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  • Miguel Esteva Wurts

un adios


El día de ayer, AnaP decidió que era un buen día para limpiar casa, y bueno, me tocó estar del lado equivocado de la escoba.

Desde que llegamos acá, habíamos tenido nuestras divergencias. Como todos, supongo. Nada grave, entenderán ustedes, nada que nos arrinconara a decir: aquí acabó todo, ya no funciona, hasta aquí llegamos. No, nada así. Eran cuestiones que se arreglaban, si no fácilmente, bueno, sí hablando, invirtiéndoles tiempo y esfuerzo. Pero este día de limpieza se sentía distinto, final.

Llegó el momento en que algo se rompió, y ya no pudimos arreglarla, nos dimos cuenta de que ya no podíamos hacer nada. Quizá peor aún, ya no queríamos hacer nada para componerla.

No es cosa de ayer tampoco, la teníamos guardada, digamos en la alacena, donde ni la veíamos ni pensábamos que nos estorbaba y, para cuando nos dimos cuenta, resultaba que “necesitábamos ese espacio”.

Admito que todo empezó hace como doce, trece años, y que sí, en efecto, fue mí culpa. La fecha la ubico casi exacta porque coincide de cuando abrieron el Starbucks en la esquina de la casa en La Florida, ese expendio que está en el cruce de Juan Pablo II y Avenida Insurgentes. Era época de lluvias, de esos días que me iba caminando al despacho. Los quince minutos del trayecto son bastante agradables y, hora a la que fuera o viniera, las dos o tres cuadras que caminaba sobre Insurgentes Sur siempre revoloteaban con actividad que contrastaba con la tranquilidad de las calles arboladas de la Guadalupe Inn, a solo unos pasos de la avenida. Esas mañanas después de una noche de tormenta eran las más agradables: el asfalto negro de las calles brillando con humedad; las hojas de los truenos, de la hiedra y de las jacarandas cargadas con rocío; y los cofres y los techos de los coches estacionados todavía empapados, las gotas reflejando el sol de la mañana.

Achaco a que me pesque el vicio por andar sólo. Yo y mis malditos pensamientos. Claro, también hay que aceptarlo, como vicio, tampoco es de los perniciosos, de los que deshacen tus interiores, trituran el alma y destruyen familias. Por lo menos no a corto plazo. Ni tampoco, razonaba, era uno de esos vicios que terminas arrastrando a todas partes, aunque claro, todo termina siendo una excusa con tal de satisfacer a la maldita bestia que tienes dentro. Pero sí es de los vicios que te van corroyendo, poco a poco, haciendo mella de a cachitos, raspando la vida, hasta que en mí, sé convirtió en una necesidad. Así sucedió sin que yo me diera cuenta, pues. Mis paradas para satisfacer a mi monstruo interno, en vez de hacerlas con gusto, como pensé que las hacía al principio, se volvieron obligatorias. Era como un grito para que me detuviera a invertir en algo que al principio hasta puedo decir que me gustaba, pero que al final, se convirtió en una necesidad que me absorbió.

AnaP, siendo mucho más práctica, se dio cuenta mucho antes que yo del problema. Un día, sin rencores, me sentó y me dijo, checate, mostrándome los estados de cuenta donde yo no podía esconderme, no podía evitar el tamaño del gasto que hacía, de la pequeña fortuna que se nos iba por mi necesidad. Sí, era necesidad, y lo tenía yo que admitir. Confrontado y ya sin temor a perderla en ese momento, admití mi vicio. No puedo evitarlo, le confesé. Tampoco voy a decir que hubo lágrimas, porque no era para tanto, pero sí que hubo una choque con la realidad, con mi realidad, que también se convirtió en la de ella.

Pero vaya que ella es mucho más objetiva que yo. Puso el punto sobre las íes, subrayó el problema y lo apuntaló. Yo me hubiera seguido ahogando, así soy. Ella en vez, decidió cortarlo de gajo.

