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  • Miguel Esteva Wurts

Cuento de Navidad


— Kangchenjunga, Nepal - diciembre 20, 1977.

A 8307 metros de elevación, un reno escuálido, de nariz roja, parece custodiar lo que queda de una enorme bota negra de piel de gamuza y un roído abrigo rojo. «El color de su nariz parecía casi cruda» más tarde lo describiría en su diario Lord Jonathan Whitmund, «pero hallar al animal, a esa altura, bajo esas condiciones, era inconcebible… imposible. Pero allí estaba», añadiendo: «su mirada era triste, de alguien aceptando su propio destino».

Años después, en el Sanatorio Francisco de Asís, a las afueras de Londres, Lord Whitmund, sus ojos ya perdidos en la traicionera superficie de aquella montaña, balbuceaba: «Allí estaba, tan claro como ahora veo mis dedos».

— 80 kilómetros al oeste de Tazirbu, Libia - enero 3,1978.

Un elefante trastabillea y se hunde, arrastrando consigo a un caballo y a un camello. Tragados por el desierto. Sin ruido, desaparecen ante la mirada atónita de dos beduinos quienes transitan la zona, a pesar de estar acostumbrados a ver espejismos en la arena calcinante del Sahara.

Días más tarde, rodeados por su familia, los dos hombres describen su visión. Les queda impregnado el olor a incienso y mirra que no pueden desprender jamás de sus túnicas.

— San Angel, Ciudad de México - enero 5, 1978.

«Lo que dice tu hermana es cierto» confirma Mamá. No logro distinguir lo compungido en el tono de su voz. Tampoco noto que Papá permanece mudo. Algo ya había dicho mi hermana, un par de años mayor que yo, justo antes de la navidad. Me rehusé a creerle. «De cualquier manera, ya tienes edad para saber la verdad» concluye.

— Gamvik, Noruega - diciembre 24, 2007.

El animal aterriza con una gracia que no corresponde a su cuerpo. Su nariz parece brillar. Es la última parada antes de regresar al Polo. Inclusive desde aquí, ya huele el heno que para él, significa hogar. Observa al amo: a pesar de lo largo de la noche, no parece fatigado y sube y baja, entra y sale, cual si no cargara con su enorme barriga. Bufa. Quizá el próximo año no, pero hoy toca llegar a casa.

— 28 kilómetros al este de Al-Jafr Jordania, enero 6, 2008

Los tres desmontan cual adolescentes. Se quitan sus coronas, las colocan en sus cajas. Alimentan a las bestias, mañana las bañarán en el establo. Como sucede cada año, para algunos, los animales se disolverán en las dunas, para otros, volverá a ser lo mismo. Nunca han creído que su muerte sea eterna, sólo se repite.

— Coyoacán, Ciudad de México - diciembre 25, 2008.

No existe ni pizca de duda en sus ojos. Inclusive mi hijo mayor, el de siete, no puede creerlo. Los regalos están esparcidos por la sala de la casa. Al buscar, encontramos huellas enlodadas, pisadas de botas y de pezuñas en la cocina. Les digo, «hasta huele a frío». El plato de galletas de nuez, las que siempre prepara Mamá para esta noche, esta vacío, no hay ni migajas.

En su cama, Ramona nuestra perrita, duerme como si nada.


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