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  • Miguel Esteva Wurts

El Viejo Oeste


Digan lo que digan los científicos, acá en Tejas sabemos que lo del calentamiento global es mero cuento: más caliente que un verano en San Antonio, imposible. Así que acá, no nos vengan con esa tonada.

Por eso manejamos las camionetas “pick-up trucks” o trocas más grandes del planeta: porque sabemos que la ciencia está equivocada, y aunque arda la tierra, la gasolina abunda, la vida es corta, y el espacio en la cama de tu camioneta nunca es lo suficientemente grande como para transportar la six-pack a casa del vecino.

Las razones para tener estas trocas, mismas que ocupan como tres espacios en la carretera interestatal, son: “carajo!” –me interrumpiría mi vecino-, quien maneja una de esas trocas que cada vez que enciende para ir a dejar a su hijo a la escuela a dos cuadras de distancia, quema el combustible equivalente a lo que es extraído del subsuelo en un buen año de los pozos en Campeche, «aquí no necesitamos darle razones a nadie».

Nuestra versión local del Innombrable.

Un amigo me hizo notar que en México, solo existe un “Innombrable” (duende de altura limitada, manos largas, orejón, voz aguda y nasal, calvo, y que cuando tiene miedo se recluye en Irlanda), por lo que ya no le podía asignar el mote al hombre que tuitea incoherencias y necedades desde su trono dorado. Otra amiga me hizo notar la constante aparición del rebautizado Tuitero Senil en mis opiniones, y me dijo que poco ganaba el enfrascarme con él. Ambos tienen razón, por supuesto. El mote es solo eso; así de fácil, se cambia. Lo segundo es pedir que me olvide de que resido en un país que se jacta de ser la democracia más longeva en este planeta; no enfrascarme es olvidar el ser ciudadano, y así de repente, si no golpeamos cuando podemos, brotan tiranos con leyes mafufas que atentan de manera directa en contra de la libertad de expresión, tal como está sucediendo en Venezuela. Como bien dice Pablo Milanés, hay que arriesgar la cuerda.

Quienes ya no opinan ni arriesgan ni nada, son los que murieron baleados dentro de la Iglesia en Sutherland Springs, Tejas, el domingo pasado por un loco más, armado hasta los dientes con una Ruger AR-556.

Alguien me comentaba que sentía poca empatía por las víctimas del último ataque perpetrado por otro loco, ahora en estas tierras tejanas, que porque las víctimas, por vivir donde vivían, seguramente formaban parte de la gran masa poblacional de este país que defiende a capa y espada el derecho asentado en la segunda enmienda a la Constitución de Los Estados Unidos de América de poder adquirir, tener y ser propietarios de armas, y poder portarlas cual si fueran tortillas. Este derecho está tatuado como mandamiento en este país, derecho que concluye, sin poder ni decir pio, cuando uno termina con una bala incrustada entre ceja y ceja dentro una iglesia en un domingo por la mañana.

Pero no estoy muy seguro de que una niña de cinco años, ni una de siete ni de catorce, tuviera mucho que ver con el debate de las armas que quema acá en los Estados Unidos.

No es que esté descubriendo el hilo negro cuando digo este país parece balancearse entre querer seguir siendo una comunidad rural y una urbana. No me refiero al porcentaje de habitantes que viven en ciudades versus el número de habitantes que viven en el campo, la balanza se volcó hacia una vida urbana desde hace tiempo. Pero es en la psique de los habitantes donde reside este arraigo a la vida campestre, y en donde creen que el mandato de tener una Ruger AR-556 colgada en la ventana trasera de la troca viene directo de su dios.

Mis papás dicen que me metieron a jugar béisbol porque a los cinco años, me gustaba andar pegándole a cualquier cosa con palos. De haber vivido en Esparta, hubiera tenido padres muy orgullosos y jamás me hubiera enterado de la existencia del béisbol. Al final del día, resulté pésimo como bateador y mi efímera carrera en el diamante beisbolero se definió como lanzador, jamás como bateador, pero la leyenda del porqué me metieron a jugar béisbol, permaneció en mi memoria.

Creo que lo mismo sucede con esta sociedad y las armas. Sigue estando muy presente esa memoria colectiva de que este país se independizó del poderoso Imperio Británico porque los pobladores estaban armados con mosquetes y rifles. “Es nuestra manera de defendernos en contra de un mal gobierno” –argumentan-. Claro que, para lo que para unos es un mal gobierno, no lo es para los demás, cosa que nos regresa al tema de los rurales en contra de los urbanos. Pero en este debate, el de las armas, ya están cerrados los oídos de ambas partes, ya no hay lado que escuche. “O estás con nosotros o estás en nuestra contra”, no hay un mediador ni un punto intermedio.

Cada vez más, esto se siente como vivir en el Viejo Oeste. Solo que a quienes les fue de la patada con todo aquel asunto de “vaqueros versus indios”, fue a los nativos originales (bueno, y a los que conducían las diligencias quienes, por lo menos en las películas, eran los primeros en caer), nativos quienes defendían su estilo de vida y a quienes ahora no les respetan ni tierra sagrada en donde venerar a sus muertos. La cosa está que si fuera una pelea callejera al más puro estilo del Viejo Oeste entre los que están a favor del uso de las palabras versus a los que prefieren que cada ser humano esté armado con un semiautomática, probablemente sería el de la Ruger AR-556 quien terminaría victorioso.

En estas tierras, la leyenda del Viejo Oeste persiste, solo que ahora se pelea con metralletas y trocas.