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  • Miguel Esteva Wurts

Blackbird


Hasta que Paul nos lo dijo la otra noche, no me había ni puesto a pensar (buey que soy) qué Blackbird, de Los Beatles, se refiere a la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos de los años sesentas. Nos dijo, en su juvenil voz, que la letra de la canción son palabras de aliento para quienes están alicaídos, subyugados, derrotados. Es una canción de aliciente, de apoyo a eventos que ahora parecen pertenecer a una película en blanco y negro, que se perciben muy distantes de lo que ahora vivimos.

Cuando hablo de Paul, me refiero por supuesto a Paul McCartney a quien vi en concierto en Austin el pasado viernes en el ACL. Me fui con Nico, mi hijo de dieciséis años: mecha corta, humor negro, sonrisa fácil. Algo hubo en eso de gritar (yo grito, no canto) y bailar Lady Madonna junto a él mientras me inundaba con los miles de detalles que sabe de música, un conocimiento enciclopédico que me compartió durante la noche, “Pa, no manches, checa... wow, es el ukelele que le regaló George Harrison”, “Pa, esa se la hicieron especial a él, la Les Paul”. Para él las guitarras no son “guitarras”, son Fender, Gibson, Martins o Les Paul, refiriéndose a ellas en tonos reverentes, casi espirituales.

Así, a pesar de que éramos no sé cuantas miles de personas en el concierto, por alguna razón, quizá por el hecho de que había dos pantallas del tamaño de Los Beatles de cada lado del escenario; quizá porque Sir Paul, con su carisma, se detenía entre cada cierto número de canciones a charlar con nosotros; quizá porque llevo escuchando sus canciones toda mi vida; o chance porque Nico apuntaba, emocionado, detalles de la música y de los músicos “Pa, ¿viste? ¿te fijaste?” en especial cuando alguno de los guitarristas o el mismo Paul tocaban algún solo, que el evento tuvo un “feel” mucho más íntimo de lo que uno supondría.

A Paul, nunca lo había visto en concierto, y bueno, mi adolescencia la podría resumir con música de Los Beatles. Los 'O' Levels los estudie con Revolver y Rubber Soul de compañía, tanto que cuando escucho Norwegian Wood, mi asociación automática es con You Won’t See Me, la siguiente canción en el LP. La hora de los Beatles en el (la) radio era una sesión obligada y cuando me enteré de que el papá de El Buca tenía una “set” de esos de Reader’s Digest con la colección completa, se lo tuve que pedir prestado para grabarlos en unos casetes de esos Sony que vendían en los puestos de periódico, aunque tuve la prudencia de comprar el Sony Metálico que era más caro pero que el del puesto me aseguró que era de mejor calidad. Nota al Buca: por medio de la presente pido una disculpa por tardarme tanto tiempo en regresar los discos, pero en el disco 9 se rayó Get Back, por eso, cuando después de semanas los devolví, te compré el álbum de Let it Be, para amainar el potencial coraje. Sorry.

Pero con todo lo que he leído y escuchado y visto de Los Beatles, no sabía que Blackbird había sido escrita para los estudiantes que ingresaron a la escuela en Little Rock en medio de insultos y escupitajos de sus vecinos y compañeros, aun a pesar de estar custodiados por la Guardia Civil norteamericana.

La letra de la canción es muy sencilla, es darle a ese pájaro que solo canta en la noche, ojos para que aprenda a ver, alas para que aprenda a volar, y repetirle, una y otra vez, que solo ha estado esperando este momento para levantarse. En su simplicidad yace lo subversivo, un canto que necesitamos ahora más que nunca porque hacia donde volteemos, hay una crisis humanitaria suplicando nuestra atención.

El otro día un amigo estaba que si la crisis humanitaria en Venezuela era la más grande que jamás se había vivido en Latinoamérica. Por un segundo me distraje y me enfrasque, hasta pensé en sacar números, estadísticas. Lo sé, una tontería ¿qué importa cuál es “la más grande”? Pleito entre gallos para ver quién tiene la carúncula más grande.

Porque en realidad, ¿qué le importa al migrante desplazado y desesperado el tamaño de la crisis en la que está envuelto? De la caravana de cuatro mil inmigrantes hondureños, desplazándose por Centroamérica dirigiéndose hacía acá, la Tierra Prometida, dudo que haya uno que quiera que su destino sea el de todos, él solo busca ayuda de nosotros, sus hermanos.

Igual, ¿qué le importa a uno de los cincuenta millones de mexicanos que viven por debajo de la linea de pobreza (datos CONEVAL) si un fifi como yo discute si su situación es mejor o peor que la que viven en Venezuela?

¿De qué les sirve de consuelo a a las mamás veracruzanas del Colectivo Solecito cuyos hijos, esposos, hermanos, amigos, están dentro de los miles de desaparecidos, esos fantasmas que caminan a nuestro lado sin asustarnos, que nuestra miseria sea mayor que la que hubo (hay) en Cuba?

Tampoco les sirve de nada a las madres cuyos hijos siguen encerrados aquí, en campos de concentración en Texas, el que solo levantemos la voz para apuntar, mira, mira la de allá, la de allá está peor, mucho peor.

Será que aquella crisis tiene nombre y rostro, el del señor Maduro, mientras que en la nuestra es complicado lanzar la primera piedra.

Después de Blackbird, Paul tocó Here Today, en su Martin creo que me dijo Nico, una canción que le compuso a John Lennon después de que lo asesinaron, palabras a un amigo al que nunca tuvo la oportunidad, o el valor, de decirle lo que sentía por él, porque después de todo, somos buenos para tragarnos las cosas, total, las podemos decir mañana.

Ya luego Paul imprimió ritmo y nosotros pulmón: Lady Madonna, Let it Be, Hey Jude, Helter Skelter, Live and Let Die. Yo cantaba y sudaba al lado de Nico, mi hijo en el vértice de convertirse en hombre, ese que se acurrucó a dormir en el asiento trasero del coche de regreso a casa. En algún punto del concierto estábamos tan felices que le di un beso en su cabezota sintiendo en mis labios el sudor de su frente. Para él, la música es su vida, espero nunca la pierda. Lo malo es que ahora solo puedo pensar en todos esos papás, esas mamás, que no tienen tanta suerte porque están ahogados dentro de una de esas innumerables, inútiles e innecesarias, crisis humanitarias, sin poder ni cantar ni bailar a un lado de su hijo, como lo hago yo con mí Nico.

Chance deberíamos escuchar más a los Beatles.


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