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  • Miguel Esteva Wurts

El buen Rey Roger


Descubrimos que después de todo, Roger Federer resultó ser humano. Difícil admisión para quienes a chaleco defendíamos que es hijo de Robocop, pero en este US Open, Federer enfrentó su kriptonita en un australiano, John Millman, quien corrió creyéndose etíope en maratón, forzando a su majestad (Federer) a fallar boleas que ni yo.

Mi familia cambia radicalmente cuando transmiten los torneos del Grand Slam de tenis: la tele alrededor de la cual nos congregamos, cual fogata, permanece encendida la mayor parte del fin de semana. Rog’ (para los cuates), es de nuestros favoritos por todo: su manera de ser fuera de la cancha, y de como deshace sin misericordia a sus contrincantes dentro de ella. Ayer pensamos que sería uno más de esos juegos, uno más en donde parece darle esperanza a su rival, pero que lo fulmina en tres sets. Pero esta vez no fue así.

Federer ha gozado varios años de las mieles del poder en su reinado como el mejor tenista masculino del planeta. Habrá quienes insistan que Nadal, o que Djokovic, pero en realidad, sobre la cancha, Federer es el monarca absoluto, un Luis XIV sin vestimenta con olanes, peluca, ni zapatos de tacón.

El reinado de Federer, como él, ha sido benévolo, un reinado de paz con muy poca turbulencia. El tenis no siempre ha sido así. Recuerdo cuando John McEnroe explotaba cada vez que una pelota era marcada en su contra por un juez, o a Ilie Nastase, aquel rumano que maldecía, vociferaba y rugía, intimidando a quien se le pusiera enfrente.

La tecnología ayudó a ponerles su traje nuevo a los emperadores de la cancha. Ahora, cualquier pelota en duda se aclara con las cámaras. Los berrinches de los tenistas ya no son tanto en contra de los jueces de línea, sino en contra de ellos mismos, y ya no son las madres quienes son recordadas, sino que son las raquetas las que son aventadas en frustración. Los tiranos de antaño se han convertido en jugadores más controlados, los emperadores han tenido que acatar las nuevas reglas.

Casi todos los deportes han adoptado tecnología para que las decisiones arbitrales puedan ser revisadas con mayor calma, evitar así la tiranía de un mal arbitraje o de un jugador berrinchudo. En el Mundial en Rusia, tuvieron el VAR; en el futbol americano, cualquier jugada dudosa se resuelve viendo la repetición instantánea. Es decir, se creó un sistema para balancear las fuerzas en el juego, eliminar el poder absoluto.

Por eso hay que enfrentarse a quien pretenda adquirir el poder absoluto, y empiece a pasarse las reglas por el arco del triunfo.

Me refiero, por supuesto, al gobierno que entrará en funciones en México a partir del próximo diciembre que, cual gobierno autócrata, cuestiona y deshecha lo que se hizo en el pasado sin pensar en que sus decisiones serán igual de cuestionadas cuando dentro de x años (seis… esperemos…) haya una alternancia en el poder, sin preguntarse como será la quinta transformación. ¿El siguiente gobierno dará marcha atrás al tren maya, a la construcción de la nueva refinería, reanudará la construcción del aeropuerto en Texcoco?

Por el momento, me centro en la decisión del líder supremo, ese de quien nuestros diputados lamieron sus partes privadas clamando que es un honor estar con él, de tomar vuelos comerciales en vez de usar un avión privado.

Esa decisión es, en realidad, un experimento con el poder absoluto del que ya goza; es un, si soy impuntual, pues me vale, que se aguanten.

Me choca citar a Trump, pero lo definió bien cuando dijo: “el poder verdadero es -y no quiero usar esa palabra- miedo”.

Lo anterior se desprende de ver la foto del presidente electo junto con Marcelo Ebrard, pasando por el control de seguridad del aeropuerto: el primero contando monedas, el otro desabrochándose el cinturón, imagen que de por sí, deja mucho en que pensar con respecto a esa relación. En principio, uno pensaría que así es como queremos ver a nuestro mandatario, humilde, uno más de nosotros, como esos videos que salieron del primer ministro holandés llegando en bici a trabajar, o donde se puso a limpiar el piso después de haber derramado su café.

Parece lo mismo, pero no es igual.

Cuando estaba en campaña, le preguntaron a AMLO que qué pasaría si el avión comercial en el cual él volaba se retrasaba, y contestó con un jocoso, “pues no llegué, y ya”. Pero la impuntualidad es un privilegio que un mandatario democrático no puede darse, solo se lo pueden dar los emperadores. Es obvio que cualquier junta, reunión, o palenque tendría que ser postergada hasta su llegada, después de todo, en toda probabilidad, nos guste o no, él, por ser quien será, será el VIP, sus puntos de vista se convertirán en proyectos, sus decisiones en iniciativas. Vamos, hasta la misma idea de someter a voto todo, es una iniciativa del él mismo. El decir que "pues no llegué" es una muestra, no de humildad de viajar con nosotros en el vuelo de Interjet 1214, pero de poder absoluto: el poder absoluto de ser impuntual haciendo que todo mundo te espere sin poder quejarse; el decirle a todos que mi tiempo es más valioso que el de ustedes; es avisarles, me tienen que esperar porque aquí son mis chicharrones los que truenan, de mi cuero salen más correas. Es, como lo definió Trump, poder, es el miedo de empezar la fiesta sin el invitado principal, el temor de adelantar discusiones sin quien tomará la decisión. Miedo. Poder absoluto.

Viajar en avión privado para que llegue a tiempo, o no llegue, no es un lujo para un presidente democrático. Si en realidad quiere ser como nosotros, si quiere ser valorado como el cuarto transformador (¿Optimus Prime AMLO?), tendrá que llegar a sus citas a tiempo, no podrá salir con una excusa de, pues ustedes disculparán pero la señora del asiento 14A se le escapó su perrito en la sala de abordaje y hubo que esperar, o ustedes disculparán pero no habían terminado de limpiar del vuelo anterior que llegaba de Culiacán. El hacer esperar a quien sea, empresario, político o a la mujer que va a reclamar el aumento del precio del chayote, con cualquiera que sea la excusa, es ponerle la bota encima.

Por eso un rey como el buen Roger, siempre es bienvenido. Mas que con la raqueta de tenis, no impone su voluntad, no llega tarde, no da excusas. Vamos, no hace esperar a nadie.