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  • Miguel Esteva Wurts

La Malinche


Fue Pedro quien empezó con eso de llamarla “Oswaldo”.

Oswaldo Sagástegui era el monero del Excelsior, de allí saco Pedro el nombre, aunque no sé cual era la conexión que hizo entre ella y ese apodo, o si solo la bautizó así porque sí. Bastaron solo unos días para que todos en el salón la estuviéramos llamando Oswaldo, esperando a que explotara. Pero no sucedió, nunca se enojó, aceptó el mote con una sonrisa y siguió como si nada. Estábamos en sexto año de primaria, éramos los decanos de la escuela, faltaban un par de meses para finalizar el año, para que nos esparciéramos a nuestras respectivas secundarias alrededor de la ciudad de México, y nos sentíamos dueños de ese derecho, de poder llamarla Oswaldo. Era buena onda la maestra, Miss Martha, y no pareció importarle el que una bola de rufianes de doce o trece años la apodaran Oswaldo, no por los pocos días que quedaba de clases, esas últimas semanas en la escuela.

El colegio tenía dos salones de clase por cada grado, el “A” y el “B”. Desde la prepi a mi siempre me habían asignado al “B”, y nunca había compartido el mismo salón de clases con Pedro. Supongo que los poderes fácticos de la escuela habían tenido cierto temor en juntarnos, visualizando el terror que entre dos primos hermanos podíamos sembrar. Pero llegado sexto año de primaria, el alto mando relajó sus controles y nos juntó. La escuela sigue en pie, o sea que asumo que los destrozos que causamos como criminales infantes no fueron los suficientes como para colapsar las instalaciones educativas. Aparte, y cabe mencionarlo, al momento en que llegamos al último año de primaría, éramos, Pedro y yo, de los más chaparros del salón, la pubertad todavía un sueño poco probable en nuestra existencia. Los compañeros no solo nos sacaban una cabeza, sino que para muchos, para cuando sonaba la chicharra de las tres con cinco de la tarde, ya tenían que rasurar su “three o’ five o’clock shadow”, para luego irse de martinis y prepararse para su salida nocturna. Pedro y yo éramos un año menor que la mayoría, y mientras los demás analizaban el Kama Sutra de la biblioteca escolar, nosotros intercambiabamos Matchbox y Hot Wheels. Exagero por supuesto, el Kama Sutra no estaba en el acervo bibliotecario de las monjas.

Ignoro el porqué decidieron las monjas californianas, cuyo modelo de disciplina fue implementado años más tarde en Alcatraz, mezclar al alumnado en sexto año de primaria. Yo fui a dar dentro de un grupo de compañeros con los que no había compartido una sola clase durante toda la primaria, pero cuyos nombres e historias mi primo barajaba y dominaba, y que yo solo conocía de vista durante recreo y la clase de educación física. Escuchar las historias que contaba Pedro con respecto a ellos, solo incrementaba su leyenda, convirtiéndose, a mi ver, en gigantes míticos: Ortega y sus calificaciones; José Eduardo y sus hazañas. Yo los veía durante recreo, por supuesto, pero llegar a conocer a alguien en ese periodo, no era fácil. Aquella media hora que nos dejaban salir del salón de clases no era un momento de meditación, contemplación o encuentros intelectuales: los más de doscientos niños de todas las edades jugando catorce partidos de futbol al mismo tiempo, compartiendo el patio con veintidós grupos de niñas saltando cuerda o jugando al resorte y el resto jugando al “White Horse” hacía cualquier tipo de conversación imposible. El “White Horse” era un juego en donde los participantes corrían, cual caballos desbocados, de un lado al otro del enorme patio del colegio tratando de esquivar a sus contrarios, a los balones, a los resortes de las niñas y a los dos o tres despistados que caminaban sin rumbo ni destino durante recreo. Lo importante durante ese periodo de supuesto descanso era el tratar de no terminar cual sandwich olvidado, embarrado en las bancas rectangulares de cemento que estaban empotradas en el patio de asfalto. Por suerte, alguna de las monjas californianas tuvo la previsión de pintar las bancas en color naranja, que según dicen los entendidos, es un color que conduce a la tranquilidad justo antes de la muerte.