Si no puedes hacer nada al respecto, me dijo, y vaya, a pesar de todo su tono no amenazaba ni mucho menos -en aquel tiempo había más paciencia con mi situación- yo sí que lo haré, concluyó.

Así, ni corta ni perezosa, para mi siguiente cumpleaños me la presentó. Es un regalo, me dijo, para ti… para nosotros. Desde el principio supe que el trío que formaríamos no sería nada convencional, pero, después de todo, yo estaba cegado por mi vicio y pensaba ¿a quién le importa lo convencional, lo mundano, las opiniones de terceros?

Era italiana, ella. Era, y vamos, lo digo sin rodeos, todo lo que un hombre necesita en la vida: las curvas eran perfectas, la suavidad de su trato, sus ruidos, vamos, la textura de su, - ¿cómo llamarlo? - exterior, era casi perfecta. No, miento, ¿que casi ni que casi? era perfecta, una diosa enviada por Júpiter. Y luego, la suavidad con la que hacía lo que hacía, su aroma sin importar la hora del día… por dios, su aroma. Todavía hay mañanas en las que despierto y el cuerpo entero me entra en convulsiones nomás de acordarme de aquel olor.

Los amigos, quienes llegaban a la casa con la mente abierta y dispuestos, todos eran: ¿puedo? y, sin poder aguantarse, se abalanzaban encima de ella creyendo que podían hacerla suya, pensando que si le picaban los “botones correctos” ella se iría con ellos. La boca de esos que probaban sus mieles, aunque fuera sola una probadita, se derretía sin poder creer mi fortuna de que mi Italiana estuviera allí, a mi servicio, y que hubiera sido AnaP quien me la había conseguido.

Cuando pasó la luna de miel con ella -porque siempre hay un periodo de luna de miel cuando uno se enamora ¿o no?- fue cuando empezaron los problemas. De repente, había mañanas cuando ya no susurraba tal como me tenía acostumbrado, en las que se tardaba más en ¿cómo decirlo? calentarse. Era como si mi presencia, mis cuidados, mis palabras, mi amor por ella, no la encausaran lo suficiente. En esos días cuando mi Italiana no me hacía caso, era AnaP quien bajaba y me abrazaba, como tratando de recuperar lo nuestro, antes de que la Italiana hubiera llegado a nuestro hogar. Y quizá eran celos de mi Italiana, pero al verme en los brazos de AnaP de repente se arrancaba, me hacía ver que ella era y debía de ser, la única reina.

Había otras mañanas en las que solo había que hablarle bonito, sonreírle para esperar su respuesta, y ella me entregaba todo su encanto. Ya satisfecho, mis caminatas al despacho las hacía sin esa necesidad imperiosa de detenerme, ya no había ese llamado a desviarme de mi trayecto en pleno Insurgentes, de detenerme y llegar tarde a la oficina, aunque fuera por unos cuantos minutos. Tampoco era que mi Italiana se fuera a sentir celosa si me hubiera detenido por mis andares, no creo, pero yo era, esas mañanas, un hombre completo, saciado, sabiendo que lo que había recibido de ella era algo que jamás podría yo conseguir en un encuentro casual en el camino a la chamba.

Cuando se mudó acá con nosotros, ya se le empezaba a notar el desgaste de los años. Nos lo habían prevenido. Si fuera alemana, nos dijo uno de esos “clásicos conocedores” cuando detectó nuestra dependencia, si fuera alemana otro gallo cantaría. A pesar de que no le quitaba el ojo encima, él continuó: esas sí que no se cansan, hacen de todo, a la que hora que sea, sin necesidad de hablarles bonito ni de estarles recordando lo mucho que las quieres ni las necesitas. Ya callado pero sin dejar de verla, aquel clásico conocedor se alejo, sin duda celoso de lo mío. También alguien nos platicó de las japonesas. Son más sumisas, nos dijo con una voz que burbujeaba lujuria, hacen cosas que ni te imaginas.

