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  • Miguel Esteva Wurts

Tres veces seis


Este domingo pasado, mi hijo mayor cumplió dieciocho años de edad. Aun a pesar de que nos advirtió de que no quería que le cantáramos las mañanitas, nos valió bolillo y se las cantamos así, tres veces ese día. La última fue como a las nueve de la noche, solo nosotros en petit comité (Chorizo, nuestro perro, dormía, no cantaba) para partir un pastel de tres leches que es el que le gusta, y que habíamos comprado esa mañana en el súper en donde aprendí que acá igual se le conoce como “pastel de tres leches” excepto que lo dicen con acento gringo, y que también lo venden en vasos de plástico, como si fuera raspado.

El tiempo vuela. Aun la veo, como si fuera ayer, la neblina matutina desprendiéndose del asfalto ese sábado en el que salimos muy temprano rumbo al Hospital Español en mi Jetta azul, ella y yo solos por última vez. El ginecólogo, tratando de verse muy “acá”, incluyente, y moderno nos había advertido que “nuestro trabajo de parto” iba a ser largo, por lo que llegamos con revistas y un libro para la espera. Ajá. En realidad, mi presencia en todo el evento fue innecesaria, mi participación se limitó a asomar la cabeza del cuarto y gritar “enfermera” cada vez que la cara de mi mujer se contorsionaba de dolor, y la verdad es que hubiera yo aprovechado mejor mi tiempo disfrutando la siempre ingeniosa programación televisiva de los sábados en la mañana, que el estarle sobando la cabeza a mi mujer que lo último que quería en ese momento era el tener a alguien sobándole la cabeza. Pero bueno, por alguna razón, la profesión médica, en un arrebato de sadismo y en contra de miles de años de evolución humana y animal, decidió que a los papás había que meterlos en las salas de parto a la de la fuerza, así, sin servi-bar ni tele, quesque en “pro” de la unión familiar.

En realidad, no sé si el estar allí, ver todo lo que vi (que no detallo aquí por respeto a quienes están a la hora del taco) unió más a la familia. Solo sé que la sala de expulsión del Hospital Español de hace dieciocho años, tenía una semejanza extraña con la carnicería de Don Carlos, donde, cuando éramos niños, mi mamá nos mandaba a comprar el kilo de bistec, que el carnicero, Don Carlos, envolvía en un papel de estraza que no evitaba el que la sangre de la carne se escurriera en el camino de regreso a la casa y que manchara el papel periódico en donde venían envueltas las tortillas que comprábamos en la tortillería que quedaba en camino.

Aquella mañana, era obvio que mi hijo estaba muy cómodo in utero y que, él por él, se hubiera quedado allí hasta la semana pasada. De las seis de la mañana a las tres de la tarde lo esperamos, pacientes, viendo hasta cuando dignaba asomar la cabeza. No fue sino hasta que el doc, quien seguro tenía boletos para Menudo esa tarde, decidió inyectarle oxitocina a mi mujer quesque para acelerar el trámite, pero que lo único que provocó por el momento fue que ella devolviera el estómago obligándome a ejercer mi brillante trabajo de gritar “enfermera”. Cabe agregar que mi participación, ejemplar hasta ese momento, debió haber merecido cuando menos una cerveza. Eventualmente la oxitocina surtió efecto, porque lo siguiente que me acuerdo es el estar ataviado de doctor, dentro de esa sala de expulsión que lo único que faltaba para convertirse en la carnicería de Don Carlos era el calendario en la pared con una “Miss Mayo” en plena labor de parto a un lado del rollo de papel estraza, ese que Don Carlos cortaba con una destreza envidiable para envolver la carne.

En mi inocencia pre parto, imaginé los partos como en esas películas en blanco y negro de los cincuenta: el papá esperando afuera de la recámara, fumando, whiskey en las manos, su acceso al cuarto obviamente prohibido. Dentro de esa recámara hay un par de enfermeras, vestidas de blanco, cofia bien colocada, rostro afable y con ligero aroma a alcohol etílico; la participación paterna limitada a entregar una cubeta con agua caliente y unas toallas limpias. La siguiente imagen por supuesto, era la del papá cantándole canciones de cuna al bebé a un lado de la sonriente y bien maquillada madre. Ajá. Jamás imagine estar en la carnicería, dos doctores, hombrones ambos, sudados, trepados encima de mi mujer, bufando, empujándole la panza, obligando a la criatura a salir, las enfermeras girando con cara de preocupadas, y la pediatra, mi hermana, esperando a que los doctores extirparan al bebé como si se tratara de desenterrar un tesoro. Repito, mi hijo estaba muy cómodo flotando en su líquido amniótico, y él por él, hubiera jalado a sus cuates para una partida de póquer en vez de tener que presentarse en esa escena Dantesca.

Haya sido por berrinche de haberlo sacado en contra de su voluntad, o como alegaron los médicos, “es que el bebé estaba tan cansado”, que a mi primogénito le costó mucho trabajo el empezar a respirar. Ya finalmente fuera, en esa horrible sala de partos, mi hermana, la pediatra, lo sostuvo en una de sus manazas (el tamaño de las manos de mi hermana fueron motivo de leyenda en la prepa) y con la otra le metía unos tubos por la garganta para provocar la reacción de respirar en el bebé, cuya piel pasó por una gama de colores que a la fecha solo he vuelto a ver en la piel del actual mandatario norteamericano. Excepto por mi hermana repitiéndole en susurros «ándale baby, respira» todo era silencio en esa sala.