Yo era de los que perseguía la pelota y jugaba futbol. El verbo “jugar” lo utilizo porque no sé conjugar el verbo “másbienmequedabaviendo” que era lo que yo hacía de manera espectacular. Mi excusa para ser tan malo para el fútbol era que jugaba beisbol, pero la verdad es que siempre sobresalí en la disciplina del tropiezo individual y era un astro en ser de los últimos en ser elegidos a ser parte del equipo cuando se hacía el de tin marín. Era de los que me quedaba boquiabierto cuando pasaban Eduardo o Roberto corriendo cual Speedy Gonzalez en crack, el balón pegado a sus pies, driblando cual Messi y chutando cual CR7. Como dicen los comentaristas, yo “trabajaba” el mediocampo, donde mi presencia era de lo menos dañina, tratando de ignorar los gritos de “deténlo” de ya fuera Eduardo o Roberto, sin moverme para no arriesgar mi integridad física. Lo mejor era el ver los cañonazos, de Eduardo o Roberto, chocando en contra de las puertas de lámina negra que servían de portería para varios de los partidos que se jugaban al unísono en el patio. Pedro la hacía de “La Araña Negra” Lev Yashin, pero por más que se aventara, arriesgando rodillas y pantalones (mi tía hacía más corajes con los pantalones, estoy seguro), poco podía hacer para evitar que los tiros de Eduardo o Roberto retumbaran en el ya de por si abollado portón.

Para mí, la hora de recreo por lo menos no era tan nefasta como la clase de “Educación Física”, donde no había manera de quedarse platicando ni de esconderse. Durante recreo podía yo estar parado y patear la pelota alejándola cuando rodaba por mis rumbos, no fuera a ser el que tuviera yo que chutar o a tratar de driblar a alguien, cosa que era igual de factible que el que yo metiera un gol. Pero la hora cuando salíamos a la maldita clase de “Educación Física” era un auténtico suplicio. El término “buli” aun no se había descubierto, pero yo, con mis shorts blancos abultados, mis lentes de armazón de plástico rotos, mis zapatos tenis “Panama”, y mis piernas de mueble escandinavo, hubiera servido como muestra de “niño quien debe de ser, y merece ser buleado”. Esos martes y jueves en la mañana, el ponerme los pantalones encima de los shorts a sabiendas de que se iban a achichorranar y quedar cual pañal, era un viacrucis que no tenía paralelo en mi vida. Para mi eterna desgracia, eso de las contingencias ambientales llegó mucho más tarde al lingo citadino y, a menos de que Tlaloc me la hiciera buena, no había poder humano que detuviera nuestra mentada clase de “Educación Física”.

Pero por lo menos, aquel suplicio no sucedía a la hora de recreo.

Fue durante esos recreos donde primero platiqué con José Eduardo. No recuerdo si era mejor o peor que yo para jugar futbol, o si corría menos lento que yo o no, pero de repente, en ese inmenso patio de asfalto y por lo menos de vez en cuando, había alguien que se detuviera unos segundos a platicar conmigo, en espera de que la chicharra, y la voz punzante de la Miss Julieta rugiera a través de los altavoces, avisándonos que había que recoger basura del patio antes de marchar de regreso a clase a terminar de estudiar los siempre cautivantes copreteritos.

Pero, igual que como me sucedió con mi primo Pedro, no fue sino hasta ese último año de primaria que compartí salón de clases con José Eduardo. Aparte de las gemelas que atiborraban a las maestras y al salón entero con sus historias de sus viajes de vacaciones, nunca había visto yo a alguien de mi misma edad con una verborrea tan fluida y extensa. Ni el ligero ceceo, ni el hecho de que a José Eduardo le faltaban un par de dedos en una de sus manos, cercenados en algún momento de su infancia, lo detenía al denunciar, reclamar, declamar, informar o comentar lo que él considerara trascendente. De sus dedos, o más bien, de la falta de los mismos, circulaban todo tipo de rumores de como se los había rebanado: que si un cuchillo eléctrico, que si con un hacha, que si de un portazo. Aquella falta de dedos, servía como advertencia para todos los demás de no andar jugando al leñador canadiense, aunque creo que a esa edad, José Eduardo usaba esos dedos faltantes para ensalzar su leyenda.

