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  • Miguel Esteva Wurts

Miedos


Escucho el golpe de la andadera en contra del piso de madera. Primero es el golpe de los protectores de hule en contra de la duela, seguido por el cimbrar del esqueleto de aluminio del armatoste con el que ahora se sostiene y se impulsa mi mamá para caminar. Hace menos de una semana que la operaron, que le remplazaron la cabeza de su fémur ya desgastado por una de titanio, y ahora ya anda por toda la casa, con el traqueteo ruidoso de la andadera anunciando su paso, sin permitir el que una nimiedad como una nueva cadera la detenga. Se levanta sola, va al baño sola, se acuesta sola. Conociéndola, estoy seguro de que a pesar de que los doctores le recomendaron veinte días en reposo, en un par de días estará trepada en la jacaranda, podando ramas que “porque ya es primavera y alguien lo tiene que hacer”.

Exagero por supuesto: las jacarandas no necesitan podarse en esta época del año, los que necesitan recortarse son los ficus.

Lo único que ha cambiado en casa de mis papás donde me quedé durante estos días para “echar la mano”, es que mi papá pasa las noches en el sofa de la sala para no molestar el sueño de mi mamá. Escribo esto a las seis de la mañana: mi papá, quien sin sus aparatos del oido no escucha nada, ronca tranquilo en dicho sofa mientras mi mamá pasa a su lado con la misma sutileza con la que la división de panzers alemanes trompicaron a través de la campiña francesa.

Antes de la operación mi mamá tenía, obviamente, miedo. Aunque lo achaco más a mi falta de percepción y de sensibilidad, creo que nunca antes la había visto con miedo. Aun en los momentos más complicados, la mano nunca parecía temblarle. Pareció vivir sin miedo hasta justo antes de la operación. Sus mensajes siempre prácticos y directos “¿comiste el salmón y el arroz que deje en el refrigerador?” ahora dejaban ver una faceta de ella que hasta la fecha de su operación, nos tenía escondida.

El miedo es traicionero, complicado de controlar. Los expertos dicen que para vencer tus miedos, hay que “enfrentarlos”, aunque a decir verdad en lo particular me ha funcionado mucho mejor el ignorarlos. Créanme, es buen mecanismo, ignorar tus miedos. Bueno, hasta el momento en que una amiga decide celebrar su cumpleaños invitándote a una vuelta en un globo aerostático en Tequisquiapan, y te paralizas con terror dentro de la góndola, y sin que nadie te vea, le soplas al quemador en desesperación tratando de apagarlo, intentando de que el maldito globo no despegue.

Cuando era yo niño, vivíamos en la calle de Pleamares, en Las Águilas. En el camino al Williams Kindergarten, donde inicie mis pininos educativos, caminaba prensado de la mano de mi mamá porque pasábamos a un lado de una casa en donde vivían un par de perros que se me figuraban como Cerbero, cuidando la entrada al infierno, solo que más bestias. A la fecha, si cierro los ojos, veo sus colmillos blancos goteando, sus ojos rojos, rabiosos en sus ansias por descuartizarme. Aprendí que si pasaba corriendo, o si caminábamos en silencio, no los despertábamos. Es decir, no me enfrente a mi miedo, lo ignoré hasta que se me olvidó. Y funcionó. Crecí, nos mudamos, y aquellos perros del demonio se borraron de mi lista de temores. Eso lo digo para que luego me vengan a decir que enfrentarse a tus miedos es más didáctico y funcional que el ignorarlos. El chiste es aceptarlos.

El problema de mi método yace cuando estás en una posición en donde no queda de otra más que enfrentar tus miedos, cuando ignorarlos ya no funciona. Nomás así, por dar un ejemplo, digamos que eres el todo poderoso presidente del país mas influyente del mundo, y que sin embargo, tienes varios miedos que te aquejan y te encogen todos los días: el miedo a los de la NRA viene en mente, por ejemplo. Yo le diría, a este hombre, que me tome a mi de ejemplo: no le hago caso a mis miedos, los ignoro, pero sé muy bien cuales son. Le diría a este hombre que no se preocupe, que todos tenemos miedos, que es “lo humano” el tener miedos y miedo. Le diría que ese terror a los de la NRA lo asimile, que lo acepte, tal como aceptó el que nos tiene miedo a los mexicanos y que prefiere mejor construir un muro cimentado con racismo para mantenernos alejados. Que lo acepte como aceptó su creencia equivocada de que en los Estados Unidos ya no existe ni la creatividad ni la innovación, y que por eso prefiere subir aranceles y amedrentar y amenazar a las empresas norteamericanas para que establezcan sus plantas en Michigan, en vez de en Zacatecas. Pero igual le diría que no se preocupe tanto, que no hay de que tener miedo: que los mexicanos no mordemos (Luis Suarez es Uruguayo, Dracula de Transilvania) y que los gringos siguen siendo muy creativos e innovadores y que en vez de amenazar, debería crear incentivos para aumentar la creatividad, que de esa capacidad inventiva se alimentó el planeta entero el siglo pasado. Ofrezco a este hombre que asista a una reunión tipo la AA, y que se introduzca así: “Hola, mi nombre es Don. Admito que le tengo miedo a los de la NRA. Reconozco que el rifle AR-15 se construyó para uso militar y que no debería venderse en las tiendas de autoservicio y que el armar a los profesores en las escuelas es una idea retrograda, pero la dije porque tengo miedo de no obtener los votos necesarios para mi reelección, temiendo una represalia de la NRA”.

Así de sencillo, no hay nada de malo en admitir un miedo, es el primer paso para resolverlo y luego poder olvidarlo. Lo que si, olvídense de invitarme a sus viajes en globos aerostáticos.