Cuando finalmente chilló, todos respiramos tranquilos.

Es complicado describir los sentimientos que como papá sentí al momento en que finalmente chilló, las enfermeras lo limpiaron y envolvieron, y mi hermana me lo pasó para que lo cargara por primera vez. Todo eso que dicen, de que si el orgullo, la felicidad, y que la manga del muerto de cuando uno carga a su hijo por primera vez, bueno, pues de todo eso, yo no sentí nada. No sentí nada cuando le vi su cara arrugada de Winston Churchill por primera vez. No sentí nada cuando se retorció en mis brazos con coraje y se lo pasé a su madre. Nada. Quizá fue porque mi esposa estaba desangrándose a un lado, lívida, adolorida y cansada, o el haber visto todo el esfuerzo que tanto mi hermana como mi hijo hicieron para arrancar esa primera aspiración de aire, o por las miles de emociones y sentimientos que ya había tenido durante ese día. No sé. Pero en ese momento, cuando lo sostuve por primera vez, no sentí nada.

El tiempo y los años vuelan. Cuando nació mi hijo, estábamos en vísperas de las elecciones del 2000, las que eventualmente ganó Vicente Fox. Aquel 3 de julio, cuando amanecimos con la noticia de que había ganado el PAN, de que finalmente parecía nos habíamos deshecho para siempre del PRI, en el país se respiró un ambiente distinto: todos sonreímos, nos sentimos orgullosos y contentos de haber barrido con esos setenta años de esa dictadura light de un solo escobazo. Todo se convirtió en posibilidades esa mañana. Todo sería distinto. Todo lo malo: la corrupción, la pobreza, el PRI, se convirtieron en problemas del pasado. Vislumbramos juntos un nuevo país, en donde habría justicia, equidad, libertad, donde todos los niños aprenderían a leer y a escribir y de que todos tendrían las mismas posibilidades y derechos.

Pero como unos tacos echados a perder, los males en el país allí permanecieron, se fermentaron, burbujearon, hasta que de repente nos dimos cuenta de que habíamos sido timados, de que los que llegaron eran tan ineptos para resolver los problemas como los que se fueron. Ya han pasado dieciocho años, estamos a punto de votar otra vez, y da ternura y tristeza ver a gente igual de ilusionada, creyendo que México va a cambiar gracias a una sola persona.

Con mi hijo, sin embargo, el sentimiento es distinto y sé que no hay nada que él pueda hacer, o dejar de hacer que me va a hacer quererlo menos o sentirme tan orgulloso de lo que logra día con día. Ese primer instante cuando lo sostuve y no sentí nada, fue eso, un instante. Ahora, cada vez que lo veo, no puedo dejar de sentir: extrañamente feliz, cuando llega a comer a la casa a mediodía; distanciado, cuando se va enojado porque bueno, es adolescente y sus humores cambian dependiendo del texto que reciba; alegre cuando lo veo reírse con esa risa tan fácil que tiene, esa risa que contagia y que estoy seguro tendrá embobadas a un par de niñas; consternado, cuando se despide en las noches gritando «ya me voy» y se va y no lo vemos sino hasta que ya es muy de noche o la mañana siguiente; frustrado cuando se frustra; orgulloso, cuando sale a dar clases de tenis, construir su cohete, ver sus calificaciones; preocupado, cuando está enfrascado en un partido o peleándose con la tarea; interesado, cuando nos da su opinión con respecto a lo que sea; molesto, cuando molesta a sus hermanos; satisfecho, cuando se lleva a su hermano menor al cine; alegre, cuando los tres juguetean cual cachorros; dichoso, cuando lo recojo de su fiesta, su smoking ya deshecho, su sonrisa imposible de esconder; o simplemente feliz cuando lo veo metido dentro de su grupo de amigos, riéndose, platicando, estando, o pavoneándose enfrente de alguna niña. No puedo dejar de sentir ni de admirar todo lo que hace, en el hombre que se ha convertido, y ver lo independiente que se ha vuelto cuando lo escucho hablar y decirnos todo, o cuando calla y no nos dice nada. Nomás verlo, tendido sobre la cama cuando lo voy a despertar en las mañanas, un hombre, hecho y derecho que me causa un no se qué, que luego se me atora en las garganta. Aquello que no sentí esa tarde en la sala de parto, ahora lo siento a borbotones, sabiendo de que nos queda solo un año y cacho para que se vaya a la universidad, y lo único que quiero es que cada segundo que pase de aquí a cuando parta, transcurra como si fueran dieciocho años, porque no imagino la casa sin él, no me la quiero imaginar, pero que me la tengo que imaginar porque así va a ser. Lo veo ahora, seguro de sí mismo, fuerte, alegre y no puedo dejar de sentirme orgulloso, y aunque sé queje y me diga que soy un viejo ridículo, lo único que quiero es abrazarlo y decirle cuanto lo quiero.


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