Hay por supuesto, muchas cosas que nomás ya no te tragas tan fácilmente a los doce años, que a los diez escuchas con ojos y boca abierta. Las increíbles historias que contaban las gemelas en cuarto año de primaria, de repente ya no hacían sentido para cuando eres ya un estudiante maduro de los de sexto. Los cuentos por lo tanto, fueron virando hacía lo que platicaba José Eduardo, hablando con ese ligero ceceo que envolvía despacio, como que escupiendo la mitad de las palabras, y dejando la mitad de lo platicado sobre del escritorio. Pero nosotros no éramos los únicos que escuchábamos en silencio y en admiración lo que nos decía, sino que la maestra, Oswaldo, también se dejaba enredar con la historia que platicaba o los argumentos que usaba. Lo que hacía más creíble sus cuentos era que las calificaciones de José Eduardo siempre estaban dentro de las más altas en el salón.

Fue en el transcurso de ese año que mi papá trajo a la casa los libros de fotografías de Gustavo Casasola “Historia Gráfica de la Revolución Mexicana” que porque el del piso de arriba de su despacho en la calle de Tuxpan en la colonia Roma, los estaba comercializando y se los había ofrecido. Eran seis tomos, con portadas de pasta suave en distintos colores, y cada uno de esos tomos se centraba en la historia y las fotografías de seis distintos personajes de la Revolución. Las fotografías, en blanco y negro, estaban en orden cronológico, e incluían fotos de los soldados de cada ejército, de las Adelitas, del campo, de los trenes, y por supuesto, del revolucionario, incluyendo, en varias instancias, fotografías del cadáver del héroe plagado de balas o en su lecho de muerte. Esos libros de Villa, Carranza, Zapata, Madero, Porfirio Díaz y Alvaro Obregón ocuparon para mi, durante mucho tiempo, un espacio importante de mis lecturas vespertinas. Lo que más me llamaba la atención eran las fotos donde había fusilados o colgados, o las fotos de los héroes perforados con quien sabe cuantos balazos, la sangre que bien podía ser confundida con lodo en aquellas fotografías en blanco y negro, salpicando la camisa blanca del revolucionario. Hay fotos que se me quedaron pegadas en la memoria, como la del cuerpo de Pancho Villa, acribillado, rodeado por un fuerte contingente de su escolta, todos posando para la posteridad con cara de susto, sabiendo que su destino seguramente sería semejante al del mismísimo Centauro del Norte. Entre todos los revolucionarios, mi favorito era Venustiano Carranza por la simple razón de que lo habían acribillado en el pueblo de Tlaxcalaltongo, en una choza que quedaba a pocos kilómetros de donde vivían mis primos en la sierra poblana. Esos tomos de la Revolución los arrastraba yo por toda la casa para hojearlos y estudiarlos una y otra vez. Así como ahora veo a mi hijo menor yéndose a acostar con su libro de ciencias, yo igual me metía a la cama admirando las fotografías en esos libros, tratando de absorber cuanta información podía, intentando encontrar la bala que había matado al revolucionario.

Por supuesto que ya se me olvidó prácticamente todo lo que aprendí en aquella época, pero en sexto año de primaria, yo sabía todo con respecto a la Revolución Mexicana. No nada más sabía el contenido completo del Plan de Ayala, sino que también sabía el nombre de los testigos quienes habían estampado su firma en el documento, así como la hora del día en la que había sido firmado. Por eso, cuando Miss Martha nos puso un examen de “Verdadero / Falso” de diez preguntas sobre la Revolución Mexicana, no había manera de que yo me sacara menos que un diez cerrado. Vamos, si me hubieran preguntado el nombre del caballo del lugarteniente de Pancho Villa, hubiera incluido hasta el apodo del animal y hubiera incluido el árbol genealógico de la bestia.

