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  • Miguel Esteva Wurts

El Hambre


Hasta que le ocurrió a ella, nunca se tragó el cuento de amor a primera vista. Su educación había sido muy práctica, objetiva, y las pocas palabras que su mamá había dicho con respecto al tema -amor- se enfocaban primordialmente en los aspectos técnicos y físicos. Por eso, cuando sus hermanas -mismas que gozaban de la misma inexperiencia en el tema que ella- platicaban de amor a primera vista, ella las veía con cierta incredulidad. Sabía que hablaban de dientes para afuera, era obvio que ellas tampoco habían experimentado un trance de esta naturaleza.

Por eso le sorprendió cuando sucedió. Sobretodo, el distaba mucho de ser un espécimen espectacular. Como a los que fotografían. Mas bien lo contrario: flaco, aletargado, torpe. Daba lástima solo de verlo caminar, tropezándose con sus propias patas, como si su mente estuviera en otro lugar, distraída en otros menesteres. Pero ella vio algo -quizá en esas patas, largas, flacas y peludas, quizá en lo negro de su capa, o tal vez en lo distante de sus ojos obscuros- que hizo que el veneno de sus mandíbulas se derritiera.

No hubo necesidad de palabras entre ellos. Se entendieron con una atracción animal, salvaje, efervescente. Ya después, ambos exhaustos, el se encogió ante ella. Fue cuando ella supo que su corazón lo había perdido fatalmente. El se postró. «Estoy en tu red» le dijo, «haz conmigo lo que debas». Así nomás. Ella sabía que textual, esas eran las palabras que el debía repetir. Aun así, algo hubo en la manera en que las dijo, el sonido grave de su voz, la solemnidad de sus palabras, la valentía en sus ojos, que hizo que la mancha roja de su abdomen de femme fatale, se le encendiera en un rojo mas vivo.

Así se quedaron un buen rato: el balanceándose debajo de ella, admirándola, y ella con el corazón a medio romperse.

Fue entonces cuando sin previo aviso le llegó El Hambre. Mamá también les había platicado de El Hambre. Así lo había nombrado: El Hambre. Así, en mayúsculas, como para que la distinguieran de cualquier otra necesidad. Cuando llegó, El Hambre la doblegó, la subyugó. Empezó por su mancha roja, la que hasta hace unos momentos parecía haber estado inundada de amor, y ahora la hacía torcerse ante la necesidad de ser alimentada. Era la misma mancha que compartía con todas sus hermanas, una mancha roja en forma de reloj de arena, en pleno abdomen.

El le sonrió cuando reconoció que a ella le había llegado El Hambre. No dijo nada, solo bajo su cabeza, reconociendo su necesidad «Aparte de todo» pensó ella, «bien educado».

Sin poder contenerse mas, lo mordió. «Por favor» suplicó ella en silencio, sus incisos clavados en el, «solo que sea rápido». Lo último que quería era verlo sufrir. Dejó su boca prensada en su cefalotórax hasta que sintió que el ya no se movía. Con sus ocho patas lo envolvió en su seda tan cuidadosamente como pudo, y sin poder contenerse mas tiempo, con una lágrima obscura nublando su vista, satisfizo su necesidad de El Hambre.


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