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  • Miguel Esteva Wurts

Je suis Chilango


Que más quisiera yo que estar escribiendo sobre lo que leyó el mandatario norteamericano en el podio de las Naciones Unidas en ese discurso del martes que tenía yo olvidado hasta que encendí la radio del coche. Cómo sucede cuando lo escucho, me puse a la defensiva tratando de encontrar todo los puntos con los que estoy en discordia con él (todos) y mientras lo escuchaba me quede pensando de cómo es que la humanidad nos encontramos a la merced de una persona que parece gustarle diseminar miedo. Iba en camino a recoger a mi esposa al aeropuerto quien se había ido a la ciudad de México a acompañar a una muy querida amiga por el deceso inesperado de su mamá, y cuando ella se subió al coche, apague la radio para preguntarle los pormenores de su viaje, el estado de nuestra amiga, en fin, platicamos de todo y de nada, olvidando el discurso hasta que me puse a trabajar, pensando que desmenuzaría esa exposición, pelándola gajo por gajo, exponiendo los peligros inherentes en esa palabra tan mañosa que tanto repitió: patriotismo.

Pero, por segunda vez en menos de un mes, el rumbo de mis palabras toman una dirección distinta por una tragedia.

Escribo mientras mi esposa ésta viendo videos de los topos, esos valientes hombres que cortando hoyos por en medio de las placas de cemento, y quienes dos días después del temblor, siguen rescatando sobrevivientes atrapados dentro de los escombros de los edificios caídos en la Ciudad de México. Hoy es jueves, 21 de septiembre, dos días después de que las placas tectónicas nuevamente destrozaron mi Ciudad, burlándose de toda aquella gente que horas antes salió de sus edificios, detuvo sus coches, y en general aprovecho lo soleado del día para darse un respiro en su día laboral al sonido de la alarma sísmica. Dos días después de que los papás de los cinco alumnos del Tec marcaron una y otra vez los números de los celulares de sus hijos rogando, implorando, el escuchar la voz de sus hijos contestándoles, hasta que vieron las noticias y se dieron cuenta de que las paredes de su vida se derrumbaban. Dos días después de que alguien llegó a decirle a un papá que la escuela donde estudiaba su hijo de siete años se había colapsado, dos días después de que sacaron a la mamá de su trabajo, a gritos, sin prevenirle que su peor pesadilla estaba por comenzar. Dos días después de que ese papá estiraba su cuello con ansias cada vez que veía que sacaban a algún niño, sólo para retraerse cuando observaba a ese niño correr a abrazar a alguien que no era él; dos días después de que las esperanzas de esa mamá cuyo hijo - ese niño al que había regañado apenas hoy en la mañana porque no se acababa su desayuno rápido y de repetirle que ya se tenían que apurar para irse a la escuela y de que lo había abrazado fuerte pero no tan fuerte como a ella le hubiera gustado porque el niño la había empujado «pero mamá, no enfrente de todos»- fuera uno de los que decían seguía vivo atrapado por las lozas de cemento del edificio, sintiendo como se le enfriaba su corazón con cada segundo que pasaba.

Para esos papás, esas mamás cuyos hijos ya no regresaron a dormir en sus camas esa noche de hace dos días, no hay esfuerzo ciudadano que ahora les sirva. De nada les sirve el escuchar cómo se entona el Cielito Lindo de manera espontánea por las calles; de nada les sirve el que la palabra solidaridad, esa palabra ensuciada durante tantos años en México, haya revivido y reclamado su espacio gracias al esfuerzo de miles de manos cargando tabiques y cubetas llenas de cascajo en silencio sepulcral; no les sirve el que México haya estado en boca del mundo entero, todos admirando como se juntaban hombres, mujeres y niños para repartir víveres, desafiando con manos entrelazadas a la tierra en su intento de partirnos en dos; ni tampoco les sirve que todos gritemos México, ni de que digamos que nuestra sangre es de tres colores, ni que repitamos que todos somos mexicanos, ni que mandemos banderas mexicanas o imágenes conmovedoras a través del WhatsApp, ni que todos describamos cuanto es que queremos a México; y menos les servirá el que las culpas se repartan cual barajas, ni que los políticos -de esos que se han dedicado a resquebrajar nuestra tierra mucho más que cualquier temblor- le saquen provecho a los cuerpos de sus hijos, de nuestros hijos.

Sólo hallaran consuelo si nuestras manos siguen unidas dentro de dos días, si esas cubetas de cascajo que se cargaron en conjunto para remover escombro ahora se unan para construir; si esa comida en los centros de acopio que ahora repartimos con el alma abierta se convierte en el pan que compartimos todos, todos los días; si los hospitales que abrieron sus puertas de par en par primero porque así lo dictó el corazón y luego por ordenes presidenciales, ahora los abran para todos; si seguimos trabajando y conviviendo hombro con hombro, sin importar color de piel, creencias, forma de pensar; si no regresamos a darnos la espalda ni vernos con desconfianza los unos a los otros.

El único consuelo que podrían llegar a encontrar esos papás que se quedan parados sin saber como reaccionar al ver ese hueco en su mesa todas las noches, es el llegar a pensar que la muerte de sus hijos sirvió para darnos cuenta de que todos somos hermanos.


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