Por eso, cuando nos regresó el examen y vi un nueve, se me cayó la panza, que, dicho sea de paso, no era ni la sombra de lo que es ahora mi barriga. «Imposible» pensé. Revisé la pregunta marcada como equivocada una y otra vez, las manos sudadas, la piel fría. Hay pocas cosas de ese año escolar de las que me acuerdo con precisión, pero esa pregunta la tengo tatuada en alguna parte de mi cerebro y probablemente será lo último que vea flotar por mi mente antes de dar mi último suspiro. “¿El General Lázaro Cárdenas participó en la Revolución Mexicana? Falso / Verdadero”. Así estaba redactada la pregunta. Más sencilla no podía ser. Y yo sabía, Lázaro Cárdenas, Presidente de México entre los años 1934-1940 y obviamente más conocido por la expropiación petrolera, la reforma agraria y darle la bienvenida a los refugiados españoles, por supuesto que había participado como miembro y con algún grado militar en el Ejército Constitucionalista bajo el mando de Venustiano Carranza, más específico, en el batallón comandado por Álvaro Obregón. Yo por supuesto, había marcado la respuesta como “verdadero”, no es como si me hubiera equivocado y lo hubiera marcado como falso. Allí estaba, en mi puño y letra, mi círculo marcado sin titubeos en tinta azul que marcaba mi respuesta. Verdadero. En mis libros de Gustavo Casasola estaba la evidencia, las fotos de Lázaro Cárdenas, metido en el ejército de Obregón. Fue verdad que participó en la Revolución. No podía yo creer que mi maestra, Oswaldo, la hubiera marcado como equivocada.

Esa tarde, llegué a mi casa arrastrando mi nueve como si hubieran rechazado mi tesis de Harvard.

«Ve con ella y quéjate y que te suba la nota» me dijo mi papá al verme cabizbajo, «llévate el libro». Pero claro, hacer eso implicaba el echar de cabeza a todos mis compañeros que habían marcado “falso” esa pregunta, asumir que les bajarían la nota, e implicaba el quejarme con la autoridad, y aunque a Mis Martha la llamásemos Oswaldo, aun era la autoridad y eso de las quejas con la autoridad no eran mi fuerte.

Al verme vacilar, mi papá fue implacable. «O le dices tu, o acepta que Cárdenas no participó en la Revolución y que la maestra sabe más que tú. Como quieras» me dijo. Antes muerto que aceptar que un error de esta magnitud se fuera sin corregir, pensé, inadmisible el permitir que una equivocación de esta envergadura no fuera enderezado.

Así pues, armado con el valor que da el miedo, me lleve el libro de fotografías del tomo donde aparecía Lázaro Cárdenas dirigiendo un pelotón militar, bien inmiscuido en el pleito revolucionario, para yo poder demostrar mi punto y sacarme el diez que no nada más era mi derecho, si no que una obligación para poder presumir mis conocimientos ante mis compañeros. Me podrían haber dejado en la lona a la hora de futbol, pero en trivia de la Revolución Mexicana, yo era el master, el buli.

Al día siguiente llegue a la escuela, aferrando mi portafolio Samsonite verde clarito de pasta dura y que llevaba meses sin poder cerrar bien de tantos papeles que iba yo acumulando allí dentro desde el comienzo del año. Allí metido dentro, entre mi compás y mi regla de madera desdentada de múltiples batallas de reglazos que invariablemente perdía contra quienes peleaban con su regla de metal, estaba el tomo del libro de fotografías de Álvaro Obregón, la página con la foto de Lázaro Cárdenas comandando un pelotón, marcada con una tira de papel periódico. Cual abogado llegando a la corte en película gringa, deje mi Samsonite verde de pasta dura sobre mi escritorio con autoridad y decisión, después de haber dejado mi lonchera de metal abollada y con imágenes del Apollo 13 a la entrada del salón, y esperé a que llegara Oswaldo para poder reclamar y demostrarle su inadmisible error.

