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  • Miguel Esteva Wurts

Abuela


—Escuchen — nos dice, al mismo tiempo que con su mano (la buena) palmotea su oreja —el viento. Dejó de soplar—. Abuela nos lo susurra horrorizada. Usa el mismo tono con el que vaticina que nuestra hora ha llegado.

Nos amontonamos alrededor de ella, cómo sí ella pudiera defendernos

—Hombre. Vamos. Lo usual. Todos los años. Lo mismo. Justo el día global del viento y le da por no soplar. Es lo mismo con el día del trabajo— papá ríe.

Abuela insiste. Dice que no le encuentra la gracia.

—No le encuentro la gracia, Fito,— su voz hueca nos pone a todos de nervios —esto es distinto. Huélanlo nomás.

Es cierto, aspiramos. Hiede a final. El olor se atasca, como queso echado a perder. A nadie tranquiliza la calma de papá.

Abuela apunta. Toda ella tiembla. Con la mirada seguimos el dedo índice de su mano huesuda. Ya no nos fijamos en sus uñas negras y sucias, en las verrugas, ni en los vellos canosos de su barbilla. Tampoco entendemos lo que señala. Hace tiempo que sus ojos están nublados con ceguera.

Pronto, el aire se siente estancado. Sentimos calor. Sin circulación, el aliento que exhala abuela nos rodea. Quedamos impregnados de todo lo que comió durante la semana. Nadie se atreve a hablar. Respiramos en silencio.

Afuera todo es obscuro. Nada parece moverse. Solo escuchamos el jadeo ahogado de la abuela.

Abuela vuelve a levantar su índice.

—Allá— dice.

Sentimos la angustia en su voz pegajosa. Nos contagia el miedo. Volteamos a ver donde ella apunta. Todo es obscuro.

—Es el final—nos dice, —ya viene. A juzgarnos. A todos, vivos y muertos.—Escuchamos como raspa su vestido de lino contra su cuerpo. Aferrada a su Biblia, se persigna. Lo repite varias veces.

Todos hacemos lo mismo. Nos persignamos. Esperamos nuestro destino en absoluto silencio.

Nos desconcierta el ruido afuera y la carcajada de papá.

—Calla Fito— le ordena abuela, —ríes cual macaco desatado.

—Ya llega— dice él cuando termina de reír.

De lejos, vemos como se encienden luces. Se acercan, una tras otra. Parece una serpiente enorme, desenroscándose.

—¡Allá!— Abuela grita desaforada. Percibe las luces y se tapa la cara. Esta ofuscada con miedo, —¡quítenme estas sombras!— grita. Con ambas manos, batea desesperada el espacio enfrente de ella.

Papá ríe otra vez.

—Vieja cacatua— le dice, —sólo hubo un corte en la electricidad.

El ventilador del techo ronronea. Nos refresca. Respiramos.