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  • Miguel Esteva Wurts

Los 70 molinos de Wikinger (cuento)


El gigante giró sus brazos aprovechando el aire que rugía por entre ellos. Sintió liberada su fuerza, robándole así, la energía al viento. Su voz estalló en el mar que lo rodeaba, empujando con su aliento las páginas sueltas de una novela olvidada sobre de una plataforma al agua, palabras que flotaron un rato, y que luego el gigante devoró sin pensarlo.

En un lugar de la isla de Rügen, cuyo nombre no quiero acordarme por impronunciable, las cosas empezaron a cambiar.

Nadie lo notó. Imposible hacerlo. Demasiado local, demasiadas pequeñeces. Cambios sin trascendencia. Si es que alguien los detectó no le parecieron fuera de lo común, y por eso los pasaron por alto, como cuando un niño se raspa la rodilla, o cuando alguien enciende una luz. Eran cambios de nada, que a nadie afectaban: que si todos empezaron a beber vino tinto dejando a un lado la cerveza; que si los supermercados empezaron a llenar sus anaqueles con bacalao, pimientos, arroz con leche. Cosas así pues, superficiales. Luego, a pesar del frío de principios de la primavera, el largo de las noches pareció extendérsele a los locales. Los bares y restaurantes permanecían abiertos con comensales que entraban y salían sin importar la hora del día o la noche, saludándose con una calidez poco común en esas latitudes. La eficiencia con la que antes se saludaban, fue dando paso a abrazos que antes se reservaban para funerales o bodas.

Por eso quizá, por el hecho de que a todos les sucedió al mismo tiempo, nadie percibió el cambio.

Todos ya estaban acoplados a los cambios cuando llegó el verano. Los pinxtos, las rabas, los txampis formaban parte de todos los menús, y todos las ordenaban en los comederos como si allí siempre hubieran existido, parte del orden natural de las cosas. Los salchichones, el Wiener schnitzel, las papas, fueron relegadas, cual si fueran gárgolas medievales prendidas de alguna iglesia gótica, olvidadas y de adorno.

Cuando los pescadores que se aventuraban a diario al frío del Báltico llegaron con la noticia de haber visto gigantes en el mar, nadie se sorprendió. «Eran cientos de ellos» dijeron, sus voces temblando con la emoción de una aventura, «gigantes» agregaban. En ellos, y en los del pueblo, nunca hubo duda de su existencia, como si hoy fueran gigantes, mañana dragones.

Solo un turista, chaparro y regordete, uno de esos que de vez en cuando se aventuran a veranear en aquella isla de la Pomeriana Occidental, se rió ante lo ridículo de la noción. «Bah, gigantes» dijo mientras se empujaba otra cerveza «ni que estuviéramos en el medievo para creer tales sandeces».

Pero nadie lo escuchó, había gigantes en el mar que venían a usurpar el orden y contra de ellos habría que pelear.

Armados con ímpetu de aventura, los pescadores se treparon en sus embarcaciones, bendecidos por sus mujeres y equipados con largas lanzas para clavar «en el corazón de aquellos monstruos» que acometían en contra de su honra y sentido de justicia teutona. Solo aquel turista, cerveza en mano, los observaba y decía, sin que nadie lo escuchara, «que aquellos que se parecen no son gigantes, sino molinos eólicos marinos, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteada del viento, dan energía a la isla».

La batalla fue corta y desigual: lanzas, embarcaciones y pescadores aventados al aire y luego tragados por el mar sin piedad.

Fue aquel turista, quien, teléfono en mano, llamó a las autoridades federales pidiendo vinieran al rescate de aquellos pescadores en medio del mar, mientras ellos luchaban para mantenerse a flote, abrazados de lo que parecían a la distancia, las cimentaciones de los molinos de viento.

Fue aquel turista, chaparro y regordete, el primero en ser aplastado bajo los enormes pies de aquellos entes enormes, de los 70 gigantes que despertaron cuando se hincaron los enormes pilotes de los molinos eólicos de Wikinger, en las congeladas aguas del Báltico.


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