Con ese mismo ímpetu, saqué el libro que me reivindicaría y lo deje encima de mi escritorio.

José Eduardo, quien seguramente deambulaba por el salón en búsqueda de no sé que, lo tomó de mis manos y lo empezó a ojear. «¿Le vas a decir?» me preguntó, intuyendo de antemano el porque era que yo había traído ese libro a la escuela, «porque yo sí» concluyó.

Resultaba que, a pesar de que no venía armado con el mismo libro de fotografías, José Eduardo, quien evidentemente tenía esa misma vena nerd que yo cuando de la Revolución Mexicana se trataba, había sacado ese mismo nueve que ardía, sobretodo sabiendo de que la maestra estaba equivocada. De la Revolución Mexicana no había mayor autoridad dentro de ese salón de clases que nosotros y para cuando llegó Miss Martha / Oswaldo, ya estábamos preparados.

Yo no argumenté mucho, más bien, me quede parado observando como reclamaba José Eduardo, apoyándolo únicamente levantando el libro para enseñarle la foto en donde salía fotografiado Lázaro Cárdenas, sudoroso y polvoriento, en medio de un contingente de revolucionarios. Sentía yo las miradas del salón entero, observándonos pasmados, probablemente mentándonos madres viendo como su calificación bajaba un punto. Claro, lo que no percibimos, ni José Eduardo ni yo, fue que Miss Martha no podía aceptar su error tan fácilmente, no podía admitir su equivocación enfrente del salón entero, permitir que sus pupilos vieran que ella, la autoridad máxima, había cometido un error que a nuestro punto de vista, era tan contundentemente garrafal.

Al final del día, supongo que cansada de escuchar argumentos y ver la misma fotografía en blanco y negro que yo le ponía enfrente de sus narices, Oswaldo nos subió el punto. Las palabras de José Eduardo y la evidencia que yo había llevado, la había doblado. «Anda» nos dijo «tráiganme sus exámenes y aquí mismo les pongo el diez» y, para no perder autoridad ante el resto de los compañeros, agregó «pero tienen que admitir que su participación en la guerra no fue tan importante como lo fue su presidencia». José Eduardo y yo nos sonreímos. Habíamos triunfado. Regresé a mi escritorio con mi diez, mi redonda calificación de dos dígitos.

Compartido, de acuerdo, pero fue mi primer triunfo jamás en un argumento con un adulto que no fuera familiar mío y que no involucrara el obtener dulces. Compartido, ciertamente, y fui en realidad, un simple apoyo a los argumentos y a la labia de José Eduardo. Aunque él no lo vio así: «Que bueno que trajiste el libro» me dijo, «no lo logramos sin esa foto». Pero hubo algo, ni muy grande ni muy trascendente para la historia de la humanidad, que en mí cambio en ese momento, cuando Oswaldo tachoneó el nueve y marcó mi examen con un diez cerrado y cuando José Eduardo me agradeció por el apoyo, como si me hubiera dado el crédito por disuadir a la maestra. Hubo algo en lo que dijo, en como me lo dijo, que me hizo regresar a mi escritorio bastante más seguro de mí mismo. Ya no me acuerdo sí era día de educación física, pero la siguiente vez que salimos al patio en shorts blancos, ya no me sentí como presa marcada con círculos rojos concéntricos, y quizá le respondí a mis opresores de alguna manera en que nunca lo había hecho y, a partir de ese día, quizá con el apoyo de José Eduardo, o quizá bajo su ala, o quizá simplemente por el hecho de que habíamos argumentado media hora enfrente del salón dejando a la pobre maestra exhausta, que me empezaron a dejar en paz en esa clase de “Educación Física”.

A pesar de eso, José Eduardo nunca fue de mi círculo de amigos cercanos pero después de ese día nos saludábamos, conocedores de nuestra victoria, con un respeto y admiración mutua nacida del fragor de esa épica batalla, saboreando entre nosotros y en silencio ese triunfo sobre la maestra.

No estoy seguro de que el sé hubiera dado cuenta de que nuestro pleito, no solo nos había subido la nota, pero igual me había servido para saber que no tenía que aguantar a mis opresores durante la clase de “Educación Física”.