Pero para cuando nos mudamos acá, había mañanas en que pensaba que ella me veía con franca desidia. Flojera, inclusive. AnaP me decía que no le hiciera caso, quizá ella, AnaP, también ya cansada de tener que soportar a la Italiana, a pesar de que yo sabía que entre ellas igual había algo, una relación en la cual yo no era partícipe, pero bueno, soy un hombre de mi época y tampoco es que eso me cause mucha conmoción. Después de todo, aunque AnaP fue quien la encontró, desamparada y solitaria, fue mi vicio el que había traído a la Italiana a casa.

Las cosas empezaron a ya no funcionar como debían. Algunos días, desesperado yo, salía a trotar por mis antiguas andanzas, esas que pensé haber abandonado en el DF. Ya no era en Insurgentes, por supuesto, pero igual, encontre un lugar cerca de la casa donde podía yo conseguir lo mismo que en mi trayecto a la oficina, solo que pagando en dólares, y ciertamente no con la misma sonrisa, porque vamos, esa es una cuestión en la que todos coincidimos, en que el servicio en México es mucho más amable que el de acá, que ni que.

Claro que no nos dimos por vencidos con la Italiana. Donde hubo fuego, nos recordaba el refrán. A pesar de las dificultades, un amigo se la llevó a México, a que se tomara unos días de descanso, a estar con los suyos, a restablecerse, hacerse una limpia, o, como venía escrito en la nota que nos presentó toda jocosa a su regreso que decía que fue a darse “su servicio”. Y la verdad es que regresó bien, de buenas, aunque muy en el fondo, todos sabíamos que su felicidad, nuestra felicidad, duraría solo un tiempo, que a nuestro ménage-a-trois ya le quedaba poca vida. Pero igual, disfrutamos todos de esos días que para mí fueron como regresar a los veranos de cuando era niño. Ella, mi Italiana, volvió a ocupar su sitio en nuestro hogar, y durante ese periodo, recuperó su lugar entre nosotros. De nueva cuenta nos sonreíamos y lo primero que hacía yo al bajar en las mañanas era el satisfacerme con lo que ella, de buena gana, me ofrecía. A mí y a AnaP, a los dos nos recibía y los dos empezábamos nuestro día con ella, saciados, ayudándonos a enfocar al día que comenzaba.

Pero como dije, un día algo hizo crack. Y hasta allí llegamos. Es ella o yo, me advirtió AnaP, la madre de mis hijos, mi compañera, y como dice el poema, mi norte y mi sur. La decisión por tanto, no fue fácil. Dejó de existir la ilusión de que llegaría el día en que podríamos componer todo, volver a ser igual de felices los tres. Es complicado, las cosas cambian, las piezas se desgastan y por más que uno intente, ya nada vuelve a ser lo mismo. Inclusive cuando todo volvió a deteriorarse, la tuvimos aquí por mucho tiempo, ella arrinconada, aunque bien que la aguantamos aun cuando solo era un armatoste, un estorbo para nosotros, cuando ya no nos daba nada de lo que buscábamos, de lo que queríamos, de lo que necesitábamos.

Allí estaba ayer que hicimos “la limpieza veraniega de casa”. Arrumbada. Ayer nos despedimos de ella, y nuestras lágrimas eran más de la añoranza a lo que alguna vez fue, que de cualquier otra cosa.

Ahora tenemos una de filtro. De esas que solo hacen un americano: no muelen el café, ni hacen ni exprés, ni latté, ni capuchino. Nuestra nueva cafetera es práctica, es útil, es gringa, es de esas de goteo y la compré en el Target por veintinueve dólares con una garantía de noventa días, y a pesar de que es cumplidora, sé que de vez en cuando tendré que escaparme por una de verdad, de esos que satisfagan mi necesidad por una buena taza de café, tal como me las preparaba en mi cafetera italiana.


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