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  • Miguel Esteva Wurts

Quince a cero


En el deporte no hay ni como esconderse. Hace un par de sábados, el equipo de futbolistas de doce años a quienes dirijo, perdimos por un resultado que hubiera sido semi decoroso de haber estado jugando futbol americano, u obvio de estar empezando un juego de tenis, pero verdaderamente vergonzoso para un partido de futbol “soccer”.

Mientras mis jugadores estaban estirando músculos antes de empezar el encuentro, escuché que el Director Técnico del equipo contrario les gritaba a sus discípulos el que se tenían que acordar de pasar el balón “al espacio abierto, no al jugador”. En ese momento, vi una serie de “OMG” flotando dentro de mi mente de DT, así que no me quedó de otra más que de gritarle a los míos de que se tenían que acordar de pasar el balón, en el remoto evento de llegar a conectar con él, a los de su mismo equipo: “a los de camiseta morada” les recordé. Asumo que hay varios daltónicos en el equipo porque de las pocas ocasiones en las que pudieron conectar con el balón, los pases jamás llegaron a los jugadores con el uniforme morado.

Al final del encuentro el arbitro central, quien tenía una semejanza sospechosa a Pedro Picapiedra, intentó amortizar los quince goles, y me dijo que había varios jugadores en mi equipo que tenían buena técnica, aunque ya no me especificó buena técnica para qué. Agregó, sin embargo, que varios de ellos se habían desconcentrado y que platicaban durante el encuentro de cosas no relacionadas con el partido. «No escuché bien de que hablaban» me comentó, «pero según lo poco que entendí, discutían sobre el balance de los electrones y de los protones en un compuesto». Tener un equipo de nerds debe de tener sus ventajas, solo que ninguna se nota sobre la cancha de futbol.

Al partido solo llegaron once jugadores, por lo que no tuve más remedio que meter el partido completo al jugador que gira cual electrón sin rumbo alrededor de la cancha, jadeando todo rojo y con la boca abierta desde el primer minuto, y navegando con cara de what sin entender lo que sucede a su alrededor. También jugó, y vaya que utilizo el verbo “jugar” de manera muy libre y arbitraria, el chavo quien, durante el primer encuentro, me pidió el ir a acariciar a las vacas que pastaban en el terreno contiguo a la cancha, y cuyas piernas me recuerdan a la campaña para eliminar el uso de los popotes en México y cuya madre estaba más preocupada con el tema de como afectarían las “bajas temperaturas tejanas” a su hijo, que en el partido. El niño asistió al juego vestido cual ayudante de Santa Claus: mallas debajo del short, camiseta de cuello de tortuga y de manga larga, y con una banda cubriéndole las orejas. Cabe agregar que el respetable llegó al encuentro, en su mayoría, en mangas de camisa, huaraches y shorts, inclusive así también vestía la bisabuela de uno de los jugadores, situación que tampoco resulta atractiva, pero bueno.

Y así de repente, éste sábado pasado fue nuestro último encuentro, y ya siento que extraño el estar gritándoles a niños ajenos. Aunque en general malos para la práctica de este deporte, en el terreno de juego mis jugadores se desvivieron por el equipo. No hubo uno solo que no llegara empapado en sudor a la banca al medio tiempo. El problema era que ya allí, las pláticas se desviaban de manera inmediata a cosas mas importantes cómo volar drones, la importancia de los Jedi en el universo, la correcta pronunciación de ciertas palabras en el idioma inglés, y de lo que hubiera opinado Stephen Jobs con respecto al último iPhone.

Mis intenciones de convertirme en el siguiente Pep Guardiola se fueron desvaneciendo conforme pasaba la temporada, substituidas por la cruda realidad de que más bien fui Mary Poppins, una nana disfrazada de Coach, y que solo me hizo falta un paraguas, una falda negra, un amigo limpia chimeneas, mismo que, a pesar del tener los pulmones negros y duros cual piedras gracias al hollín que respira a diario alguien en esa profesión, estar siempre alegre cantando y bailando para complementar la ambientación.

En términos de resultados, tuvimos una actuación entre deplorable y algo peor: ganamos dos partidos de ocho que jugamos; metimos seis goles y recibimos casi cuarenta. Sin embargo, en lo que me comentan es en el mejor espíritu del fair play, antes del último partido, recibí un correo por parte de la Oficina Central mediante el cual me indicaba que había medallas para repartir entre mis jugadores. Medallas. Repito: en ocho partidos tuvimos un “gol average” de menos treinta y cinco, y los de la Oficina Central me avisan que hay medallas para mis jugadores. Me tomó tan de sorpresa, que antes de ir por ellas, tuve que confirmarlo con los de dicha Oficina Central quienes me dijeron que sí, que en efecto, había medallas por repartir. Para. Mi. Equipo. Lo increíble fue que, en esta liga, no quedamos en último lugar. Quizá por eso, las medallas.

Tampoco estoy abogando para que regresemos a las premiaciones tipo las del juego de pelota prehispánico, en donde perder el partido significaba el despedirte del motor de tu sistema cardiovascular en una ceremonia rápida pero dolorosa. No, tampoco eso, a pesar de que estoy seguro de que cuando menos dos o tres papás en el equipo agradecerían una ceremonia de esta naturaleza. Sin embargo, me queda claro que para un niño de doce años, no perder quince cero hubiera sido mejor que cualquier medalla, a menos claro, de que la medalla tenga un relieve con la tabla periódica de los elementos.


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