Un par de meses más tarde, nos graduamos de sexto, tuvimos una ceremonia en St. Patrick’s a un lado de la escuela, evento del cual solo tengo un recuerdo borroso, un par de fotos con Pedro y Freddy, y una vaga memoria de que hubo un conato de bronca. Pero no me acuerdo de nada más. En aquella foto, nuestros ojos son una combinación entre llanto y Carpe Diem. No me acuerdo si me despedí de José Eduardo cuando terminó la ceremonia, aunque en realidad, a esa edad, no piensas en que van a pasar años sin volver a verte, o sea que no sientes que haya una necesidad imperiosa de despedirte. Pero él, como casi todos los compañeros de primaria, se fueron a una secundaria en el norte de la ciudad y yo me fui a una por nuestros rumbos, una que quedaba a cinco minutos caminando de la casa. Alguien hizo una reunión unos años después, cuando yo tenía como quince, pero ya todo fue distinto. Allí estuvo José Eduardo, siempre presente en todas las reuniones que se hicieron después, ruidoso, dicharachero, argumentativo. Aun así, nunca nadie pensó en que pasarían otros tantos años antes de volver a reunirnos. Hace como diez años, nos volvimos a juntar los de la primaria en una cena organizada por Mónica. José Eduardo estaba allí: alegre, alborotador, inquisitivo, opinando de todo, con todos y por todo. En fin, era el mismo del que me acordaba en ese salón de sexto año de primaria que compartimos. Ya cenados, se cerró el círculo, tratando de acordarnos de como éramos y fue cuando alguien sugirió el que deberíamos compartir nuestro mejor recuerdo de la escuela. Uno por uno, todos fueron recitando. Cuando fue mi turno, me acuerdo perfecto que José Eduardo jaló su silla un poco hacía adelante y dijo «yo quiero escuchar la de Miguel» quizá anticipando que contaría de nuestra batalla épica para sacar aquel diez en ese examen de la Revolución Mexicana. Pero yo, siendo yo, me despiste y conté alguna otra anécdota que nada tenía que ver y que simplemente me sacó del paso. Terminada la velada, nos despedimos y alguien dijo que deberíamos de juntarnos más seguido. Hace un par de años, José Eduardo vino a Austin y cenamos con Mónica y Melissa en un lugar donde sirven wafles con pollo frito, todo mezclado en un mismo plato. Platicamos de todo, repasamos que estaba haciendo cada quien, contamos algunas anécdotas escolares, pero de lo que para mi fue mi batalla memorable de sexto año de primaria, de esa no dijimos nada. Aun así, me dio mucho gusto el verlo, tratando de detectar el ligero ceceo del que me acordaba en su hablar durante primaria. Ya entrados en cervezas, me resolvió el misterio de como se había cortado sus dedos. Como buenos chilangos, quedamos de vernos, de comer alguna otra vez, y hasta allí quedamos.

Según lo que me cuenta un amigo que es escalador, el asenso a La Malinche no es complicado. «Es una caminata, un trekking muy sencillo» me explicó, «no es complicado para nada, un niño de cinco años sin problemas lo puede subir. Solo hace falta poner un pie enfrente del otro y llegas». Hace un par de fines de semana, estaba yo con mi esposa en el Home Depot cuando recibí un texto del grupo de compañeros del colegio. «Murió José Eduardo» decía. Luego supimos que se desvaneció subiendo La Malinche. Me imagino que algo vendría argumentando, o fotografiando algo, o simplemente disfrutando el día, y en uno de esos pasos, en uno de esos en donde solo pones un pie delante del otro para llegar a la cima, su corazón decidió detenerse. Así nomás, ya no le dio tiempo a ningún otro comentario, a ningún otro argumento, a ninguna otra sonrisa. Se desvaneció allí, subiendo La Malinche, en Tlaxcala. No le dio ni tiempo de decir adiós a todos quienes lo quisimos como amigo. No me dio tiempo de darle las gracias.


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