los que nacimos con próstata integrada. El problema es que mi pelo facial opta por crecer a ritmos particulares y propios, cada cacho de piel lleva su pasito. Tengo toda una sección que crece como si yo fuera el papá de Manolito el amigo de Mafalda, mientras que otra parte se cree Xoloescuincle. Es decir, aunque parte de mi cara cree pertenecer a modelo italiano de revista de modas, la mayoría luce cual si yo fuera Santa Claus con sarna.

Con todo y todo, empecé a “no rasurarme” desde los últimos días en octubre, porque como bien dice mi jefe en otro de sus dichos estrambóticos y propios, “hay que ganarle tiempo al tiempo”, y cuando de mi barba se trata, no hay tiempo que perder con esto de “crear consciencia”.

Mi barba es un fiel reflejo de la mezcolanza de mis genes, un potaje de ancestros que han ido y venido, ojos que se han enamorado y cuerpos que se han arrejuntado; de migrantes, exploradores, refugiados, hogareños, aventureros y soñadores. De ambos lados de mi familia de seguro han habido quienes huyeron, quienes se escondieron, y otro tanto que se levantaron y lucharon, y vamos, seguro que muchos hicieron ambos. Una mezcla de mujeres y hombres que han sido bienvenidos a familias o rechazados por ellas, que se han adaptado a tierras ajenas, a comidas que no eran las propias.

Mi familia cercana, empezando por mis abuelos y ahora los de mi generación, somos una familia de migrantes. Mi abuelo materno era un gringo de Colorado, al que se le quemaban sus huesudas nachas por conocer el mundo y terminó enamorándose en México, viviendo en la sierra poblana. A mi bisabuela paterna se la llevaron a vivir a Pornic, en Francia, pero al final pudo más su amor por la tierra mexicana y se regresó con sus hijos, incluyendo a mi abuela. Ese gen de escapar, de ir y venir, lo heredamos, y ahora tengo un montonal de familia que se vino a vivir por acá, aunque otro tanto se quedó, y otros más que se desprendieron más y viven en el Viejo Mundo.

A mis hijos, por supuesto, también los hicimos migrantes con esto de venirnos acá, tratando de romper muros, abrirles el planeta.

Por supuesto que no somos los únicos migrantes: durante la hora de comida en la escuela, mi hijo menor, el de trece años, se sienta con sus cuates en una mesa que es un reflejo de lo que es el mundo hoy en día: un ruso; otro cuya mamá es japonesa; un americano; un americano-mexicano con apellido alemán; y él, un mexicano. Pero definirlos por sus nacionalidades es limitarlos, porque igual los pude haber etiquetado como, uno perteneciendo a la iglesia católica apostólica ortodoxa, otro apostólico católico romano, un judío, un evangelista y uno que es agnóstico, aunque igual, todo puede cambiar conforme crezcan. O bueno pude haberlos catalogado que un par son tenistas, otro es un jugador de futbol y que le va al Barcelona, otro nomás corre porque es lo que le gusta, y otro que juega al basquet. Son un grupo de chavos que son estudiosos, o sea que bien los pude haber encasillado en que a los cinco les gustan las matemáticas, o que son jugadores empedernidos de Fortnite, o que uno toca el saxofón, que un par están en la orquesta escolar tocando violoncello, que uno es una maravilla tocando el piano, que otro es un bailarín, y que otro será como su padre: bailará con mucho gusto y alegría, pero no podrá mas que menearse cual robot artrítico. La cosa es que muy a pesar de que nosotros los intentemos definir conforme a sus diferencias, los cinco son sabios y prefieren elegir sus coincidencias. Perfecto los veo pasando el día riéndose de sus tonterías y ocurrencias.

Esto de definir y así construir muros entre nosotros me vino a la mente porque el otro día me enviaron un video de una señora, norteamericana ella, de esas a las que acá las llaman “soccer moms”, con opiniones muy marcadas, muy duras, con respecto a los transvestis y a los transgenders, es decir, toda una Bolsonaro en su Toyota Sienna, por así llamarla. Esta mujer, la del video, argumenta y vocifera cual si el futuro de la humanidad estuviera en juego por el simple hecho de que hay gente que no es como ella, despotricando a diestra y siniestra en contra de hombres a quienes les gusta ponerse maquillaje y usar faldas, por lo que supongo ha de haber salido muy ofendida del cine al ver la película de Braveheart. Eso sí, al final del video se despide con el clásico “God bless you” y le sonríe a la cámara, porque vaya, no hay que perder el estilo. El mensaje principal, y sí, sí me quede escuchándola los tres minutos con cincuenta y cinco segundos del video, era que la sociedad moderna estaba confundiendo a la juventud actual con tantas locuras y qué pobres niños. Ya saben.

Y claro, siendo como soy, pater familias, veo a mis hijos, enraizándose en un país que no fue donde a mi me toco crecer, y vamos, que quien sabe si será el de ellos, y yo cavilando en cómo es que los estoy confundiendo, porque en principio, no tengo nada en contra de los transvestis. Pero seguro que en algo los estoy confundiendo, y yo aquí, sin tener a quien arrimarme para que me lo defina. Para empezar, pensé, si hablo con mis amigos creyentes, me dirán que confundo a mis críos por no llevarlos a misa, ni los pongo a rezar todas las noches, y en decirles que a mí me ha funcionado el ser escéptico an vez de creer lo que sea con fe ciega. Aunque claro, siendo que tengo amigos de distintas religiones y creencias, cada uno me dirá que los confundo desde ópticas distintas, argumentando cada quien, que su visión es la correcta. Si hablo con mi cuñado o con el pobre de mi amigo Diego, me dirán que los he confundido porque desde que eran chicos, a mis hijos les advertí que en la casa solo había una regla y esa era el no irle al América, porque al final del día hay que tener principios, aunque debo admitir que mi mugre hijo menor traicionó la causa. Otros, como la señora del video, me dirá que los confundo por no condenar a los transvestis. Mis amigos del Edron me dirán que los confundo porque “dejo” que AnaP nos ponga su música de Emmanuel, aunque aquí por lo menos, los tres han demostrado tener buen gusto y andan por el camino del bien en cuestión a sus gustos musicales. Y bueno, si hablo con ciertos vecinos de los que tengo acá, me dirán que el no creer en lo que nos pregona el señor Trump, eso de que la caravana de migrantes centroamericanos está repleta de “bad hombres”, es confundirlos, y que lo mejor es que todos portemos AK47’s para protegernos de esta gente tan mala que duerme con hambre, semi-desnuda, a la intemperie, tratando de cubrir a a sus hijos, que caminará meses para llegar a un sueño, que tuvo que abandonar todo lo que tenían para intentar ofrecerles una vida a sus hijos, y que huyen de gente que los aplasta y mata para ser recibidos por las armas del ejercito norteamericano.

La cosa es que estos cinco adolescentes, mi hijo y sus amigos, optaron, en este mundo tan distinto al que me tocó crecer, en saber que si alguien esta confundido somos los adultos, no ellos. Ellos están seguros en su amistad, de que son cuates, y que si alguien quiere definirlos y catalogarlos y etiquetarlos y construir muros de definiciones a su alrededor, ese es su problema, no el de ellos.

A mi, por lo pronto, ya me pica y me molesta la barba y no sé cuanto vaya a aguantar sin rasurarme, por lo que será la labor de alguien más valiente el “crear consciencia” este Noviembre.


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